En silencio no se aprende a hablar


Camino por una calle de Birmingham mientras me pregunto de dónde ha salido ese hilo de voz con el que he respondido al camarero de la cafetería. Un tono agudo de cortesía con el que me niego a identificarme; hubiera preferido un tono grave con una sonrisa, y un “Flatwhite, please”. Me pregunto cuál es la fina línea que separa la simpatía de la vergüenza, la dulzura de la debilidad. Y me pregunto qué necesidad tengo yo de ser dulce, simpática y educada por supuesto, pero dulce, ¿por qué? Repaso en mi cabeza todos los momentos en los que suelo utilizar ese tono involuntariamente. Y aquí, en una nueva ciudad, en otro idioma, me molesta reconocer que ha sido la rudeza del camarero la que me ha llevado a intentar ganarme su simpatía con ese hilo de voz casi infantil, haciéndome pequeña. Tengo treinta años.

Desde que llegué hace dos meses, no paro de plantearme el valor del lenguaje. Siempre ha sido importante para mí expresarme con propiedad, ser capaz de decir en cada momento lo que quiero decir (algo que no implica necesariamente que vaya a ser así entendido). Me planteo si somos el conjunto de las palabras que escogemos, los temas de los que hablamos y cómo los abordamos. En España me he sentido poderosa bastantes veces (incluso cuando no tenía razón) pero también he perdido el poder muchas otras, cuando no he sabido hacerme entender, hacerme escuchar, hacerme respetar. A lo mejor, entonces, el lenguaje y el poder no están tan ligados como yo pensaba.

Hace unos días, hablando de uno de los temas más recurrentes en mi día a día desde que llegué: la Visa, conseguí el teléfono de un abogado que trabaja aquí. Por fin había encontrado alguien que podría resolverme algunas dudas. Hablamos en español y sin embargo eso no supuso ninguna ventaja en el desarrollo de la conversación. Mi participación (siendo yo la que llamaba, la interesada, la potencial cliente) consistió en estar muy atenta para encontrar rendijas por las que intervenir en medio de su cascada de certezas y juicios sobre situaciones “como la mía”. Yo tenía un reto, ser clara, rápida y concisa, utilizar todas mis herramientas para lograr que alguien que no estaba dispuesto a escucharme me entendiera. La primera sugerencia por su parte fue la de “si te enamoraras de un inglés, todo podría ser más fácil”. – Después hizo una pausa y añadió – “O de una inglesa”-. Aprecié ese intento de apertura mental, fue lo único que pude apreciar. En aquella llamada me dijo que no sabía qué tipo de actriz era yo, pero que, si no era ya famosa, no iba a encontrar trabajo allí. Yo no sé qué tipo de abogado era y supongo que, para él, la jerarquía de poder estaba clara. Para mí también, fui yo la que llamé y también la que colgué.

Es curioso como la manera de expresar una idea puede cambiar completamente su sentido. Es muy fácil, por ejemplo, aun cuando la acción está en el otro, atribuirse la responsabilidad a una misma. Resulta sencillo hasta que te das cuenta de que algunas veces el interlocutor no está interesado en entenderte, en escucharte y, en otras ocasiones, ni siquiera en respetarte. En lo referente a la precisión en el lenguaje, me gustaría aclarar (aunque creo que no hace falta) que este es el único párrafo en el que me siento cómoda utilizando el masculino genérico. Algunas veces puede ser cierto eso de que “es mejor tener paz que tener razón”, está claro que asumir la propia responsabilidad ante una respuesta negativa evita la confrontación, pero hay algo que se queda dentro pudriéndose. Para tener poder hay que saber tener razón y ahí no debe haber lugar para el silencio.

Pienso con frecuencia en el silencio desde que llegué, también lo practico mucho porque los comienzos no son fáciles, especialmente en otra ciudad, en otro país, en otro idioma. “Saber elegir los silencios es tan importante como saber elegir las palabras”, me lo repito sin parar y me mantengo motivada mientras amplío todo lo que puedo mi vocabulario en inglés. También trato de pensar en inglés y me he dado cuenta de que, con un lenguaje más limitado para describir las imágenes en mi cabeza, también hay menos ruido alrededor de mis pensamientos. Una interpretación positiva de la idea que ya expuso Ludwig Wittgenstein: “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mente”.

¿Puede ser poderosa una mente limitada? La respuesta está clara: por supuesto que puede. Sólo hace falta encender la televisión. Pero, en ese caso, tal vez el poder no esté necesariamente ligado a la mente sino a la confianza y es ahí donde el lenguaje entra en juego. Las formas del lenguaje son ilimitadas y también deberían serlo las fuerzas que lo impulsan. Cuando de pequeñas aprendemos a hablar, no sentimos ni vergüenza ni miedo, eso lo iremos adquiriendo por educación o por desgracia. Quizá sea necesario replantearse el poder como una necesidad, la de saber ocupar nuestro lugar en el mundo. Un lugar construido por el lenguaje que utilizamos y que da forma a nuestra manera de ver las cosas. Hace unos meses que soy una extranjera y estoy volviendo a aprender a hablar, mientras desaprendo el miedo y la vergüenza. Durante este tiempo me he dado cuenta de algo y es que el lenguaje que más me define es el que utilizo cuando hablo conmigo misma. En ese proceso de aprendizaje, también trato de cambiar el lenguaje de mis pensamientos.

Si el poder se mide por la respuesta del entorno, quiero redefinirme al otro lado del lenguaje y ser una respuesta que refuerce el poder de la de enfrente. De esas con las que no aparece un hilo de voz, de esas que escuchan y participan, alto y claro, que impulsan a las demás. Lo que no se nombra no existe, la que se queda en silencio, tampoco. Voy a seguir repitiéndomelo a mí misma: nadie aprende a hablar en silencio. Aunque a veces mi voz sea amablemente infantil, tengo –que- poder.


Laura Auzmendi_

Laura Azuzmendi
Me puede la curiosidad de saber qué hay detrás de las palabras, por eso estudié Periodismo y Arte Dramático.  La cultura nos permite combatir la indiferencia, ampliar horizontes y, si hace falta, escapar. Ante la bifurcación de dos oficios, elegí Artes Escénicas para contribuir a ello. Así que ahora escribo, actúo y, algunas veces, actúo lo que escribo. Tras haber estrenado las obras «La primavera», «Divinas de la muerte» y «Actopatía» entre 2022 y 2023, mi experiencia más reciente tiene que ver con el teatro social, trabajando junto a la compañía Women&Theatre ubicada en Birmingham (Reino Unido).