Poder político y diálogo ciudadano. A propósito de Hannah Arendt


1. La filosofía política de Hannah Arendt: un marco teórico para los movimientos sociales. El caso del feminismo.

Debido a sus experiencias personales, derivadas de su condición judía ante el alzamiento del nazismo, la filósofa Hannah Arendt no dio prioridad en sus obras al movimiento feminista para centrarse en dar respuesta al novedoso fenómeno del totalitarismo. En la obra de Arendt no encontramos más que unas cuantas líneas en torno al movimiento feminista y las pocas líneas en las que la pensadora menciona al feminismo no lo hace para posicionarse a su favor, sino más bien, lo contrario. Un ejemplo lo encontramos en la entrevista que Günter Gaus le realizó el 28 de octubre de 1964 para la serie Zur person de la televisión alemana ZDF. Al preguntarle Gaus su opinión sobre la emancipación de las mujeres, Arendt respondió:

En realidad, yo he sido bastante anticuada. Siempre he pensado que ciertas ocupaciones no son apropiadas para las mujeres, que no les van, si puedo expresarlo así. Por ejemplo, que una mujer dé órdenes no está bien visto, y no debería adoptar ese perfil si pretende ser femenina. Aunque no sé si tengo razón, he vivido de acuerdo con este criterio de manera más o menos inconsciente —o, mejor dicho, más o menos consciente—. (Arendt, 2016, p. 12)

Aunque ciertamente Arendt no parece estar implicada ni preocupada por el movimiento feminista, el marco teórico desde el que concibe y caracteriza el espacio político va permitir que los movimientos sociales, entre ellos el feminista, sean considerados acciones políticas de primer orden, pues, como veremos, son la savia de la que emana el poder y dan vida a lo político.

2. Los orígenes del totalitarismo y la ausencia de mundo

Debido a las persecuciones y al programa de extermino que el totalitarismo nazi preparó para millones de personas judías, Arendt se vio forzada a huir de Alemania a Francia. En 1937 el gobierno francés le retiró el pasaporte alemán, y en 1940 es deportada al campo de internamiento de Gurs, a unos treinta kilómetros de la frontera española, del que, afortunadamente, cinco semanas más tarde logró escapar. Atravesó España bajo la condición de apátrida, y llegó a Lisboa en 1941 para poner rumbo a Estados Unidos. En 1951 Arendt consigue la nacionalidad americana.

La persecución, el internamiento en el campo de Gurs, la noticia que confirmaba la existencia de los campos de exterminio y su condición de apátrida (de persona que no pertenece a ningún lugar, de alguien, como dijo la propia pensadora, sin derecho a tener derechos, condenada a la invisibilidad y al silencio) fueron, con seguridad, el motor que llevó a Arendt a poner todos sus esfuerzos en comprender los orígenes del totalitarismo para desde ahí construir ciertas bases teórico-prácticas que impidiesen que esta experiencia volviese a repetirse. Estas bases son el marco teórico que atraviesa su obra.

Ante la pregunta por los orígenes del totalitarismo, una de las conclusiones principales a las que Arendt llegó fue que el totalitarismo encuentra su caldo de cultivo perfecto en el fenómeno de la desaparición del mundo. La desaparición del mundo en la obra de Arendt significa “el declive de todo entre humano, también se puede describir como la propagación del desierto” (Arendt, 2006, p. 99).

El término mundo tiene en la obra de Arendt un significado equívoco, pues encontramos cinco definiciones diferentes de este término. Unificando todas estas definiciones podemos afirmar que el mundo es para la autora un espacio artificial construido por los seres humanos (de ahí que lo considere como un espacio que se sitúa entre nosotros) a partir de dos actividades, el trabajo y la acción. Mientras que el trabajo crea un mundo material de objetos sólidos y estables, la acción permite construir el espacio político. El mundo como espacio político, es la definición más importante de lo que es el mundo para la autora. Mundo y espacio político son sinónimos dentro de su marco teórico.

Cuando el espacio político se apaga, se origina el desierto que deja «tras sí una sociedad de hombres que, sin un mundo común que al mismo tiempo los separe y los relacione, viven o en una desesperada y solitaria separación o están comprimidos unos contra otros en una masa” (Arendt, 1995, p. 73). La aparición de las masas modernas, personas que viven aisladas, unas al lado de otras, pero sin vínculos ni compromisos entre sí, es lo que genera la amundanidad y con ello, la posibilidad de que las dictaduras y los totalitarismos se alcen. Esta tesis llevó a Arendt a poner todos sus esfuerzos en revitalizar la existencia del mundo (de los vínculos, relaciones y compromisos entre los seres humanos) para, así, impedir que el gobierno totalitario vuelva a alzarse.

3. Las actividades humanas y el mundo

Arendt señala en su obra La condición humana (1958) tres actividades fundamentales que nos permiten adaptarnos a la naturaleza y habitar bajo la condición humana: la labor, el trabajo y la acción.

La labor es caracterizada por Arendt como la actividad que nos permite satisfacer las necesidades biológicas humanas como comer, beber, reproducirnos, dormir… La labor es una actividad que debemos hacer diariamente porque su producto es perecedero. Además, no es una actividad específicamente humana, pues también el resto de seres vivos actúan para atender sus necesidades biológicas. Esta actividad nos ayuda a adaptarnos al mundo natural, como cualquier otro ser vivo, pero el mundo natural (la Tierra) no es para Arendt el mundo y de hecho el mundo natural será considerado por ella como un no mundo, pues en él solo se puede actualizar nuestra condición animal, pero no la condición humana. Por tanto, la labor será considerada como una actividad anclada al no mundo y por ello, ocupará el último lugar en la jerarquía que Arendt establece entre las actividades humanas.

Tras la labor, la autora sitúa el trabajo y lo caracteriza como una de las actividades humanas capaz de crear mundo, un mundo material estable a partir de los objetos que produce. Un ejemplo de estos objetos son nuestras casas, ordenadores, lápices, coches, zapatos o códigos legales. A diferencia de los animales, los humanos creamos este mundo material de cosas y en él desarrollamos nuestra vida como seres específicamente humanos. Ahora bien, aunque esta actividad tiene importancia en el pensamiento de Arendt, la actividad humana por excelencia, la que es capaz de crear el mundo en su sentido más elevado, es la acción. Sobre los objetos de la fabricación, la acción tiene la capacidad de crear un mundo inmaterial, que Arendt identifica como el espacio político. Este espacio es entendido por la autora como la máxima expresión de la condición humana. Sin embargo, es un espacio muy frágil, ya que se construye a partir de la palabra.

4. La acción humana: diálogo ciudadano y poder político

La acción, praxis, es la actividad humana por excelencia y esta se vincula en el pensamiento de Arendt a lexis, a palabra, a lenguaje, pero no a una palabra solipsista o individualista (el monólogo no tiene capacidad de crear mundo) porque “los hombres aislados carecen de poder” (Arendt, 1998, p. 379). La palabra capaz de crear el mundo, o digamos el espacio político, es la palabra que dialoga, se vincula y se compromete con otras palabras. En este sentido, “el debate constituye la esencia misma de la vida política” (Arendt, 2017, p. 40), porque el espacio de los asuntos humanos, el espacio político, debe su origen “de manera exclusiva a que los hombres actúan y hablan unos para otros” (Arendt, 2005, p. 211). Allí donde las personas se juntan para dialogar, discutir y deliberar concertadamente surge el poder político. Ahora bien, para que surja el espacio político se necesitan dos condiciones: una, la pluralidad y la otra, la publicidad.

Por publicidad Arendt comprende un espacio que compartimos con los demás en el que cosas y personas, sobre todo las personas, se muestran. El espacio público es un espacio de visibilidad que permite que las personas perciban y sean percibidas por los otros. Por pluralidad, Arendt entiende un espacio en que toda persona se muestra desde su diferencia radical, desde su singularidad, permitiendo así que todo ser humano tenga cabida en el espacio político. Si vinculamos ambas condiciones con el espacio político y la palabra, lo que obtenemos es la afirmación del espacio político como un espacio de debate público y plural.

Por otro lado, es necesario señalar que, el espacio político es el lugar de donde emana el poder, y en él no tiene cabida la violencia. De hecho, para Arendt, frente al poder de la palabra, “la pura violencia es muda” (Arendt, 2005, p. 53) y, en este sentido, “el poder y la violencia son opuestos; donde uno domina absolutamente falta el otro” (Arendt, 2005, p.77). Por tanto, en la terminología arendtiana, lo contrario a la violencia no es la no violencia, sino la palabra.

El poder nace del espacio político que se construye a partir del diálogo, el debate y la deliberación de la ciudadanía. El mundo, el espacio político, es por ello un espacio relacional que depende de nosotros para existir, pero que a la vez es lo que asegura que habitemos bajo la condición humana.

Así entendido el espacio político, siempre que se articule el diálogo público y plural estaremos dando vida a lo político y en este sentido, los espacios políticos son espacios móviles y cualquiera podría resignificarse como político. Lo vemos en palabras de Arendt haciendo mención de la polis ateniense:

La polis, propiamente hablando, no es la ciudad-estado en su situación física; es la organización de la gente tal como surge de actuar y hablar juntos, y su verdadero espacio se extiende entre las personas que viven juntas para este propósito, sin importar dónde estén. (Arendt, 2005, p. 225).

Espacios políticos son el ágora ateniense, los consejos de la Revolución Húngara y la Revolución Americana, ejemplos a los que Arendt recurre de forma constante en su obra, pero también espacios políticos serían las calles y universidades de París en el mayo del 68 o la Puerta del Sol de Madrid durante el desarrollo del movimiento 15M, entre otros.

Esta forma de entender el espacio político como un espacio móvil hace posible, por un lado, que toda persona tenga acceso a lo político, y segundo, que en cualquier momento surja lo político en un espacio inesperado.

Vincular el poder con el debate público de la ciudadanía plural, es la apuesta de Arendt por formas políticas activas y participativas. El poder de la palabra ciudadana es el poder previo que fundamenta y legitima toda forma de gobierno representativa, así como las leyes e instituciones de un pueblo.

Ahora bien, que el poder y lo político dependan exclusivamente del acto de dialogar hace que el espacio político sea muy frágil y efímero porque se convierte en un acto excepcional que en pocos momentos de la historia ha brillado. Por tanto, los acuerdos, deliberaciones, debates y discursos articulados por la ciudadanía necesitan posteriormente solidificarse y perpetuarse en códigos legales, Constituciones e instituciones para poder perdurar. Nos encontramos así ante dos polos de lo político: un polo inmaterial del que emana el poder y funciona como instancia legitimadora, y otro material que consolida los acuerdos alcanzados en el mundo inmaterial del diálogo. Esta tensión entre el mundo material de leyes, códigos e instituciones y el mundo inmaterial de la palabra es algo que tanto los griegos como los romanos comprendieron y estos dos polos de lo político se muestran completamente en la sentencia de Cicerón que reza “cum potestas in populo auctoritas in senatu sit” (Arendt, 1996, p. 134).

Lo que vemos aquí es que existen dos momentos vinculados, el de la acción y el de la consolidación de lo producido por la acción, ambos necesarios. Sin embargo, entre estos dos momentos, Arendt aboga en su obra por el primero, por el diálogo y la acción, porque, por un lado, considera que la tradición política occidental lo ha relegado a un segundo plano y, por otro lado, porque la acción permite a la ciudadanía iniciar algo nuevo, algo que puede “poner fronteras al espacio estatal del gobierno” (Arendt, 2017, p. 90), algo legitimador del gobierno representativo, las Constituciones, leyes e instituciones, y también, y de forma esencial, algo que hace posible la intervención y, llegado el caso, la transformación del acontecer histórico.

Que la ciudadanía actúe nos permite andar hacia nuevos horizontes en los que se denuncien las dominaciones, injusticias y desigualdades a fin de construir mundos mejores para todo ser humano.

5. Consideraciones finales: motivar los movimientos sociales por un mundo mejor.

La forma en la que Arendt contextualiza el espacio político funciona como marco teórico que motiva y legitima la actuación de los agentes y movimientos sociales.

En la actualidad que estamos viviendo sigue siendo necesario promover una política activa, asociativa, comprometida que permita cuestionar, participar y orientar el devenir histórico hacia un mundo menos desigual, más justo y pacífico. Por este motivo, afirmábamos al inicio de este texto que, aunque Arendt nunca se consideró feminista ni pensó en este movimiento en sus obras, su forma de comprender el espacio político supone la legitimación y el fundamento de las acciones emprendidas por el movimiento feminista. Encarnación fáctica del marco teórico establecido por Arendt son las asociaciones feministas, sindicatos, redes, espacios de tertulia y debate, las marchas contra la desigualdad, las manifestaciones contra toda forma de violencia contra las mujeres, los estudios de género, los seminarios, congresos, la creación de revistas (como la que estás leyendo) o las huelgas feministas. La acción llevada a cabo desde el feminismo se ha consolidado a la par que ha hecho posible la transformación de nuestra sociedad, nuestros códigos legales y las instituciones.

No podemos olvidar que el poder, tal como plantea Arendt, emana del diálogo y los vínculos ciudadanos y por ello, aún tenemos mucho que decir y aportar en el gobierno de nuestros países y más ante un mundo en el que siguen teniendo cabida las guerras (como la de Ucrania o la de Yemen), los genocidios (como el del pueblo palestino), los discursos de odio (que campan a sus anchas por las redes sociales y los medios de comunicación enfrentando a la ciudadanía y generando una terrible y peligrosa polarización social, como está sucediendo en España), o el alzamiento de partidos extremistas que vulneran los derechos humanos (siendo ejemplo de ello los avances de la extrema derecha también en Europa). Ante la actualidad es importante tener presente que el poder emana de la palabra ciudadana y que esta es capaz de cambiar el rumbo de la historia.

6. Referencias bibliográficas

Arendt, H. (1995). De la historia a la acción, Paidós.
Arendt, H.(1996). Entre el pasado y el futuro, Península.
Arendt, H. (1998). Los orígenes del totalitarismo, Taurus.
Arendt, H. (2005). Sobre la violencia. Alianza Editorial.
Arendt, H. (2005). La condición humana. Paidós.
Arendt, H. (2005). De la historia a la acción. Paidós.
Arendt, H. (2006). Del desierto y los oasis, Revista de Occidente, 305, 99-102.
Arendt, H. (2016). La última entrevista y otras conversaciones. Página Indómita.
Arendt, H. (2017). Verdad y mentira en política, Página Indómita.


Laura Linares Abadía

Laura Linares Abadía
Doctora en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Es vocal de la Asociación de ética y Filosofía Política, miembro de la Asociación Clásicas y modernas, y de la Sociedad Aragonesa de Filosofía. Ha realizado diversas conferencias en Congresos nacionales e internacionales de filosofía. Es autora de varios artículos publicados en revistas especializadas de filosofía y también en prensa; Es coautora de la última edición del libro de Historia de la Filosofía de 2º de bachillerato de la editorial McGraw Hill. Desde 2013 lleva a cabo un proyecto de arte y filosofía con el pintor Juan Casbas; su último trabajo, expuesto en julio de 2023, se titula Imágenes de un mundo. Actualmente trabaja como profesora de Educación secundaria y Bachillerato.