Mancharse con tinta: llegar a la escritura desde el umbral
Mi llegada.
Bajo imperativo: mi llegada es abrupta.
Bocanada de aire después del llanto provocado por el vértigo en el borde
de mi cuerpo. Todo esto para que supure un secreto:¿qué sucede cuando lloro?
Creo que es algo similar a escribirme.
Es por eso, que las lágrimas y la sangre siempre interrumpen algo.
Y no es mi tiempo. Porque yo no lo perdí.
Es esta es mi primera lágrima.
Mi primera herida.
Escritura sin permiso: una genealogía del borde.
¿Qué formas de escritura teórica están emergiendo hoy desde los márgenes, fuera de esa pretendida objetividad que históricamente ha definido los modos autorizados de producir conocimiento académico? Frente a una pretendida neutralidad exigida tradicionalmente a la escritura teórica —una escritura que ha privilegiado la distancia analítica y la desafección—, nos preguntamos si es posible imaginar otras formas de teorizar. Es desde ese interés, que alcancé la autoteoría: una forma escritural que desestabiliza las dicotomías entre teoría y experiencia.
La autoteoría —según Lauren Fournier (2019) — consiste en la integración del “auto” con la teoría o la filosofía generalmente de manera autoconsciente. Este gesto escritural interrumpe las divisiones convencionales entre lo intelectual y lo vivencial, abriendo un espacio donde los archivos personales y las memorias del cuerpo se convierten en materia teórica. Fournier no ofrece una definición cerrada del término, sino que lo presenta abierto a sus reconfiguraciones por parte de escritores, artistas y pensadores.
En ese recorrido por acercarme a las formas actuales de autoteoría, me fue inevitable no volver la mirada previamente hacia los dispositivos que históricamente han custodiado el acceso a la escritura. Si quería estudiar la autoteoría, resonaban antes cuestiones tales como: ¿Quién ha podido decir “yo” en los espacios autorizados de la teoría? ¿Qué cuerpos fueron reconocidos como sujetos legítimos de enunciación? Interrogarme primeramente estas condiciones de posibilidad fue lo que me llevo a proponer otra forma de escritura que encontré posteriormente actualizada en la autoteoría contemporánea: una escritura con sangre. Una forma de teorizar desde la herida, de escribir desde la exposición del cuerpo, el dolor, la memoria y el deseo. Así el presente ensayo forma parte de una investigación más amplia titulada Nuevas narraciones del yo en la autoteoría: escribirnos desde la herida, la cual indaga las formas contemporáneas de producción teórica que surgen desde la disidencia, la fisura y la encarnación.
De este modo, esta investigación surgió de una sospecha y una herida. La sospecha de que la escritura teórica, tal y como la hemos heredado, sin fisuras ni sangre, no ha sido nunca un espacio verdaderamente accesible para todos los cuerpos. La herida- provocada bajo la aparente forma de objetividad neutral – aquella que, no únicamente personal sino histórica y colectiva, nos relega al afuera invisibilizándonos, o que por el contrario hace de nuestro supuesto exceso, monstruosidad. Desde esta herida es que nos cuestionamos: ¿Qué supone alcanzar la escritura cuando se presenta como un umbral custodiado?
Asumimos que la escritura teórica, como institución simbólica, ha sido tradicionalmente un espacio custodiado por dispositivos de legitimación que han expulsado a los cuerpos marcados por el género, la raza o el deseo. Para acceder a ella, múltiples identidades se han visto obligadas a tratar de dejar el cuerpo en la puerta de la escritura, como si ese desprendimiento no implicara ya una forma de exclusión. La escritura autorizada, blanca, viril y racional, ha sostenido una arquitectura cerrada, con puertas demasiado angostas para quienes no responden a su sujeto ideal – un sujeto pretendidamente neutral pero crípticamente masculino, cis y occidental-.
En este contexto, la autoteoría escritural se presenta como una práctica crítica que interrumpe los marcos hegemónicos del saber, produciendo conocimiento desde la experiencia de aquellos cuerpos que nunca accedieron a una pretendida objetividad y que escribieron desde el borde. Por eso nos interesa. Creemos que es precisamente a partir de la imposibilidad de acceder a la institución escritura por portar “exceso de cuerpo” donde se han gestado, y siguen haciéndolo, otras formas de escritura. Sin concesiones, sin permiso.
¿Quién nos dio el permiso de realizar el acto de escribir? (…) ¿Cómo aun me atrevo a considerar hacerme escritora mientras me agacho sobre las siembras de tomates, encorvada bajo el sol caliente, manos ensanchadas y callosas, no apropiadas para sostener la pluma…? (Anzaldúa, 1988)
Gloria Anzaldúa y Virginia Woolf serán aquí nuestros faros. Sus propuestas han permitido adoptar una “mirada arquitectónica” sobre la escritura: una construcción erigida con puertas cerradas.1 Estas escritoras permiten hacer una lectura crítica de la arquitectura simbólica de la escritura teórica. Sabemos, sin embargo, que junto a ellas podrían haberse alzado muchas otras. En este sentido, se trata de pararnos ante cierta tradición no lineal de escrituras que interrumpen la pretendida objetividad de la teoría.
Así, por un lado, me propongo recuperar gestos como el de Virginia Woolf en Una habitación propia (2016) desde una mirada contemporánea a partir de la relectura que hace Peggy Kamuf en su escrito Las labores de Penélope (2019). Nos detenemos en dos momentos claves de su obra: el acceso denegado a la biblioteca y el acceso a la habitación. Estas escenas, lejos de ser anecdóticas, revelan la arquitectura simbólica que ha delimitado históricamente los límites de la escritura.
Me encontraba yo ante la puerta que conduce a la biblioteca misma. Sin duda la abrí, pues instantáneamente surgió, como un ángel guardián, cortándome el paso con un revoloteo de ropajes negros en lugar de alas blancas, un caballero disgustado, plateado, (…) haciéndome señal de retroceder, ya que no se admite a las señoras en la biblioteca más que acompañadas de un ‘fellow’ o provistas de una carta de presentación (Woolf, 2016, pág. 15)
Ante esta escena se nos hace evidente la lectura de una inaccesibilidad de ciertos cuerpos a la “institución escritura”. Pero a su vez, esto nos abre nuevas preguntas: ¿Realmente aspiramos a ingresar en esa biblioteca, en esa habitación, o nos proponemos escribir desde otros gestos y otras coordenadas que no requieran renunciar al cuerpo como fuente de escritura? Queremos escribir desde nuestras afecciones: queremos asumir nuestro cuerpo como condición, no como exceso.
Este gesto no solo supone una ruptura con aquel cerrojo simbólico que históricamente ha delimitado los marcos de enunciación, sino más aún, es una forma de desatender su lógica: asumir que no es necesario abrirlo para poder escribir. Esta desobediencia, lejos de ser una ingenua omisión, es una afirmación política de que la escritura puede brotar sin esperar legitimación. Seguimos a Kamuf cuando nos dice que “una habitación propia define una posición nueva con relación a la habitación cerrada (…) si la historia de las mujeres no se puede estudiar en la biblioteca, habrá que leerla en la escena de su propia exclusión” (Kamuf, 2011, p. 226).
Frente a la arquitectura de esa exclusión, asumimos con gozo que estamos fuera. Hay escrituras posibles más allá de los márgenes establecidos por el canon, y estas también están configurando teoría. Seguimos imaginando otras formas lejos de una pretendida escritura objetiva que asume que olvidaremos el cuerpo para tratar de escribir. Como si eso no fuera ya dejar de escribirnos.
Es aquí cuando volví la mirada hacia Gloria Anzaldúa cuya producción escritural me fue tremendamente fructífera; ya que si bien Woolf alude a la expulsión de las mujeres de los espacios de producción del saber, Anzaldúa actualiza este cuestionamiento al hacer explícito cómo los cuerpos de mujeres racializadas han sido doblemente marcados “como negras y como mujeres, además de cómo proletarias o excluidas cuando es también el caso, y normalmente lo es” (Llevadot, 2022, pág. 29). Así, abrazamos su afirmación “olvídate del cuarto propio” , ya que creemos que consigue hacer evidente la actualización de la lectura de Woolf que nos propone Kamuf (2019).
Olvídate del cuarto propio. Escribe en la cocina, enciérrate en el baño. Escribe en el autobús o mientras haces fila en el Departamento de Beneficio Social (…) Yo escribo hasta sentada en el excusado. No hay tiempos extendidos con la máquina de escribir (…) Mientras lavas los pisos o la ropa escucha las palabras cantando en tu cuerpo. (…) Cuando la compasión o el amor te posea. Cuando no puedas hacer nada más que escribir. (Anzaldúa, 1988, pág. 283)
Lo que se está escribiendo fuera del cuarto propio no es una concesión ni una carencia, sino una afirmación de otras posibilidades de escritura y de teorización. Es desde este marco de reflexión sobe el acceso a la escritura y sus condiciones de posibilidad, que nos es especialmente productivo establecer ese diálogo entre Una habitación propia de Woolf y algunas reflexiones sobre la escritura de Anzaldúa. Ambas autoras, problematizan la legitimidad del espacio desde el cual se escribe, denunciando la exclusión estructural de aquellos cuerpos que históricamente han sido desplazados de los lugares de enunciación autorizada.
Rajadura, frontera y recomposición en la escritura de Gloria Anzaldúa.
La figura de Gloria Anzaldúa se vuelve central para pensar escrituras que emergen hoy fuera de los límites del canon. Su obra, ubicada en la intersección entre feminismo chicano, teoría queer y pensamiento decolonial, plantea una escritura que nace de la herida: mestiza, bilingüe, mujer lesbiana … Esto lo lleva a cabo a través de la autohistoria-teoría. En obras como Borderlands / La Frontera (2016) o Light in the Dark. (2015) desarrolla su “autohistoria-teoría”, una escritura teórica que entrelaza narrativa personal y reflexión crítica, borrando la distinción entre lo privado y lo teórico. En este gesto, se condensan muchas de las operaciones que hoy asociamos a prácticas autoteóricas: la desestabilización de la supuesta neutralidad del saber académico, la manifestación explícita del cuerpo en el espacio de la escritura y una crítica a los marcos normativos que definen qué se considera teoría. De hecho, consideramos que hay importantes resonancias con lo que posteriormente entiende McKenzie Wark como autotoería. Aquella táctica que “shows how selves are made and makes room for a kind of self that otherwise barely gets to exist.” (Wark, 2023).
Pues bien, tomando pie en Anzaldúa para pensar la autoteoría, somos conscientes de la incomodidad que hoy supone abogar por una escritura en primera persona. ¿Supone esto el retorno de una instancia de autoridad? Nos preguntamos: ¿Qué instancia es ese “auto”? ¿Desde donde escribe la autohistoria-teoría? Pues bien, el yo que se enuncia ahí, es un yo múltiple, descentrado, herido y sobre todo colectivo.
Hablo en lenguas, entiendo los lenguajes, las emociones, los pensamientos y fantasías de las varias sub-personalidades que me habitan y los varios suelos desde donde hablan. Para hacerlo, debo descifrar cuál persona (yo, ella, vos, nosotrxs, ellxs), qué tiempo (presente, pasado, futuro), qué lenguaje y registro, desde qué voz o estilo hablar. La formación de la identidad (que implica “leerse” y “escribirse” a una misma y al mundo) es un proceso alquímico que sintetiza dualidades, contradicciones y perspectivas desde estos diferentes yoes y mundos. (Anzaldúa, 1988)
Escribir desde la primera persona, desde la herida, no es para nosotras un ejercicio de narcisismo. No es el retorno a una instancia de autoridad. Escribir desde el yo es un ejercicio de saber situado, es una estrategia frente a una escritura académica hegemónica que ha estigmatizado o excluido ciertas escrituras por considerarse demasiado personales por no poder despojarse de su experiencia corporal. Pero ¡¿cómo separarme de lo que me hace escribir?! Desde ahí, renunciamos a esa aparente objetividad. Escribir desde nuestra propia herida es precisamente dejar rastro de nuestra inaccesibilidad, escribimos teoría de otro modo y no queremos renunciar a ello. Además, la escritura en primera persona jamás será un encierro en la anécdota personal. Como bien dice Victoria Dahabr “a veces la escritura toma la forma del nosotras (…) porque entre las voces desparramadas, la escritura se afirma y dice “yo”. Y digo “yo” singularizando una pluralidad que está sin ser dicha” (Dahbar, 2018 pág 40).
Es desde aquí que la propuesta de Anzaldúa nos es hoy tan valiosa para pensar la autoteoría: escribir el yo no es reproducir el sujeto identitario, sino dar lugar a una subjetividad atravesada por la otredad. De hecho, el yo para Anzaldúa se presenta bajo el término “Nos/otras”. Hay algo clave en esta noción: la rajadura. “The Spanish word “nosotras” means “us.” I see this word with a slash (rajadura) between “nos” (us) and “otros” (others) and use it to theorize my identity narrative of “nos / otras”, (Anzaldúa, 2015, pág. 79). Al dividirla parcialmente en dos, la escritora chicana afirma lo colectivo desde la primera persona.
Esa rajadura viene influida también por su condición de chicana. Anzaldúa, una mujer que habitó siempre la frontera y escribió desde la herida que esta le provocó, consideró la frontera una realidad material que generó a su vez un espacio simbólico del cual emergió lo que denominó un estado epistémico del Nepantla: estar entre mundos, entre lenguas, entre cuerpos. Fue en este estado liminal donde se produjo su escritura, como acto de imaginación radical desde la herida. Ese Nepantla, en Anzaldúa, no es un estado aislado, sino que es parte de un proceso más amplio que la escritora chicana denominó el “Imperativo Coyolxauhqui”, inspirado en el mito azteca de la diosa lunar Coyolxauhqui.2 Ella retoma así este mito, para evocar una fragmentación que abre paso a un proceso imaginativo donde volver a crearnos. Anzaldúa elabora una concepción de la escritura como recomposición desde la herida. Como bien dice Meloni:
solo si enfrentamos el largo proceso de deconstrucción/construcción de nuestra propia identidad seremos capaces de transformar los dispositivos y estructuras de poder que configuran nuestro mundo. El camino que debemos emprender es arduo y doloroso. Y la herramienta más adecuada para llevarlo a cabo no es otra que la escritura (Meloni 2022 pág 3)
Escribir para Anzaldúa, también es una forma de reensamblarse, de volver a narrarse desde un lugar otro. Un ejercicio incómodo y doloroso, pero tremendamente necesario. Es así como entendemos nosotras que debe ser la escritura teórica. Un lugar desde el que recomponernos, desde el que imaginar nuevas formas.
Lejos de una mirada romántica del sufrimiento, su escritura expone que es precisamente desde ese cuerpo herido y fragmentado desde donde se activa una imaginación radical capaz de “idear” regímenes simbólicos posibles. “I need a different way of organizing reality (…) Without imagination, transformation would not be possible.” (Anzaldúa, 2015, pág. 43). Esa imaginación se despliega precisamente en el proceso de escritura.
Así, consideramos que la escritura como Imperativo Coyolxauhqui conecta directamente con las lógicas de la autoteoría; en tanto que no busca consolidar una voz individual ni un sujeto autosuficiente, sino abrir un espacio en el que pensar el yo como producto herido por instituciones, historias, violencias y afectos. Y es precisamente desde esa herida que se activa la imaginación. La autoteoría no es solo una estrategia de resistencia sino también un espacio de generación, un espacio donde la teoría sea invención poética. Es hacia esto a lo que apunta McKenzie Wark al comprender la autotoería como una búsqueda de “a languague for what´s coming”. (Wark, 2023) Se trata de imaginar para producir nuevos lenguajes, afectos y deseos desde los lugares donde la norma ha parecido generar exclusión o silencio. Para nosotras escribir desde la herida es un ejercicio donde imaginar nuevos mundos y así sanar heridas colectivas.
La sangre como tinta: la herida y su poética de la invención.
“Cuando no se quiere usar sin más la tinta negra de nuestros perpetradores, la pluma se moja en sangre”. (Llevadot, 2022, pág. 31).
Laura Llevadot, en Mi herida existía antes que yo (2022) conceptualiza la escritura con sangre que proponemos, como una desobediencia epistémica que interrumpe los marcos normativos del pensamiento filosófico.3 Ella habla de esa escritura con sangre frente a la «tinta negra de nuestros perpetradores» – aquella portadora de neutralidad y objetividad y que por ello concede las condiciones óptimas para poder generar una “escritura seria” – nosotras proponemos mojar la pluma en sangre. Nuestra tinta no borra el cuerpo, nace de él.
Este gesto se inscribe en una genealogía de autoras que desde el pensamiento feminista han buscado una ruptura con los lenguajes supuestamente neutros, objetivos y universales del pensamiento filosófico dominante. Desde este marco, el gesto de “escribir con sangre” en Llevadot, puede leerse como una reelaboración contemporánea de estas apuestas: una forma de escritura encarnada que surge desde la herida y la experiencia corporal situada y que opera como forma de pensamiento no asimilable por los regímenes epistémicos patriarcales. Así, la escritura de Anzaldúa puede comprenderse desde esta propuesta.
Es gracias a escrituras como las de Anzaldúa que asumimos con gozo que hay escrituras bordeando la teoría académica. Escrituras que insisten en dejar marca corporal mediante la primera persona con el deseo de persistir en el ejercicio de escribir desde la herida. Una insistencia que responde no tanto a una imposibilidad de olvidar nuestro cuerpo – que también – sino a una decisión frente a la constante presión por asimilarnos. Estas escrituras de la sangre revelan cómo la experiencia de inadecuación puede convertirse en la condición de posibilidad para imaginar y hacer emerger nuevas formas de pensamiento
Así, interrogándonos críticamente por las condiciones históricas, epistémicas y corporales que han delimitado el acceso a la escritura, hemos recogido figuras como Virginia Woolf y Gloria Anzaldúa, cuyos gestos, entramados con lecturas contemporáneas, permiten armar una primera genealogía —parcial, situada, discontinua— que nos hacfe comprender desde dónde emergen hoy otras formas de hacer teoría. Un mapa inicial que se actualiza en las escrituras autoteóricas contemporáneas de autoras como Camila Sosa Villada, McKenzie Wark o Maggie Nelson, cuyas voces continúan abriendo grietas en los regímenes de sentido hegemónicos.
Así, desde Virginia Woolf hasta Anzaldúa, pasando por quienes hoy amplifican sus gestos, se configura una teoría que no teme mancharse con la experiencia que la sostiene. Una teoría que se escribe con sangre cuando falta la tinta, que brota desde la herida para producir nuevas formas de lenguaje, de afecto y de mundo. Una teoría que se abre desde el cuerpo para inventar mundos posibles; donde el deseo, la identidad no hegemónica y la experiencia situada no sean un exceso para corregir, sino la propia condición de posibilidad para que la escritura brote.
Y es así donde alcanzamos la autoteoría. No como punto de llegada definitivo, sino como una apertura fértil, como forma de insistencia que transforma los modos en que se concibe la actividad teórica. Frente al modelo tradicional —ese que sostiene la ficción de una voz universal, aséptica, desencarnada— la autoteoría irrumpe como escritura porosa, indisciplinada, situada. No busca ocupar la habitación canónica de la teoría, sino construir otra afuera, allí donde el cuerpo no debe entrar en silencio, sino con su archivo personal y hacer de ello teoría. La escritura teórica deja de ser así propiedad privada de la academia como espacio aséptico, y se vuelve, como afirma Val Flores, “un campo de acción corporal que puede producir excitación imaginativa” (2021 pág 43).
Reclamamos, generar una teoría para una cicatriz que es capaz de cultivar una imaginación radical. Deseamos desde la huella de nuestra primera persona poder reescribir la teoría desde una herida que es siempre compartida.

Sofía Alonso Blanco
Graduada en Filosofía y Máster en Estética Contemporánea por la UCM. Mis intereses se sitúan en la intersección entre teoría queer, la teoría literaria y la filosofía contemporánea. Mi incipiente carrera investigadora versa en torno a las nuevas narraciones en la autoteoría, línea que deseo prolongar en el futuro. Además, disfruto mucho con la escritura de textos poéticos.
Bibliografía
- Anzaldúa, G. (1988). Hablar en lenguas: una carta a escritoras tercermundistas. En C. Moraga, & A. Castillo (Edits.), Esta puente, mi espalda: voces de mujeres tercermundistas en los EE.UU. (págs. 219-227).
- Anzaldúa, G. (2015). Light in the Dark/Luz en lo oscuro: rewriting identity, spirituality, reality . USA: Duke University Press.
- Anzaldúa, G. (2016). Borderlands/ La frontera: la nueva mestiza. (C. Valle, Trad.) Madrid: Capitan Swing Libros.
- Cixous, H. (2006). La llegada a la escritur . Buenos Aires : Amorrortu .
- Dahbar, V. (2018). Marcos temporales de la violencia. Hacia una configuración de lo humano-inhumano. Tesis doctoral. . Repositorio Universidad de Buenos Aires.
- flores, v. (2021). Romper el corazón del mundo. modos fugitivos de hacer teoría. Madrid: contintametienes.
- Fournier, L. (2021). Autotheory as Feminist Practice in Art, Writing and Criticism . MIT PRES.
- Kamuf, P. (2019). Las labóres de penélope. En A. Pérez Fontdevila, & M. Torras, ¿Qué es una autora? (págs. 219-240). Icaria.
- Llevadot, L. (2022). Mi herida existía antes que yo. Feminismo y crítica de la diferencia sexual. Barcelona: TusQuets .
- Meloni, C. (2022). Habitar las rajaduras. Auto-etnografías y narrativas de la identidad en G.Anzaldúa y A.Lorde. Papeles de identidad: contar la investigación de frontera.(2 ).
- Pérez Fontdevilla, A. (2019). Qué es una autora o qué no es un autor. En ¿Qué es una autora? Encrucijadas entre género y auatoría (págs. 25-60). Barcelona: Icaria.
- Wark, M. (2023). Critical (Auto) Theory. e-flux.
- Woolf, V. (2016). Una habitación propia . Austral.
1 La noción de “mirada arquitectónica” se introduce aquí como metáfora crítica, conscientemente vaga en su formulación, pero útil para pensar la escritura como un espacio construido – como edificio, habitación, en fin, como espacio arquitectónico simbólico – cuyas entradas, pasajes y jerarquías han sido históricamente diseñados por y para ciertas subjetividades. En este marco, esta “mirada arquitectónica” es una forma de señalar cierto régimen de accesibilidad discursiva que busca evidenciar cómo ciertas autoras, desde sus propios márgenes, desmontan e incluso ignoran los cerrojos de esa infraestructura inaccesible.
2 Coyolxauhqui era hija de la diosa madre Coatlicue, y hermana de los dioses estrellas Centzon y Huitznáhuac. Es importante, entender que no es casual que tome este mito, pues Anzaldúa siempre quiso imaginar desde epistemologías diferentes, desplazadas del canon occidental académico. Pues bien, dicha diosa cuenta con una historia propia: esta trató de asesinar a su madre para redimir la ofensa que suponía que estuviese embarazada de un desconocido. Es así, cómo la diosa lunar fue asesinada por el hijo que su madre dio a luz: Huitzilopochtli, quien nació vestido con armadura de guerrero, listo para defender a su madre y asesinar a Coyolxauhqui. Este la decapitó y mandó su cabeza al cielo – siendo esta la Luna – y derramó su cuerpo desmembrado por la colina. De esta forma, esta figura que se presenta como figura violentada por la cultura patriarcal, es utilizada por Anzaldúa para señalar la herida como potencia.
3 Aunque es Derrida quien, en Circonfession (1991), articula y conceptualiza la relación entre herida, sangre y escritura – pensando la confesión como el ejercicio en el que se desestabiliza la soberanía y revela precisamente por la herida, la imposibilidad de una ipseidad -, optamos por trabajar aquí desde la propuesta de Llevadot. Ella nos es aquí más interesante porque permite vincular la sangre con prácticas escriturales próximas a la autoteoría. Consideramos que propuesta es de mayor afinidad con los gestos y cuerpos que atraviesan este trabajo. Aun así, esto no impide reconocer la evidente deuda teórica que sus propuestas, y la nuestra, tienen con Derrida.
