¿Cómo producir espacio público?
Cristina Guirao, Laura Linares
Nos ha parecido importante dedicar el número 4 de la revista Desde los márgenes al espacio público y preguntarnos por el lugar que las mujeres ocupan hoy en él. Y vamos a considerar aquí el espacio cultural como espacio público, por el hecho de compartir las mismas características de participación, visibilidad y legitimidad. El espacio público del sistema cultural es un espacio social que tiene unas reglas propias de producción, tiene normas de funcionamiento y se tensiona fácilmente en los conflictos y las luchas para liderar los bienes simbólicos. Este espacio, que tradicionalmente ha sido negado a las mujeres por el canon androcéntrico, es aún un lugar que conquistar. Podríamos citar muchas causas de la dificultad de las mujeres para progresar en el espacio público y profesionalizar su capital cultural: los suelos pegajosos y los techos de cristal; el rol de la maternidad, la mochila de los cuidados, el tener menos tiempo para dedicar a la profesión, la conciliación de varios trabajos: el doméstico, los cuidados y el profesional -lo que duplica las horas de trabajo de las mujeres-, la precariedad y la no remuneración de los trabajos femeninos, la experiencia y la subjetividad de las mujeres que cotiza menos en el mercado de los bienes simbólicos; véase, por ejemplo, las últimas compras del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en la feria de arte de ARCO 2025. El MNCARS y el Ministerio de Cultura anunciaron la compra conjunta de 26 obras de 19 artistas, 14 de ellas creadas por mujeres (73,6%) y 5 por hombres (26,4%). El importe total comunicado por esas compras fue 497.999 €. Aunque la página no da información exacta de cuánto gastaron en cada pieza, se supone que el gasto hubo de ser paritario, como establece la Ley de Igualdad 3/2007. Pero que el gasto sea igualitario no quiere decir que lo sea el valor de las obras que se compran. No hay que confundir proporción de obras compradas con proporción de gasto. La lectura que tenemos que hacer sobre el hecho de que haya un sesgo intencional hacia la compra de obra de mujeres, 14 piezas frente a 5 de hombres, es que las obras de las mujeres artistas valen menos en el mercado del arte. El valor de una sola obra de un artista hombre equivale al valor de casi tres piezas de artistas mujeres (2,8), lo que obliga a corregir estas desigualdades comprando más obras de mujeres para alcanzar la paridad y poder equilibrar el gasto. Conclusión: el capital simbólico masculino vale más, al fin y al cabo, la experiencia androcéntrica ha dominado durante siglos la cultura occidental.
El hecho es que los siglos de confinamiento pesan en la historia cultural. Las mujeres, alejadas de los espacios de influencia y legitimidad de los bienes culturales, han configurado un ADN diferente. Decía Virginia Woolf que en el ADN de las mujeres está la transgresión y, es cierto, al menos referido a cómo han tenido que producir y visibilizar sus bienes culturales, transgresión tras transgresión: firmando con nombre de hombre -o como anónimas-, renunciando a sus derechos, produciéndose a sí mismas, escribiendo desde la marginalidad y, por supuesto, transgrediendo ese destino que es el rol de la feminidad que lleva asignado el confinamiento y la explotación doméstica. Así, prácticamente hasta ayer, la historia cultural de las mujeres realmente ha sucedido fuera de sitio, en los márgenes, desde los márgenes. ¿Pero cuál es el lugar de las mujeres y de sus producciones culturales hoy?.
Llegar a ser sujeto del relato literario, artístico, musical, teatral, etc., en la cultura occidental ha sido una conquista reciente. Pero haber llegado no es suficiente, hay que revisar el canon patriarcal y para ello hay que conquistar posiciones entre los grupos legitimadores de los bienes simbólicos, legitimar la experiencia de las mujeres, visibilizar sus producciones, hacer genealogía, reivindicar a las maestras, reescribir la historia cultural, producir espacio público… ¿Cómo producir espacios públicos? ¿cómo resignificar los espacios?.
El artículo de Sofía Alonso Blanco, Mancharse con tinta, llegar hasta la escritura desde el umbral explora nuevas formas de escritura que se gestan en los márgenes. Escrituras encarnadas que brotan de la herida, del yo como un lugar epistémico de la experiencia y del conocimiento. Bajo el paradigma de escrituras fronterizas -Gloria Anzaldúa- descubrimos nuevos espacios en el borde y en la frontera desde los que leer la escritura de las mujeres. Ese borde y esa frontera también es un exilio, lugar común en la historia cultural de las mujeres. Las mujeres en el espacio público siempre han estado en el exilio, exiliadas del magisterio de la voz y de la representación, del ejercicio de la ciudadanía, exiliadas incluso de la posibilidad de tener y ser maestras. Sobre esta condición de exiliadas reflexiona Olga Amaris en su artículo: ¿Dónde estamos cuando pensamos el exilio de la mano de Hannah Arendt? La condición de desarraigo, afirma Olga Amaris, fue para la pensadora judeo-alemana-americana el ritual de paso al nacimiento de su conciencia política, la condición de posibilidad desde la que pensar la pertenencia y la exclusión en nuestras sociedades. El exilio de Hannah Arendt, una paria de la ciudadanía -como se definió a sí misma-, dio a luz al exiliado, al sin derecho a tener derechos, una figura de identidad política con demasiados cuerpos en nuestro tiempo. Pero el exilio también fue para Arendt el lugar del extrañamiento y de la no pertenencia como condiciones de posibilidad del libre pensamiento. Sólo desde la periferia podemos pensar libremente en cómo desactivar los dispositivos de exclusión.
Esta experiencia del exilio también fue una vivencia que marcó la vida y la obra de la filósofa española María Zambrano que, junto a otras mujeres de su generación, fueron las grandes olvidadas del exilio español. Las mujeres exiliadas además de tener que hacer frente a los problemas propios de esta situación, tuvieron que encarar el hecho de ser mujeres y ver cómo su obra y su pensamiento no era valorado, visibilizado ni reconocido. En el artículo María Zambrano en el espacio público, la filósofa y escritora Amparo Zacarés nos lleva a recorrer el exilio de María Zambrano y a comprender la importancia que tuvo la sororidad de sus amigas en su supervivencia, pues la ayudaron incluso materialmente en momentos muy difíciles, en la superación de los múltiples obstáculos patriarcales con los que se encontró y en el mantenimiento de su labor académica y literaria. Tal menosprecio e invisibilización de su obra, como la de tantas otras mujeres, es identificada por Zacarés como un caso de criptoginia.
Mirar(se), Afirmar(se) es el texto de Anna María Iglesia que, con rotundidad, nos enfrenta a tres preguntas esenciales: “¿Cómo afirmarse cuando siempre se ha sido el objeto de la elocución? ¿Cómo afirmarse cuando siempre se ha sido escrita, representada? Y, por tanto, ¿cómo retratarse cuando siempre se ha sido retratada por otros?” En los autorretratos que se hizo la pintora Marianne Werefkin a lo largo de su vida, vamos descubriendo que la mirada de la pintora y de la mujer artista no solo es un gesto de legitimación y autoafirmación, sino que también es el espacio de ruptura y transgresión. “En su búsqueda de modelo, la artista no solo intenta encontrar una imagen que subvierta las definiciones masculinas de su femineidad, sino que busca legitimarse y legitimar su gesto creativo”. Marianne Werefkin, Artemisia Gentileschi, Vivian Maier o Flora Tristan, sirven de modelos para explorar cómo la representación de sí mismas se convierte en un acto de resistencia frente a la mirada heterocultural. Iglesia traza un recorrido en el que la escritura, la pintura y la fotografía se presentan como lenguajes capaces de vulnerar las convenciones, abrir grietas en los discursos de poder hegemónicos. En este sentido, Mirar(se) y Afirmar(se), ser artista y mujer a la vez, se transforman en gestos transgresores y subversivos que construyen la ciudadanía cultural de las mujeres.
Otro de los temas más discutidos en el feminismo contemporáneo, y del que no hemos querido prescindir en este número de la revista, es el dilema del consentimiento. En el artículo El mito de la libre elección Ana de Miguel cuestiona la idea de que las mujeres elijamos libremente nuestra vida porque, aunque vivimos en sociedades formalmente igualitarias, las estructuras patriarcales y sociales siguen condicionando nuestras decisiones, pero disfrazadas de libertad individual. En el desenmascaramiento de este disfraz, señala la autora, juega un papel central el feminismo, pues nos permite discernir las estructuras que atraviesan nuestro consentimiento facilitándonos distinguir entre la servidumbre voluntaria y la auténtica autonomía desde la que construirnos.
En esta larga reivindicación y resistencia histórica de las mujeres ante el patriarcado heterocultural, el arte ha jugado un papel clave. En este sentido, Maider Lumbreras en su artículo Autohistoria y epistemología de la sanación en Gloria Anzaldúa, la escritura de la propia biografía se propone como forma de resistencia a opresiones históricas y como posibilidad de sanación de las heridas, individuales y colectivas. Al narrar desde su experiencia corporal y fronteriza, Anzaldúa recupera la voz de quienes han sido marginadas por el patriarcado, el colonialismo y la homofobia, revelando las heridas invisibles que atraviesan a mujeres y personas queer. La escritura, como gesto del cuerpo fronterizo, convierte la experiencia íntima en acción política y en reconocimiento público de otras formas de conocimiento situado capaz de construir mundos alternativos.
En esta misma línea de reivindicación a través del arte, Dolores Galindo, en su artículo “Performance, feminismo y espacio público”, muestra cómo la performance ha permitido a las mujeres ocupar y resignificar espacios históricamente masculinos. En este contexto, la autora examina tres performances emblemáticas: Genital Panic de Valie Export, Cuerpos en construcción de Lía García y La última Cena de Verónica Ruth Frías, que denuncian objetivación, exclusión trans y violencia de género. En todas ellas el cuerpo se convierte en herramienta de resistencia y memoria colectiva, transformando la calle en escenario político. Intervenir el espacio público se convierte así en un acto de emancipación y reconocimiento social desde el que reescribir narrativas dominantes y generar una nueva conciencia ciudadana.
Sin embargo, a pesar de los evidentes avances que han logrado las mujeres, es necesario repensar el acceso, la valoración y legitimación de sus aportaciones en el espacio cultural, ahora en el ámbito del conocimiento. Esto es lo que se pregunta Concha Roldán, escritora, filósofa y exdirectora del Instituto de Filosofía del CSIC, en su artículo ¿Sigue siendo el espacio público un coto vedado para las mujeres?. Según la autora, el problema de que el espacio público haya sido limitado para las mujeres no es un problema del pasado, sino que sigue teniendo plena actualidad y podemos verlo en su análisis de lo que ocurre en el caso del CSIC. Pese a los avances feministas y las políticas de igualdad, persisten en la actualidad estructuras patriarcales que mantienen el techo de cristal y la infrarrepresentación femenina en puestos de poder y decisión, y aunque se han logrado avances, también vemos un estancamiento sobre todo en disciplinas STEM y en cargos de liderazgo que responde a la reactivación del patriarcado bajo nuevas formas que siguen reproduciendo desigualdades históricas. Por ello, la igualdad formal no basta, sino que es necesario un cambio cultural profundo que transforme mentalidades y prácticas sociales, pues sólo así se podrá garantizar una verdadera igualdad en la Academia y en la sociedad en general.
En la línea de este problema de la desigualdad en el ámbito del conocimiento, en la sección de entrevista, Ana López Navajas, coordinadora del proyecto europeo Women’s Legacy, reivindica el que hombres y mujeres hablemos de cultura con mayúscula, lo que implica alejarnos del androcentrismo al que nos hemos habituado e incluyamos las aportaciones de las mujeres en todos los ámbitos de la cultura. Este es el objetivo del proyecto Women’s Legacy en el que desde hace años han trabajado en red diversas universidades, instituciones y organizaciones, tanto nacionales como internacionales, creando un nutrido y riguroso banco de recursos en abierto para todo el público (aunque ciertamente es una herramienta pedagógica clave en el ámbito educativo) en el que se recoge el legado de las mujeres desde la Antigüedad a la actualidad, legado que se ha ocultado sistemáticamente en nuestra historia cultural común y que ha originado un sesgo epistemológico que afecta a todo el conjunto de la humanidad.
No obstante, no sólo las grandes mujeres de renombre y sus trabajos fueron silenciados. También lo fueron todos los trabajos y cuidados cotidianos que todas las madres y abuelas han realizado a lo largo de milenios y que han permitido que la humanidad persista. En la sección Detrás de la cámara, veremos aparecer a aquellas mujeres que permanecieron ausentes en nuestra historia, mujeres corrientes que se dedicaron a sus labores domésticas, que emprendieron modestos negocios para sacar a su familia adelante, así como aquellas que compaginaron estos trabajos cotidianos con importantes contribuciones al mundo de la cultura y la ciencia. Todas ellas recuperan su voz propia y su presencia pública al ser sacadas de las “cajas del olvido” en la pieza teatral OL-VI-DO, pieza reivindicadora, poética y evocadora desarrollada por tres mujeres que forman la compañía de Teatro Birubú.
Otro gran pilar en la resistencia femenina, que hemos querido incluir en este número, han sido y son las asociaciones de mujeres desde las cuales se han reivindicado y se reivindican derechos, se organizan acciones colectivas y ofrecen un lugar desde el que poder compartir y tejer redes de apoyo mutuo. Un ejemplo de asociacionismo femenino lo constituye la Asociación Femigradas, la cual nos acercará, en la sección Tendiendo puentes, algunas de las dificultades de ser mujer y migrante, en su caso en la ciudad alemana de Leipzig, así como las actividades que promueven para fomentar los vínculos entre las mujeres, la cultura y lengua española.
La vida y la trayectoria intelectual de Concha Mayordomo, artista que hemos elegido para la sección Debes conocerlas, es un ejercicio continuo de autoafirmación y legitimidad. Co-directora y fundadora en 2017 de la revista Blanco, Negro y Magenta, un espacio para visibilizar a las mujeres artistas que la historia cultural del canon androcéntrico ha olvidado. El trabajo de Concha es un compromiso con el arte como medio de creación, reflexión y denuncia de la violencia contra las mujeres. Este compromiso tiene continuidad en su blog Mujeres en el arte, donde recoge las biografías de más de 1000 mujeres artistas y las expande por el gran espacio público del universo digital. En la sección Debes conocerlas, queremos rendir homenaje y visibilizar la obra de una mujer artista que tanto tiempo dedica a visibilizar la obra de las demás mujeres artistas. El proyecto artístico de Concha Mayordomo Un vestido, dos vivencias trabaja ese lugar liminal que representa el traje de novia para las mujeres. El ritual de paso del espacio público al privado y doméstico. Los rituales de paso son gestos efímeros que anuncian transformaciones permanentes y duraderas en la vida de las personas. Nada más efímero, por la brevedad de su uso, que un traje de novia, una prenda cargada de simbolismo, “cada vestido, como cada mujer tiene una historia diferente”, sólo había que contarla. Concha Mayordomo, artista plástica que trabaja el textil, jugará con los volúmenes, los pliegues y las diversas texturas de los trajes para alcanzar un efecto plástico en el cuadro.
No podíamos olvidarnos del espacio íntimo de la amistad, ese lugar de sororidad para las mujeres. La reseña de Mercedes Gómez Blesa sobre el libro de Marina Garcés, La pasión de los extraños. Una filosofía de la amistad (2025), comenta el papel que juega la amistad en nuestra vidas y su potencia como lugar de resistencia y creación de comunidades, frente a la lógica mercantilista neoliberal: “El valor y la magia de la amistad se comprenden todavía mejor si tenemos en cuenta el carácter mercantilista de la mayoría de las relaciones que se establecen en el marco de una economía neoliberal (…) En este mundo productivo, iniciar una amistad que no busca beneficio alguno, más allá de la gratificación de una aventura compartida, es un verdadero acto de rebeldía y también de resistencia frente al pragmatismo contemporáneo”.
Queremos concluir aludiendo a la pregunta que da el título de nuestra editorial ¿cómo crear espacio público? ¿cómo producir espacios que resignifiquen a las mujeres, que las legitimen como sujetos del relato cultural? Producir espacio público es un tema importante. Vivimos en medio de una crisis fuerte de la democracia y de sus instituciones. La reducción de los espacios para el diálogo y el consenso -lugares tradicionales para ejercitar la ciudadanía y debatir sobre los asuntos comunes- y su transformación en lugares de la polarización y conflicto ha producido un deterioro importante de las democracias. Del ágora a las redes sociales, los espacios de aparición y participación -que dirá Arendt-, se han transformado espacios de desaparición del ciudadano, dominados por un fuerte individualismo, lugares de desinformación y controversia. En la sección inserto, el poemario de Cristina Morano, En tanto que mujeres, premio Alvaro Tejero (2023), incide en este aspecto de nuestras sociedades y denuncia el caso de las mujeres eternamente silenciadas en el espacio público. En su obra, todo lo personal es político, pues la autora no elude el compromiso de hacer de la invisibilidad de la voz de las mujeres en las ágoras patriarcales, un asunto público. En tanto que mujeres, abre la tumba de Antígona (María Zambrano), para que se nos oiga, para corear juntas que la violencia contra las mujeres no es un asunto personal, es social y sistémica.
El trabajo fotográfico de Julieta Varela que ilustra este número de la revista convierte a las mujeres del barrio de Vistalegre (Murcia) -un barrio tradicionalmente obrero-, en protagonistas del relato de la historia concreta y situada de este espacio urbano. La mirada de Julieta congela a las mujeres en el espacio de la cotidianeidad y muestra los pliegues de la relación barrio-género; entre lo público, lo íntimo y lo doméstico, Varela reescribe la iconografía de Vistalegre, cartografía los movimientos de las mujeres, las profesiones que tienen, los espacios que habitan, cómo crean sus redes, cuáles son sus diversiones o cómo se vacían en los sillones de un hotel cuyo mobiliario tiene las dimensiones del espacio público heteropatriarcal.
Sostiene Wendy Brown en su libro en Estados de Agravio que nuestros espacios: “A la vez que requieren cierta definición y protección, no pueden ser limpios, nítidamente definidos, incorpóreos ni permanentes: para vincularse con modos de poder posmodernos y representar conocimientos específicamente femeninos, han de ser heterogéneos, errantes, quedar relativamente sin institucionalizar y han de ser democráticos hasta el agotamiento”. Sin duda, más igualitarios que otras esferas de poder porque nacen de la necesidad del reconocimiento mutuo, de la empatía, de los cuidados… Sabemos demasiado sobre la vulnerabilidad y la fragilidad que conlleva la condición de ser mujer, sobre ese destino biológico que impone roles de sumisión, y no podemos permitirnos (o no sabemos y/o no debemos) ejercer el poder de otra manera. Todas somos responsables de co-crear las condiciones de posibilidad del ecosistema cultural que construyan, compartan y visibilicen la obra de las mujeres. Y aunque la definición de espacio público de Arendt es muy acertada, podemos actualizarla hoy y pensar en un espacio más cercano a la ecología que a la política, el medio ambiente sería una buena referencia, entendido a la manera de Bruno Latour, no como un escenario preestablecido, sino como un espacio que co-creamos entre todos y todas. Y ¿Cómo son esos espacios que debemos co-crear? Pues profundamente interrelacionados, tentaculares, concéntricos, situados, concretos, dañados, sin centro, excéntricos, en Blanco, Negro y Magenta, habitados, canónicos y, por supuesto, al margen.

Cristina Guirao es profesora titular de sociología en la Universidad de Murcia. Catedrática de filosofía en EE.SS., en excedencia. Ha sido directora del máster de gestión cultural UMU, directora del seminario pensamiento y cultura; coordinadora general de cultura en el vicerrectorado de cultura de la Universidad de Murcia y secretaria general de Clásicas y Modernas, asociación para la igualdad de mujeres y hombres en la cultura. Autora de numerosos artículos sobre sociología de la cultura y del arte. Es ensayista y filosofa. Autora de los libros de ensayo Crónicas a Contrapelo (2022) de Ediciones Newcastle y Transgresoras. Una historia cultural de las mujeres (2024) Los libros de la Catarata.

Laura Linares Abadía. Doctora en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Es vocal de la Asociación Española de Ética y Filosofía Política, vocal de la Asociación Clásicas y modernas, y miembro de la Sociedad Aragonesa de Filosofía. Ha realizado diversas conferencias en Congresos nacionales e internacionales de Filosofía. Es autora de varios artículos publicados en revistas especializadas de Filosofía y también en prensa; Es coautora de la última edición del libro de Historia de la Filosofía de 2º de bachillerato de la editorial McGraw Hill. Desde 2013 lleva a cabo un proyecto de arte y filosofía junto al pintor Juan Casbas Puértolas.
