María Zambrano en el espacio público
María Zambrano pertenece al linaje de mujeres extraordinarias que criticaron la épica bélica en la que estuvo sumida Europa durante la primera mitad del siglo XX. Compartió este destino con Hannah Arendt y Simone Weil. Las tres dieron la voz de alerta a un proceso civilizatorio irracional que llevaría a la humanidad a la catástrofe y las tres quedaron en los márgenes del pensamiento occidental hasta que sus obras fueron puestas en valor gracias a las investigaciones y los estudios de género. A la filósofa española, nacida en Vélez-Málaga, el 22 de abril de 1904, no tuvo que serle fácil presentar un discurso propio en una época en la que persistían los prejuicios sexistas sobre la capacidad intelectual de las mujeres y los espacios se mantenían separados en base a la dicotomía hombre/mujer. Aun así, jugó a su favor el arraigo cultural de su familia y haber estudiado Filosofía y Letras en la Universidad Central de Madrid. También contribuyeron los ideales regeneracionistas de la II República y haber vivido el proceso del nacimiento del nuevo régimen democrático desde sus inicios, en aquellos tres años decisivos que van de 1929 a 1931 (Zambrano/ Ferrater Mora, 2022 :123). En realidad, su presencia en el espacio público se intensificaría con el tiempo, pero, mucho antes de partir para el exilio, la filósofa ya era reconocida en el ámbito universitario y en el debate político al pertenecer a la élite intelectual formada por Ortega y Gasset, a quien tuvo como profesor y al que sintió siempre como su maestro.
Un punto de inflexión en su aparición en la escena pública, ocurre tras matricularse en los cursos de doctorado en 1927. A partir de 1928, su presencia se agudiza en los espacios de información, formación y decisión. Colabora con varios periódicos, como el Liberal de Madrid o El Manantial de Segovia y entra a formar parte de la Liga de Educación Social como vocal. En 1930 publica su primer libro Horizonte del Liberalismo y cambia su estatus de alumna por el de profesora auxiliar de Metafísica en la Universidad Central. También imparte clases en el Instituto Escuela y en la Residencia de Señoritas y, junto a su hermana Araceli, se une a la multitud que celebró la proclamación de la II República aquel 14 de abril de 1931. De ahí en adelante, afianza su posición ideológica colaborando en la Revista de Occidente, Cruz y Raya, Los cuatro vientos, Hora de España y Revista de las Españas. Participa en tertulias, da conferencias, dicta cursos, redacta ensayos y se apunta como voluntaria en las “Misiones Pedagógicas” que presidió Manuel Bartolomé Cossío con el objetivo de llevar la cultura a cientos de pueblos y aldeas españolas. Fue secretaria primera de la Sección de Filosofía del Ateneo de Madrid y fue nombrada Consejera Nacional de Propaganda y de Infancia evacuada por el gobierno republicano en su traslado a Valencia durante la contienda civil. Como muchos de sus compatriotas, leales a la II República, perdida ya la guerra parte para el exilio y cruza la frontera con Francia el 25 de enero de 1939. Aquel día todavía no podía hacerse cargo de la derrota (Zambrano,1989:235), ni conocía el continuo peregrinaje que le llevaría fuera de su país durante cuarenta y cinco años, casi la mitad de su vida.
Sororidad y exilio
En ese futuro de incertidumbre y zozobra, la filósofa vivió desde el principio, en su propia persona, como pensadora y como mujer, la cuestión de género que afectó a las exiliadas españolas. Ellas fueron las grandes olvidadas del relato oficial del exilio español y lo fueron doblemente. En primer lugar, por haber sido leales a los ideales de la Segunda República y pertenecer al «bando perdedor» de la guerra. Y, en segundo lugar, por el mismo hecho de ser mujeres. De ahí la importancia que han tenido las investigaciones que han visibilizado la memoria de aquel grupo amplio de exiliadas que hicieron historia y que fueron excluidas de la narrativa histórica hegemónica (Balló, 2016; Gómez-Blesa, 2019). Aquellas mujeres participaron, con su esfuerzo e ilusión, en el intento de construir un mundo mejor y lo hicieron ocupando puestos protagónicos de la política. Fueron intelectuales, políticas, maestras, artistas, deportistas, abogadas, científicas, bibliotecarias y periodistas. Su radio de acción tuvo un gran espectro, pero todo se truncó cuando, tras la sublevación franquista de 1936, dejaron de ser nombradas, quedaron silenciadas y condenadas a un exilio forzoso, doloroso y trágico. Muchas fueron represaliadas, otras se vieron desterradas, obligadas a dejar atrás lazos sentimentales y familiares. Vivieron, como suele decirse, con la mente en el país de origen y el cuerpo en el país de acogida.
A ese grupo de mujeres perteneció Zambrano y fue ese estar entre varios países y continentes, de forma itinerante, lo que marcó su existencia. Desde sus primeros momentos de exiliada, constata la diferencia de trato y de oportunidades que recibe por el hecho de ser mujer. Estuvo a punto de no poder embarcar para México al no estar incluida, desde el principio, en aquel exilio selectivo de intelectuales formados en la Universidad Central de Madrid que llegaría a ese país. Su condición de mujer fue un obstáculo y gracias a su amiga la pintora Maruja Mallo quien, a través de Alfonso Reyes Ochoa, intercedió por ella ante el secretario de la Casa de España en México, Daniel Cosío Villegas, que fue quien definitivamente cursó la invitación para que formara parte de aquel grupo de intelectuales fieles a la República que llegarían al puerto de Veracruz el 24 de marzo de 1939. A María Zambrano quienes primero le tendieron la mano fueron sus amigas. Es cierto que, en los diversos tramos del exilio, contó con amistades masculinas que la apoyaron y la consideraron como la mujer de gran cultura y talento intelectual que era, pero fue, sobre todo, un grupo reducido de amigas las que le auxiliaron mientras iba afianzando su presencia en la esfera pública como profesora en la Universidad de San Nicolás de Hidalgo de Morelia, en la Universidad y el Instituto de Altos Estudios e Investigaciones de la Habana o en la Universidad de San Juan en Puerto Rico.
Por eso mismo, quiero detenerme en aquellas amistades femeninas que fueron relevantes en su periplo de exiliada y que le ayudaron a tener presencia en el espacio público durante su estancia en América y Europa. A tal efecto, he querido agruparlas en tres categorías. La primera corresponde a las amigas españolas que conservó de la Universidad de Madrid y del Lyceum Club Femenino fundado por María de Maeztu en 1926, entre las que se encuentran Maruja Mallo, Concha Méndez y Rosa Chacel. La segunda, se refiere a las de su etapa en América, entre las que están Josefina Tarafa, Reyna Rivas, Inés Mendoza y Victoria Ocampo. Finalmente, la tercera agrupa a las de su regreso a Europa, sobre todo de su estancia en Roma, como fueron Elena Croce, Vittoria Guerrini (Cristina Campo) y Marguerite Gilbert, conocida como princesa Caetani. Desde luego, contó con más amistades femeninas, entre las que están Concha Albornoz, Soledad Martínez, Isabel Verdejo, Angela Selke, Lydia Cabrera, Águeda Pizarro o Laurette Sèjournè, pero mi intención es centrarme en las que he calificado de decisivas por ayudarle a resistir el exilio anímica y económicamente. Esa red de amigas es un fiel reflejo de la solidaridad femenina que encontró y que fue imprescindible para sobrevivir en el contexto de discriminación de género imperante. No constituyeron un entramado conectado entre sí, ni un conjunto organizado, pero fueron el soporte que le salvó en los momentos más complicados del exilio.
La estancia en México, Cuba y Puerto Rico
Del primer grupo, la intercesión de Maruja Mallo constituye un ejemplo de sororidad entre mujeres. Esa hermandad, donde se ayudan unas a otras, para cuidar de sí mismas y, a la vez, potenciar cambios sociales que mejoren el mundo, puede rastrearse en las amigas que fueron determinantes en su itinerario vital e intelectual. Gracias a Maruja Mallo, llegó a México con la aureola de ser una intelectual brillante y competente, formada en la universidad española por su maestro José Ortega y Gasset. De Ciudad de México, se trasladó a Morelia, donde comenzó a trabajar como docente e impartió cursos y conferencias en la Universidad de San Nicolás de Hidalgo. Allí, tuvo tiempo para redactar dos libros Pensamiento y poesía en la vida española y Filosofía y Poesía, amboscon ilustraciones de su amigo el pintor Ramón Gaya.A su estancia en Morelia, María le debe gratitud y así lo deja escrito en su discurso del Premio Cervantes, pero no debió de serle fácil, eran muchas las horas lectivas que tenía que cumplir y vivió con apuro su dedicación a los dos libros que escribió en ese año dramático de 1939. No es de extrañar que su estado de ánimo no fuera el mejor, agravado por el machismo imperante y por el hecho de vivir aislada de toda vida social (Durante, 2018: 262).
Por su parte, Concha Méndez fue su amiga de confidencias íntimas, a la que le unía un gran afecto. Ella fue quien, junto a su marido Manuel Altolaguire, le ayudó a publicar sus textos en la Habana, en la imprenta «La Verónica», en 1940, siendo una de las primeras puertas que encontró abierta. En cuanto a Rosa Chacel, se conservan sus cartas publicadas donde le cuenta, entre otros detalles, que se va alejando cada vez más de la razón histórica de Ortega o que ha encontrado la oportunidad de publicar varios ensayos en la revista literaria Boteghe Oscure. Una referencia nada menor porque, como se sabe, gracias a los artículos que iba publicando en esta revista y otras como Sur, Ínsula, Semana, Índice…, María Zambrano pudo hacer frente a las dificultades económicas por las que pasaba. Así se lo refiere en su relación epistolar donde, a la vez que da testimonio de su precaria situación personal, refleja el ambiente cultural e intelectual de la época. De hecho, de los ensayos, reseñas y artículos que publicaba y de las conferencias que impartía, extraía los medios para subsistir y, aun así, su situación fue en ocasiones de mucha penuria.
En el segundo grupo se encuentran las mujeres que le ayudaron económicamente durante su estancia en América, como Josefina Tarafa, amiga cubana que ejerció de mecenas y que pagó el viaje con el que llegaron, María y su hermana Araceli, por primera vez a Roma desde La Habana. También su amiga la poeta venezolana Reyna Rivas, de la que se conserva publicada su correspondencia con la filósofa, intercedió por ella ante la Fundación Fina Gómez para que pudiera obtener una beca con la que pudo escribir Claros del Bosque. En Puerto Rico contó con la amistad profunda de Inés María Mendoza, pedagoga, maestra y primera dama del país, entre 1949 y 1964, que centró su interés en la infancia y la naturaleza y fundó el Instituto de Cultura Puertorriqueña (Cuesta, 2020-21: 41). Fue en esta isla, cuando se reencontró con la esperanza de un mundo nuevo donde vivir en paz y en armonía, tal como lo dejó escrito en Isla de Puerto Rico. Nostalgia y esperanza de un mundo mejor (1940). De esta época, sobresale la experiencia sublime de la naturaleza que le conmovió al modo como le sucedería más tarde en La Pièce. Sin duda, Inés Mendoza, le dejó una huella inolvidable y, tanto en los años en los que residió en la isla como viviendo fuera de ella, la filósofa siguió colaborando en las revistas de Instrucción Pública Escuela y Semana. Junto a estas tres amigas no podía faltar la escritora y mecenas argentina, Victoria Ocampo, fundadora de la revista cultural Sur donde la escritora veleña publicó varios artículos.
Roma y su amistad con Elena Croce y Vittoria Guerrini
En el tercer grupo, a su regreso a Europa y en su estancia en Roma, destaca su amistad con Elena Croce, hija del filósofo Benedetto Croce. Ambas se conocieron en casa del también exiliado Diego de Mesa. De aquel primer encuentro, surgió entre ellas una unión profunda, correspondida mutuamente, de la que da cuenta la relación epistolar que mantienen durante décadas. María Zambrano siempre le estuvo agradecida por la ayuda que les prestó a ella y a su hermana y a otros exiliados españoles. De hecho, Elena Croce creó un «Comité de ayuda para los intelectuales en el exilio» y se dedicó a este fin haciendo todo lo posible, incluso «echando el alma por la boca» (Roig/Zambrano, 2017: 71). Tal fue su dedicación y empeño. También en Roma, ciudad que consideraba su centro y su lugar natural, contó con el apoyo de Marguerite Gilbert Caetani, llamada princesa Caetani por su matrimonio con Roberto Caetani, compositor y príncipe de Bassano. Ella impulsó la revista cultural, Botteghe Oscure, traducida a varios idiomas, que fue todo un referente literario de la época y que se publicó de 1948 a 1959. Fue el poeta René Char quien las presentó y la filósofa estuvo siempre dispuesta a colaborar con ella, a pesar de la tardanza en recibir los estipendios por sus escritos, algo que le resultaba acuciante dada su precariedad económica.
Otra de sus amigas italianas fue la poeta Vittoria Guerrini, conocida con el pseudónimo de Cristina Campo. Se conocieron a través de Elena Croce y, desde el principio, se estableció entre ellas una amistad que perduró toda la vida. Compartieron juntas la misma espiritualidad cristiana, el gusto por la liturgia y un interés común por la obra de Simone Weil. Ese esteticismo litúrgico no era compartido por Elena Croce pero igualmente se apreciaron las tres y siguieron sintiéndose amigas. La poeta mantuvo el contacto con la filósofa una vez que ésta tuvo que dejar Roma y, a pesar de la distancia física que les separaba, estuvo atenta a cuánto podría agradarle. Al respecto, pueden retomarse las palabras de María en una carta fechada en 1965 y que envía a Elena Croce desde La Pièce donde le dice «Acabo de leer en Elsinore – que creo que sea Vittoria quien me lo ha enviado, ya que ellos para nada se acuerdan de mí – tu hermoso retrato de Fausto Nicolini» (Croce/Zambrano, 2019: 66). Se refiere a la revista mensual de poesía y literatura que dirigieron Giuseppe Barilli, Luigi Piredda y Gaspare Barbiellini Amidei, que se publicó de 1963 a 1966 y en la que colaboraron escritores, poetas, cineastas e intelectuales de la época.
Sus palabras revelan el estado de ánimo que le acompañó durante toda su vida. El olvido y la falta de reconocimiento que le llegaría tarde y a edad avanzada. Su sino fue quedar en los márgenes de la historia, al igual que otras muchas mujeres de talento. Una situación que aún hoy resulta evidente en Puerto Rico, país en el que su presencia como conferenciante fue solicitada en la Universidad, el Ateneo o el Instituto Blanche Kellog y donde contó con la amistad de la primera dama, Inés de Mendoza. Al contrario de lo sucedido con la consideración y el recuerdo que allí se mantiene del compositor Pau Casals y del poeta Juan Ramón Jiménez, también exiliados, en la actualidad no es relevante en la memoria colectiva de la isla. A pesar de haber formado parte del proyecto humanizador criollo, no existe huella palpable. Como bien se pregunta Iliaris Avilés Ortiz «¿Habrá un sesgo de género? ¿Será que el tiempo borró su recuerdo de los espacios que brevemente habitó? ¿Será que su figura no fue tan mediática? ¿Será que había otras cosas detrás?» (Avilés Ortiz, 2020-2021: 179)
Desaparición y regreso al espacio público
Son preguntas retóricas que llevan en sí mismas su afirmación. Es indudable que persiste un sesgo de género cuando el relato historiográfico se ha construido siempre sin mujeres. Y así ha sido hasta que los estudios universitarios de género de los años setenta del siglo pasado comenzaron a rehabilitar y visibilizar las aportaciones de las mujeres en las artes, la ciencia, el pensamiento y la cultura. Hoy el ocultamiento y la desvalorización de la obra de autoría femenina se combate y recibe el nombre de criptoginia (Pozo/Padilla, 2021). Es manifiesto que la invisibilidad alcanzó a muchas mujeres de talento, entre ellas a la pensadora veleña que durante muchos años quedó a la sombra de su maestro. Por fortuna, hoy el sesgo cognitivo masculino ha empezado a resquebrajarse y se plantean cuestiones referidas no solo a la escala de la exclusión, sino también al porqué unos están y otras no.
En el caso de María Zambrano, su desaparición del espacio público comienza cuando en 1964 se vio obligada a abandonar Roma y se instala, junto a su hermana Araceli y su primo Mariano Tomero, en una vieja casa de campo, casi una choza en medio del bosque, situada en La Pièce, esa aldea del Jura, en la que encontró inspiración para escribir Claros del bosque. Esta etapa, en la que vivió recluida, aislada, en situación de gran precariedad, forma parte del “exilio profundo” que padeció y que hay que dejar de “romantizar” (Mascarell-Dauder, 2025). De La Pièce, agravada su salud y fallecida su hermana, pasa a residir en Ferney-Voltaire y, poco más tarde, en 1980 a un pequeño apartamento en Ginebra en la Avenue de Sécheron donde recibe visitas de sus amistades y vuelve a ser noticia al concedérsele el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 1981. Pero no será hasta 1984, gracias al apoyo recibido de Jesús Moreno y del Ministerio de Cultura, cuando ponga de nuevo los pies en España, su tierra de origen, que tuvo que dejar, pero de la que nunca se marchó.
Cuatro años después, en 1988, se le concedió el Premio Cervantes siendo la primera mujer en recibirlo. Este galardón le llegó, indudablemente, gracias a sus valiosísimas aportaciones a la filosofía y letras españolas y, en parte también, gracias a la divulgación de su obra que, desde su llegada a Madrid, impulsó Rogelio Blanco y que despertó gran interés académico y mediático. Acompañada en sus últimos años por Rosa Mascarell Dauder, secretaria y documentalista de la filósofa, revisan juntas sus libros, escritos, notas a pie de página y pertenencias varias, hasta conformar el legado que desde 1991, año de su fallecimiento, custodia la Fundación María Zambrano de Vélez-Málaga, su ciudad natal. Hoy en día, su obra acapara la atención del debate político y filosófico. Obras como Persona y Democracia, El sueño creador, La tumba de Antígona, La confesión, De la aurora o La Agonía de Europa son consultadas y examinadas con interés. Podría decirse, como corolario, que tras una vida errante en la que, como ella misma afirmaba todo se «enlaberinta», el pensamiento y la palabra de María Zambrano ha logrado salir fuera, resonar en el espacio público y servir de referente.

Amparo Zacarés Pamblanco
Doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación, escritora y crítica de arte. Forma parte del grupo internacional de estudios sobre Vico con sede en la Universidad de Sevilla (US). Ha ejercido como docente de Estética y Teoría de las Artes en la Universitat de València y en la Universitat Jaume I de Castellón de la Plana. En la actualidad preside la Asociación Clásicas y Modernas.
Bibliografía
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- Balló, Tania (2016). Las sinsombrero, Espasa
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- Croce, Elena/ María Zambrano (2019), Hasta pronto, pues, y hasta siempre. Cartas, 1955-1990, Elena Laurenzi (Ed.) Pre-Textos
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