¿Sigue siendo el espacio público un coto vedado para las mujeres?

Introducción

El acceso al espacio público en plano de igualdad con los varones es algo que ha ocupado gran parte de las reflexiones, quejas, vindicaciones y reivindicaciones de las mujeres durante siglos, me atrevería a decir que en todas las culturas. En otros trabajos me he ocupado de señalar la importancia de la querelle des femmes en los orígenes de la Modernidad en la vindicación que hicieron las primeras feministas avant la lettre, que defendieron la igualdad con los varones y sus derechos en el acceso a la educación, a la ciudadanía y a los ámbitos sociopolíticos que les estaban vedados; como Celia Amorós subrayaba, será a partir de la constitución de las plataformas conceptuales de abstracciones universalizadoras desde las que las pensadoras comenzaran a articular su inclusión en plano equipolente de igualdad en el mundo de “lo humano” como ciudadanas sujetos de derechos, promoviendo además que surja ese “nosotras” que hará eclosionar el feminismo como un producto genuinamente moderno (De Miguel y Roldán: 2020, 50-51). En algunos de esos escritos anteriores me referí a la exclusión de las mujeres del ámbito público, haciendo hincapié en la invisibilización de las mismas en los cánones oficiales de las diversas disciplinas del saber sin excepción y valorando en qué medida las historias complementarias paralelas de recuperación de mujeres -que en general quedan relegadas a un gueto en el que solo nos leemos, y en el mejor de los caso nos citamos, entre nosotras- han contribuido a la presencia real de las mujeres en las historias oficiales de las disciplinas y en la difusión de los medios de comunicación, en las que sigue costando meter con calzador a las mujeres especialistas.

En el presente trabajo1 quisiera acometer también la exclusión de las mujeres de la esfera pública, pero centrándome en la preterización que las mujeres siguen sufriendo en la Academia. Para ello, comenzaré analizando el marco general de las causas de la exclusión en la pervivencia de los prejuicios patriarcales, para en un segundo apartado contrastar con datos el difícil acceso de las mujeres en plano de igualdad con los varones a esa parte del espacio público que son las instituciones académicas, las universidades y las agencias de investigación y evaluación. A modo de conclusión, presento la situación actual de parón, e incluso de retroceso en la que nos encontramos, a pesar de las medidas que se siguen implementando a nivel institucional, intentando buscar las raíces de las mismas y una esperanza de futuro.

Tradicional exclusión de las mujeres de la esfera pública: la sombra alargada del patriarcado a pesar de los avances feministas


Para poder entender el lento y restringido acceso de las mujeres -en plano de igualdad real con los varones- a su visibilización social y al desempeño de tareas en la vida pública, hemos de remontarnos a las “causas” de la exclusión inicial de estas “por razones naturales”, esto es, por su constitución biológica que la hace capaz de engendrar y gestar hijos, así como amamantarlos. Me gusta hablar de “causas” -así entrecomillado, pues no se puede hablar en realidad de tal concepto filosófico en este contexto para explicar los catastróficos “efectos” del fundamento de la exclusión de las mujeres que en realidad hay que buscarlo en una falacia, la “falacia naturalista” que concluye la inferioridad femenina a partir de su diferencia biológica con el varón y que no es otro que el prejuicio patriarcal que desde tiempos inmemoriales consideraba a los varones superiores a las mujeres, bien por las interpretaciones bíblicas que hacían proceder a Eva de una costilla de Adán, bien por la aparente debilidad física de las mujeres y las diferencias biológicas que las hacían susceptibles de engendrar y amamantar a la prole. La exclusión de las mujeres de la esfera pública(Romero: 2008) como corolario de su infravaloración e incluso negación de su estatus de ser humano en algunos textos que alimentaron las contradicciones de la Ilustración2, no se basan en ninguna reflexión racional ni tienen explicación alguna más allá del trasfondo del prejuicio patriarcal mencionado.3 Y es en esa inferioridad, construida desde tiempos ancestrales, donde radica la relegación de las mujeres en todas las culturas a la realización de las tareas domésticas y de cuidado de la prole -y “ya de paso” al cuidado de los ancianos y dependientes. Solo se salvaban para una cierta consideración en la esfera pública las excepciones por rango (reinas, princesas) o a aquellas mujeres que ostentaban una  “monstruosa” capacidad que las hacía aproximarse a la superioridad masculina, monstruosa porque era contra natura, al tratarse en realidad de “espíritus masculinos en cuerpos femeninos” o, tal y como lo expresara Kant en sus Observaciones sobre lo bello y lo sublime: “a una mujer con la cabeza llena de griego, como la señora Dacier, o que sostiene sobre mecánica discusiones fundamentales, como la marquesa de Châtelet, parece que no le hace falta más que una buena barba” (Kant: AA II, 229; cf. Roldán: 2013, 285-203).  Frente a las grandes “revoluciones científicas” en campos como la física o la astronomía, la biología y la medicina continuaron ancladas en los orígenes de la Modernidad (Pérez Sedeño et alia: 2001), y hasta bien avanzado el siglo XX, a las teorías tradicionales, de herencia aristotélica, que reforzaban la construcción de lo femenino como inferior (Femenías: 1996). Más que investigar sirviéndose de los nuevos medios tecnológicos, las teorías científicas dominantes se encargaban de presentar justificaciones ad hoc del orden establecido, el cual -subrayando las diferencias biológicas del sexo femenino- reducía a la mujer a las tareas domésticas en el ámbito privado, oficiando como máquina reproductora y propiciando que el varón se dedicase a tareas públicas más elevadas o sublimes, una diferencia antropológica fundamental que tematizaron autores como Rousseau o Kant al considerar a las mujeres durante toda su vida como “niños grandes” necesitados de un tutor varón, sin posibilidad de poseer una autonomía ética real, ni tener acceso a una ciudadanía activa y, en general, cualquier presencia en la vida pública emancipadas de sus curatores  (Roldán: 1995, 2008 y 2013). 

En realidad, como pusieron de manifiesto las denominadas “filosofías de la sospecha” de inspiración Foucaultiana, la misma adquisición del saber científico por cauces “oficiales” les estaba vedada a las mujeres; en primer lugar, porque no podían obtenerlo en las instituciones “públicas” que se impartían (colegios o universidades) y, en segundo lugar, porque si “robaban” el saber en las clases impartidas a sus hermanos por preceptores privados, como fue el caso de Anna Maria van Schurman (Roldán: 1997)4, no hubieran podido emplearlo nunca para el desempeño de una profesión en la vida pública, tal y como argumentaban algunos autores de los orígenes de la Modernidad a pesar de ser “defensores de las mujeres” -como era el caso de Jakob Thomasius (Roldán: 2008ª)5; ni desde luego conseguir una ciudadanía activa (Roldán: 1995, 2013) ni tener la mínima representación política en el gobierno de los estados ni, en ultima instancia, poder alguno que no les viniera por su alcurnia (reinas o princesas). Con otras palabras, aunque no llevemos hasta sus últimas consecuencias el pensamiento de la sospecha, la experiencia y la historia nos han enseñado que existe una relación tal entre poder y conocimiento que hasta a la ciencia ha hecho perder su pretendida “objetividad”. En este sentido, me parece muy fino el análisis que hace Cristina Guirao en su libro de esa raíz foucaultiana de la transgresión femenina; de esta manera, las mujeres aprenden a zafarse del introyectado control vigilante del poder masculino para acceder al espacio público liberadas del lastre peyorativo que los varones conferían a la denominación de “mujeres públicas” (prostitutas) frente a la presencia excelsa y dominante que ellos mismos se adjudicaban en el mismo espacio público (Guirao: 2024).

Las contradicciones de la Ilustración mostraron hace casi tres siglos que los varones estaban asentados en su cota de poder y no querían arriesgarse a perder ni un ápice concediendo al género femenino acceso a las tareas públicas o participación política, ni mucho menos ese escalón previo que es el estudio de las ciencias, de las que durante siglos fuera fundamento la filosofía como la primera de ellas. En general, y salvo algunos pocos “defensores de las mujeres” -como Poullain de la Barre, el barón de Condorcet o John
Stuart Mill- los varones hicieron oídos sordos a la querelle des femmes que tuvo lugar en toda Europa y muchos países latinoamericanos (Bock&Zimmerman: 1997) y a las vindicaciones de igualdad de derechos de algunas pensadoras de los orígenes de la Modernidad, como Marie de Gournay, Olympe de Gouges o Mary Wollstonecraft.  Había intereses creados en consagrar la polaridad sexual y con esta la complementariedad de tareas, repartiendo los papeles de tal manera que sólo los varones ejercieran de protagonistas de la historia y la cultura; los filósofos se basaban en descripciones antropológicas de cómo eran las cosas, para sacar conclusiones sociopolíticas y defender que “debían seguir siendo así”. Como he mencionado más arriba, la justificación que hacen del orden establecido  Rousseau y Kant es paradigmática; pero no son los únicos, en la mayoría de los pensadores ilustrados, que enarbolaban la bandera de la emancipación, la autonomía y la universalidad para el género humano, encontramos una incoherencia fundamental: la exclusión de las mujeres (más de la mitad de esa humanidad) de la esfera ético-política y jurídica, así como del “elevado” mundo del conocimiento.  Y los desarrollos posteriores de las filosofías del idealismo y del romanticismo, incluso los avances del materialismo dialéctico y otras apuestas de la Modernidad, no hicieron sino prolongar también hasta nuestros días la convicción, en realidad patriarcal e irracional, sobre la incompetencia de las mujeres para acceder a determinados tipos de saberes, tanto abstractos como científicos, extrayendo de ello el corolario de su incapacidad para tomar decisiones ético-políticas autónomas y, por ende, que debían ser inhabilitadas para participar en los asuntos públicos u ocupar posiciones directivas o de poder. Durante todos estos siglos se fueron transmitiendo de generación en generación, a través de la educación familiar, escolar o social -primero de manera directa y luego de forma implícita o subliminal-, esos “fines de la naturaleza” o “designios divinos”, hasta nuestros días en los que, desgraciadamente, vemos cómo algunas ideologías ultra-conservadoras quieren volver a instaurarlos y difundirlos utilizando -eso sí- las redes sociales y los avanzados medios de Internet (Garzón & Roldán, 2024), transmitiendo además con ello una gran violencia contra las mujeres.

Sin duda que hemos asistido a lo largo de más de tres siglos a muchos logros feministas en lo que a la participación de las mujeres en la esfera pública se refiere. Pero los retrocesos a que estamos asistiendo -al menos en lo que al mundo occidental se refiere- ponen de manifiesto que esas conquistas se han construido sobre cimientos de arena y que, lejos de haberle ganado terreno al mar, en todos los países del mundo nos hallamos todavía inmersas -en mayor o menor medida- en dinámicas patriarcales y sexistas, que no podrán ser erradicadas si la sociedad en su conjunto no toma medidas contra las rémoras históricas que componen el humus de nuestras sociedades globalizadas, tanto en lo que respecta a la educación y la adquisición de conocimientos,  a la obtención de derechos cívicos y leyes específicas, o como en lo que se refiere a la participación de las mujeres en las actividades que dirigen la vida pública (cargos políticos, empresariales o académicos); esto es, lo que en algunos de mis escritos he caracterizado como el acceso de las mujeres a las esferas del “saber-tener-poder”. 

Con otras palabras, la consecución de una igualdad real por parte de las mujeres no es un capítulo cerrado. Desgraciadamente, esto no sólo se muestra en el papel secundario que las mujeres siguen teniendo en el mundo del saber, la ciencia, la política y la cultura, sino que esto sigue manifestándose en la violencia física y psicológica ejercida contra las mujeres, más aún entre aquellos que sostienen que no existe la “violencia de género”, mientras toleran o defienden la pornografía, la prostitución y hasta la trata de mujeres. Como ha puesto de manifiesto Miranda Fricke (2017), las injusticias sociales están fundamentadas en una injusticia epistémica previa que coloca ya las mujeres en situación de desventaja desde la misma casilla de salida o les coloca una especia de sambenito invisible, que toda mujer -lo quiera/sepa o no- lleva colgado al cuello y en el que puede leerse “ser inferior”. En nuestras sociedades capitalistas en las que todo se puede comprar o vender, la vuelta de la repartición social de los roles clásicos entre “hombres” y “mujeres” es cada vez más amenazante, como lo es la vuelta de las políticas neoconservadoras (Garzón Costumero y Roldán: 2024), un caldo de cultivo más que propicio para un patriarcado que vuelve con fuerzas renovadas, como ese Alien cinematográfico que aparece una y otra vez cuando ya lo creemos aniquilado, colándose viscoso y pregnante por todas las rejillas posibles y, lo que es aún peor, germinando de nuevo dentro de nosotras/os mismas/os, colonizándonos y destruyéndonos desde dentro.

En uno de mis últimos artículos me centré en la exclusión de las mujeres (Roldán, 2025) de las historias oficiales de la filosofía o canon filosófico y en la importancia de combatirla desde el fortalecimiento de una genealogía feminista que vaya más allá de las “historias complementarias de filósofas”. Quisiera ahora referirme en este trabajo a otra exclusión de las mujeres en el espacio público: la marginación y preterimiento que siguen sufriendo en el ámbito de la Academia, donde no termina de arraigar una verdadera igualdad y paridad, ni en el acceso a los conocimientos -tanto científicos “puros” como de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales, ni, sobre todo, en el desempeño de las profesiones públicas en que estos desembocan, así como en su presencia en los medios de comunicación y redes sociales. Como he podido comprobar durante cincuenta años de estudio e investigación (UCM, IFS-CSIC) y de práctica tanto en agencias de evaluación (ANECA, CNEAI u.a.) como en “comisiones de igualdad” institucionales (CMyC-CSIC) y en asociaciones o plataformas científicas feministas (AMIT, EUFEM, GENET), las medidas institucionales que se aplican para conseguir la igualdad en el ámbito académico resultan a todas luces insuficientes para alcanzar una igualdad o paridad reales, acaso porque -como decía en la primera parte, quod erat demonstrandum– nos enfrentamos a convicciones ancestrales sobre la inferioridad e incapacidad de las mujeres que subyacen a los reiterados intentos de implantar una verdadera igualdad por encima de los imperceptibles pero arraigados hilos de las “fratrías” que funcionan sin acuerdos ni palabras y al margen de ideologías, algo que resulta muy difícil de conseguir con la “sororidad” que algunas veces intentó compensar los fuertes vínculos de la fraternidad masculina (Roldán, 2023).

Las mujeres en la Academia española: necesidad de implementar las medidas de igualdad. El caso concreto del Consejo Superior de Investigaciones científicas (CSIC) 

Durante las últimas dos décadas se han registrado importantes avances en la igualdad de género en el Sistema I+D (Investigación y Desarrollo) en España, que sin duda han tenido que ver con la implementación de medidas legales y políticas a nivel gubernamental y académico, así como con la posibilidad de seguir dichos avances a través de análisis anuales o bianuales en distintos estudios e informes que se distribuyen de manera abierta y transparente:  Informe anual Mujeres y Ciencia (IMI, elaborado por la Comisión Mujeres y Ciencia del CSIC6; ya 24 ediciones), informe bianual Científicas en Cifras (elaborado por la Unidad Mujeres y Ciencia del Ministerio de Ciencia e Innovación -MICIU-, junto a la Agencia estatal de Investigación -AEI-; en 2025 ha presentado el último) o el informe bianual Mujeres e Innovación (elaborado por el Observatorio de Mujeres y Ciencia e Innovación -OMCI- del MICIU, junto a la Fundación española para la Ciencia y la Tecnología – FECYT).

Sin embargo, a pesar de los grandes avances experimentados, hay que señalar que aún se mantienen algunas desigualdades estructurales recurrentes como son las barreras en la estabilización profesional y en la promoción, la dificultad en la conciliación o la falta de referentes femeninos suficientes en posiciones de liderazgo y en el reconocimiento social, así como en la consecución de proyectos financiados para Investigadoras Principales mujeres (sobre todo en las empresas privadas). Esto indica que no puede bajarse la guardia en las políticas de gobierno que propician un avance hacia la Igualdad de Género en Ciencia e Innovación, y que hay que estrechar las relaciones y el compromiso por la igualdad de género entre las instituciones políticas de los estados y las instituciones académicas, organizaciones de investigación o agencias financiadoras responsables de políticas públicas, puesto que aún queda camino por recorrer para alcanzar la igualdad plena. 

Aunque si se comparan los datos veremos que no hay mucha diferencia entre la presencia pública de las mujeres en puestos de liderazgo y reconocimiento entre el CSIC y las Universidades (investigadoras principales en proyectos de investigación, dirección de institutos, facultades o departamentos, conferencias magistrales invitadas,  premios, etc.), así como en la obtención de acreditaciones y plazas fijas de titulares (sobre todo en su máxima escala, esto es las cátedras universitarias, equivalentes a los puestos de profesores de investigación -PI-en el CSIC), voy a referirme a continuación en concreto a los datos estudiados en el CSIC. 7

En el CSIC, si bien la distribución global es paritaria, se observa una disminución progresiva de porcentajes en la distribución según la estabilización (54,07% en personal laboral temporal; 49,25% en personal laboral fijo; y 47,25% en personal funcionario), así como en la distribución en las distintas categorías: con un 38% de mujeres en posiciones permanentes (tanto de personal funcionario como laboral), un 44 % de mujeres en la escala científica funcionarial inferior, Científicos Titulares (CT), y un 27% en la escala científica funcionarial superior, Profesores de Investigación (PI). Algo que aparece reflejado en el gráfico de “tijera” del CSIC que se viene repitiendo en los últimos años y que muestra un índice de Techo de Cristal -ITC- (o Glass Ceiling Index, GCI) de un 1,42,8 aunque se observan diferencias significativas entre las distintas áreas y disciplinas (siendo especialmente elevado en algunas, como mostraremos a continuación). Cf. https://www.csic.es/es/el-csic/ciencia-en-igualdad/comision-de-mujeres-y-ciencia

Si nos fijamos en los datos del IMI2024, de las tres áreas globales que conforman el CSIC (Sociedad, Vida y Materia) el área en que participan más mujeres en las escalas científicas es la de Sociedad (40,1%), seguida muy de cerca por la de Vida (39,2%) y en tercer lugar la de Materia (36,2%). Sin embargo, si tenemos en cuenta las subáreas, observamos que aquella en la que más porcentaje de mujeres hay activas es la de Ciencia y Tecnología de los Alimentos (58,6%) -adscrita al área Vida- seguida de Ciencias y Tecnologías Químicas (46,6%) -adscrita al área Materia. Y las subáreas en las que hay menos participación activa de mujeres es la de Ciencia y Tecnologías Físicas (23,7%) -adscrita al área Materia-, seguida por Recursos Naturales (32,3%) -adscrita al área de Vida. Sin embargo, estos datos también varían cuando nos fijamos en los ITC más elevados que mencionamos hace un momento, que corresponderían por este orden a: Recursos Naturales (2,28) y Ciencia y Tecnologías Químicas (1,74).

 El CSIC tiene entre sus objetivos fundamentales alcanzar la paridad entre sus investigadores y emplea diversas estrategias para impulsar la presencia de las mujeres en la ciencia y la investigación. Para ello, además de la realización del Informe anual de datos desagregados para analizar los avances en todas las áreas, lanza diversas acciones a través de la Comisión Mujeres y Ciencia (creada en 2002) y en colaboración con la Comisión Delegada de Igualdad (creada en 2011), entre las que se pueden destacar la elaboración y seguimiento de los Planes de Igualdad, la convocatoria anual del Premio Distintivo de Igualdad (creado en 2018) entre sus Institutos y Centros, potenciar la visibilidad de las mujeres científicas en la institución (v.g. “mujeres  científicas pioneras en las diversas áreas del CSIC”), los Cursos de Formación en Igualdad dirigidos al personal directivo e investigador, recomendaciones y seguimiento de lenguaje no sexista y el desarrollo de diversos Proyectos de Investigación Internos al CSIC para analizar las causas profundas de la persistencia de algunas desigualdades estructurales mencionadas al comienzo (como las barreras en la estabilización profesional y en la promoción, la dificultad en la conciliación o la falta de referentes femeninos en posiciones de liderazgo). Es importante señalar que este año el CSIC ha ganado el premio 2024 a la trayectoria de igualdad de género de la Unión Europea (EU Award for Gender Equality Champions), galardón que reconoce el compromiso que, desde hace más de veinte años, tiene la institución con una ciencia inclusiva de excelencia. Sobre todos estos aspectos mencionados puede consultarse la Web: https://www.csic.es/es/el-csic/ciencia-en-igualdad

En las últimas décadas he tenido la oportunidad9 de estudiar de cerca el interés de mujeres jóvenes por dedicarse a las Ciencias, con mi esfuerzo por contar siempre entre las mismas a las Artes, las Humanidades y las Ciencias Sociales, y en especial a la Filosofía. Mi interés en las próximas líneas será transmitir algunas de las reflexiones y datos recogidos a través de esta experiencia.  

Si nos fijamos en las solicitudes y obtenciones de contratos predoctorales en el CSIC (1550 total en 2023) y los desagregamos por género y por subáreas, vemos que la mayoría de contratos predoctorales concedidos a mujeres se encuentran adscritos a las distintas subáreas por este orden descendente: Ciencia y Técnica (CyT) de los Alimentos (68,2%),  Biología y Biomedicina (61,9%), Recursos Naturales (59,3%), Humanidades y Ciencias Sociales (55,2%) y Ciencias Agrarias (54,1%); y ya por debajo del cincuenta por ciento: CyT Materiales (41,6%), CyT Químicas (39,1%), y CyT Físicas (26,5%). Lo que desde el análisis interpretativo, y teniendo en cuenta que la mayoría de los contratos predoctorales provienen del programa de becas JAEIntro10 del CSIC, nos permite decir que las áreas científicas escogidas por las mujeres jóvenes tienen todavía que ver en su mayoría con las especialidades más vinculadas con las cuestiones relacionadas con la Vida y la Sociedad en general, y deducir -con mil y una precauciones- que las mujeres escogen sus dedicaciones científicas, en relación con las profesiones que “se imaginan poder desempeñar en el futuro” en relación con lo que la sociedad en general “espera de ellas” y que, a su vez, puede compatibilizarse más con tareas de conciliación, estando esto más vinculado con tareas de “cuidado” en general: cuidado del medio (Alimentos, Recursos Naturales, Ciencias Agrarias) y cuidado de los otros (Biología y Biomedicina, Humanidades y Ciencias Sociales). 

En resumen, nos encontramos con un estancamiento e incluso retroceso en la dedicación de las mujeres jóvenes a las denominadas ciencias STEM, que antes denominábamos “ciencias puras” (Matemáticas, Física y Química, Informáticas, Ingenierías Técnicas) y, curiosamente, también la Filosofía -junto a las Matemáticas una de las ciencias “abstractas” por excelencia- parece estar sufriendo un proceso de masculinización, sobre todo en lo que respecta a la visibilización de las mujeres (medios, redes, conferencias, puestos de liderazgo) y la obtención de un puesto de trabajo permanente en las profesiones vinculadas a estos estudios. Dicho con otras palabras, se cierra a las mujeres la presencia en el desempeño digno de las tareas profesionales vinculadas a dichos estudios en la esfera pública, algo que desde luego no puede compensarse únicamente con la dedicación de un día al año (los 11 de febrero) a la promoción de las Mujeres y las Niñas en la Ciencia, lo mismo que la conmemoración de los 8 de marzo o los 25 de noviembre no puede contribuir por sí misma a instaurar la igualdad o a erradicar la violencia de género, respectivamente. ¿Cómo podemos pretender que las niñas se sientan motivadas a estudiar si no se garantiza su acceso gratuito a los estudios y, más aún, no se ofrecen perspectivas de dedicación profesional al concluir los mismos?

La mayor motivación proviene, en general, del entorno educativo y socio-familiar, esto es, que a mi entender los programas de motivación temprana deben proceder de la Educación Infantil y Secundaria Obligatoria y, en un segundo lugar, de la educación en el Bachillerato -esto es cuando el alumnado ya ha escogido qué quiere -y puede (esto es, que sus familias puedan permitirse que no hagan una formación y se pongan a trabajar inmediatamente para contribuir con su -generalmente exiguo y precario- sueldo a la supervivencia familiar) estudiar. En este sentido, tanto los talleres y conferencias ofertadas por mujeres que desarrollan profesiones científicas tradicionalmente dedicadas solo a los varones, pueden proporcionar modelos y ejemplos a seguir, que no necesariamente son los que en los ámbitos socio-políticos se transmiten; también la información temprana de las becas a las que se puede optar para poder seguir estudiando y, ya en tercer lugar los programas que -como “ciencia en primera persona” (https://delegacion.madrid.csic.es/ciencia-en-primera-persona-2025/) o “científic@s en prácticas” (https://ifs.csic.es/es/research-project/cientifics-practicas)- se ofertan por el CSIC en coordinación con otras instituciones y asociaciones científicas que quieren acercarse a la ciudadanía, como la Fundación para la Ciencia y la Tecnología (FECyT), el Museo para la Ciencia y la Tecnología (MUNCyt: https://www.fecyt.es/actualidad/el-muncyt-y-el-csic-organizan-la-novena-edicion-del-ciclo-de-conferencias-ciencia-en) o la Asociación española para el Avance de la Ciencia (AEAC: https://aeac.science/) en la que actualmente soy vocal de la Junta directiva; así como actividades de Divulgación, como el Boletín de Cultura Científica y Ciencia Ciudadana que lanza mensualmente el CSIC desde 2022 (https://www.csic.es/es/actualidad-del-csic/nace-cc2-el-boletin-para-estar-al-dia-de-las-novedades-de-divulgacion-del-csic).

A modo de conclusión: ¿cuáles son los verdaderos retos a que nos enfrentamos en la Academia y en la sociedad en general? 

Los retos a los que nos enfrentamos en la Academia son difíciles, pues arrastran y reflejan rémoras patriarcales que están arraigadas de manera estructural en nuestra sociedad, lo mismo que en el resto de sociedades europeas (e incluso en el resto de sociedades del mundo, me atrevería a decir) en mayor o menor medida, puesto que las convicciones patriarcales están mucho más asentadas en los cimientos de nuestras sociedades de lo que creemos o de lo que estamos dispuestos a conceder. Por ello, a pesar de nuestros esfuerzos por implementar medidas institucionales, no conseguimos resultados duraderos, pues las “acciones positivas” que se adoptan solo consiguen un efecto formal que maquilla los defectos o les echa arena encima en lugar de sanear las raíces, de forma que las convicciones patriarcales ancestrales emergen y vuelven a emerger siempre de manera renovada, como si de un Alien difícil de exterminar se tratara -tal y como he mencionado más arriba. Por eso, una de las medidas que se deben adoptar de manera paulatina y creciente -como ya apunté al principio de este segundo apartado- es estrechar las relaciones y el compromiso por la igualdad de género entre las instituciones políticas de los estados, las instituciones académicas y científicas y las organizaciones de investigación o agencias financiadoras responsables de las políticas públicas, algo que a mi entender contribuiría a reducir el camino que nos queda por recorrer para alcanzar la igualdad plena entre varones y mujeres.

Largo y esforzado ha sido y sigue siendo el camino hacia la igualdad para las mujeres, lleno de escollos que se encargan de recordarnos nuestra inferioridad, aunque a veces nos la vendan como esa excepcionalidad que nos iguala a los varones a la vez que pretende alejarnos de las demás mujeres. El sapere aude! kantiano contribuyó sin duda a despertar la lucha de mujeres como Olympe de Gouges o Mary Wollstonecraft en lo que solemos denominar “feminismo ilustrado”11 pero eso hizo justamente que, de las divisas de la Revolución Francesa, se adoptara la libertad (y la autonomía consecuente) como prioritaria también entre esas primeras mujeres que lucharon solas contra esa idea de fraternidad que -aunque etimológicamente aplicable a toda la humanidad- las excluía y sólo servía para que la igualdad empezara a aplicarse paulatinamente al colectivo de varones de clases inferiores -recordemos a Rousseau y a sus críticas feministas (Cobo: 1995); habrían de pasar más de dos siglos para que se empezara a hablar de “sororidad” en las filas feministas y siempre sin mucho entusiasmo (Roldán, 2024a). Se explica así, como ha subrayado Celia Amorós, que el contrato social original se presente como un pacto fraternal, un pacto que seccionará la Modernidad en dos partes bien diferenciadas (Amorós: 1997): el espacio político (público, convencional) y la familia (espacio privado, natural), primando la esfera pública y considerando irrelevante la esfera privada; ciertamente, solemos hablar del espacio público como enfrentado al espacio privado, algo que nos ha hecho subrayar siempre en nuestras reivindicaciones la presencia y visibilización de las mujeres en el espacio público, aún bajo la demanda de autonomía de Virginia Woolf con Una habitación propia (1929) y que Remedios Zafra abrió a los espacios de internet (2010). Pero conforme pasan los años y veo crecer la reacción del patriarcado en las filas ultraconservadoras, más me reafirmo en defender lo que ya escribí hace años (Roldán: 2003), esto es, que además de reivindicar la presencia de las mujeres en el ámbito público, tenemos que diferenciar entre una esfera “privada” -que es la de la libertad y autonomía, a la que la mayoría de las mujeres aún no tienen acceso- y otra esfera “doméstica”, que es la que realmente oprime a las mujeres con las tareas del cuidado y en la que mayoritariamente se desarrolla la violencia contra ellas por parte de sus parejas o familiares diversos (incluso hijos); amén de lo que la denominación de “ámbito privado” ha supuesto en el ámbito legislativo de rémora para poder intervenir contra la “violencia doméstica” -que hay quienes defienden que no existe… 

Por ir concluyendo, tanto el acceso en plano de igualdad al espacio público como el verdadero disfrute del ámbito privado también les ha estado vedado a las mujeres durante siglos, pretendiéndose relegarlas al espacio doméstico con justificaciones fruto de los arraigados prejuicios patriarcales: las mujeres habían sido “creadas para permanecer bajo el conveniente dominio del varón y asumir las tareas domésticas” y las “mujeres sabias” no podían ser admitidas sino como excepciones a la regla, como “musas”, “monstruos de la naturaleza” o “espíritus masculinos en cuerpos femeninos”, tal y como he desarrollado arriba; las mujeres filósofas -pensadoras, científicas o artistas en general- lo tuvieron difícil para mostrar que podían leer y escribir textos del mismo nivel que sus colegas varones, si recibían una educación adecuada para ello. Pero, como decía Javier Muguerza, topamos con “el duro muro de la Academia”, que sigue reflejando la peor cara del patriarcado.

Me gustaría poder imaginar en las próximas décadas una situación académica y sociopolítica de paridad absoluta entre varones y mujeres, sin la sombra de duda que todavía parece que acompaña a las mujeres que alcanzan las promociones más altas en sus cometidos o en sus tareas directivas: me refiero en concreto a lo que todavía tenemos que escuchar entre muchos colegas varones, que denuncian que si las mujeres alcanzan éxitos se debe a la aplicación de cuotas y no al merecimiento de las mujeres especialistas. También me gustaría imaginar una situación en la que las mujeres no tuvieran que elegir entre su condición de académicas, científicas, intelectuales, artistas y su posibilidad de desarrollar una vida privada, y que pudieran decidir desde su propio proyecto vital tener hijos o no,  sin que esta decisión se vea hipotecada por la carga extra que para ellas supone el cuidado de los hijos y de los demás “dependientes” a su alrededor, entre los que lamentablemente se encuentran también una mayoría de varones que no quieren repartir las cargas domésticas y de cuidado. Ojalá que las generaciones que nos siguen no se desangren en luchas que dividen al feminismo y puedan acordar una lucha común contra las rémoras y retrocesos en la consideración de la igualdad real de las mujeres que nos siguen asediando, pues la situación de inferioridad de las mujeres en el mundo académico, científico, social y cultural solo podrá evolucionar realmente si también evolucionan las condiciones socio-políticas, y las creencias y prejuicios en las que estas se enraízan. Solo un verdadero cambio de mentalidad mayoritario podría empezar a dar frutos en las siguientes generaciones. Luchar por conseguirlo es responsabilidad y tarea de todas y de todos.



Concha Roldán

Profesora de investigación del Instituto de Filosofía del CSIC, del que fue directora desde 2008 a 2023. Vocal de la Comisión Mujeres y Ciencia del CSIC. Preside la Red española de Filosofía (REF), la Red Iberoamericana de Filosofía (RIF) y la Asociación GENET (Red transversal de Estudios de Género). Premio 2024: Elisabeth of Bohemia Lifetime Achievement Award, entrega en el Congreso Mundial de Filosofía (Roma, 5 Agosto 2024).
Véase: https://es.wikipedia.org/wiki/Concha_Roldán


Bibliografía

  • Amorós, Cèlia y Miguel, Ana de (2005): Teoría feminista: de la Ilustración a la globalización, Minerva ediciones: Madrid.
  • Amorós, Cèlia (1997): Tiempo de feminismo. Sobre feminismo, proyecto ilustrado y posmodernidad, Cátedra: Madrid.
  • Bock, Gisela y Zimmermann, Margarete (1997): „Die Querelle des Femmes in Europa. Eine Begriffs- und Forschungsgeschichtiliche Einführung“, in: Querelles, Jahrbuch für Frauenforschung, Band 2, 9-38.
  • Cobo Bedía, Rosa (1995): Fundamentos del patriarcado moderno. Jean Jacques Rousseau, Cátedra Feminismos: Madrid.
  • De Miguel, Ana, y Roldán, Concha (2020): “Cèlia Amorós”, en Noguelores, Marta y Sánchez-Gey, Juana (coord.), Diccionario de pensadoras españolas contemporáneas. Siglos XIX y XX, Sindéresis: Madrid, 49-58.
  • Femenías, María Luisa (1996): Inferioridad y exclusión. Un modelo para desarmar, Nuevo hacer, Grupo Editor Latinoamericano: Buenos Aires.
  • Femenías, María Luisa (2020): Ellas lo pensaron antes: Filósofas excluidas de la memoria, Ediciones Lea: Buenos Aires.
  • Fricker, Miranda (2017): Injusticia epistémica. Herder: Barcelona.
  • Garzón Costumero, Xandra y Roldán, Concha (2024): “Transformación digital, feminismo y antifeminismo en el tercer entorno”, Enrahornar. An International journal of theoreticalan practical reason, vol.73, 25-55.
  • Guirao, Cristina (2024), Transgresoras. Una historia cultural de las mujeres, Catarata: Madrid.
  • Kant, Inmanuel (1764): Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime. Citado por la Akademie Ausgabe (AA, tomo y paginación).
  • Madruga, Marta (2020): Feminismo e Ilustración: Un Seminario fundacional, Col. Feminismos, Cátedra: Madrid. 
  • Pérez Sedeño, Eulalia y Alcalá, Paloma, coords. (2001): Ciencia y género, Universidad Complutense de Madrid.
  • Puleo, Alicia (1993), La Ilustración olvidada. La polémica de los sexos en el siglo XVIII. Anthropos: Barcelona.
  • Puleo, Alicia (ed.), El reto de la igualdad, Biblioteca Nueva: Madrid.
  • Roldán, Concha (1995): “El reino de los fines y su gineceo: las limitaciones del universalismo kantiano a la luz de sus concepciones antropológicas”, en R.R.  Aramayo, J. Muguerza, A. Valdecantos (comp.), Individuo e historia. Herencia de las antinomias modernas, Paidós: Barcelona, 171-185.
  • Roldán, Concha (1997): “Crimen y castigo: la aniquilación del saber robado (El caso de Anna Maria van Schurman”, en Theoria (Revista del Colegio de Filosofía, UNAM), nº 5, 49-59.
  • Roldán, Concha (2008a): «Mujer y razón práctica en la Ilustración alemana”, El reto de la igualdad de género: nuevas perspectivas en ética y filosofía política (comp. Alicia Puleo): Biblioteca Nueva: Madrid, 219-237.
  • Roldán, Concha (2008b): „Transmisión y exclusión del conocimiento en la Ilustración: filosofía para damas y querelle des femmes”, ARBOR, Vol.  CLXXXIV Nº 731, 457-470.
  • Roldán, Concha (2013) “Ni virtuosas ni ciudadanas: inconsistencias prácticas en la teoría de Kant, en Ideas y valores. Revista colombiana de filosofía, LXII, Suplemento 1, 185 -203. https://repositorio.unal.edu.co/handle/unal/74299
  • Roldán, Concha (2024): “Sororidad”, en Antonio Gómez Ramos y Gonzalo Velasco (eds.) Atlas político de las emociones, Trotta: Madrid, 457-470.
  • Roldán, Concha (2025), “La importancia de la genealogía feminista y la recuperación de las pensadoras/filósofas/autoras mujeres”, Cuestiones de Género: de la igualdad y la diferencia, (20), 84–101. https://revpubli.unileon.es/ojs/index.php/cuestionesdegenero/article/view/8763
  • Romero, Rosalía (2008): “Historia de las filósofas, historia de su exclusión (siglos XV-XX)”, en Alicia Puleo (ed.), El reto de la igualdad, Biblioteca Nueva: Madrid, 298-318.
  • Woolf, Virginia (1929/1967): Una habitación propia, traducción castellana de Laura Pujol, Barcelona: Seix Barral.
  • Zafra Alcarad, Remedios (2010): Un cuarto propio conectado. (Ciber)espacio y (auto)gestión del yo, Madrid: Fórcola ediciones.

Referencias:

1 Este trabajo se inscribe en el marco de los proyectos INconRES Incertidumbre, confianza y responsabilidad. Claves ético-epistemológicas de las nuevas dinámicas sociales en la era digital (PID2020-117219GB-I00); DESTERRA Los sótanos de la desinformación: de usuarios a terroristas en la sociedad digital (TED2021-130322B-I00) y 4TRUST Programa Interuniversitario en Cultura de la Legalidad (PHS-2024/PH-HUM-65). 

2 Muy difundido fue el anónimo Disputatio nova contra mulieres, Qua probatur eas Homines non esse, que circulaba por Alemania desde comienzos del 1595 hasta bien entrado el siglo XVVIII. Contra este escrito publicó en febrero de 1595 Simon Gedicke en Leipzig su Defensio sexus muliebris, opposita fvtilissimae dispvtationi recens editae, qva suppresso autoris & typographi nomine, blasphemè contenditur, Mulieres homines non ese.

3 Por eso en algunos de mis artículos y conferencias me refiero a la exclusión e inferiorización de las mujeres enumerando “algunas causas y ninguna explicación”…

4 En mi artículo “Crimen y castigo: la aniquilación del saber robado (El caso de Anna María van Schurman” (Roldán: 1997) desarrollo pormenorizadamente el fenómeno de la exclusión del espacio público de aquellas mujeres que se atrevían a transgredir las normas y salirse del papel doméstico que le tocaba interpretar, para acceder a los saberes científicos e incluso atreverse a solicitar asistir excepcionalmente a las clases en la Universidad: Anna Maria van Schurman pudo asistir de esta manera no solo a las enseñanzas del preceptor de su hermano mayor en su casa -ámbito domñestico, sino también a las clases de Boecio -por expresa recomendación de éste, admirado por su inteligencia, algo que sin embargo tuvo que hacer oculta tras una celosía.

5 Jakob Thomasius, maestro de Leibniz, escribió, junto con Johannes Sauerbrei y Jacob Smalcius, De foeminarum eruditione, 1671/76, donde defienden la igualdad de capacidades entre mujeres y varones, pero luego no aportan ninguna solución para que las mujeres puedan acceder al estudio, disponer de sus bienes o participar en la vida pública, puesto que lo impedía la ley, el famoso Edicto de Ulpiano que no permitía a las mujeres desempeñar públicamente ninguna profesión o “ministerio”, como entonces se denominaba a los oficios intelectuales o políticos. En breve aparecerá otro artículo mío sobre “Leibniz, defensor de las mujeres en la Querelle des femmes”, redactado a partir de la conferencia de clausura que impartí en el V Congreso Iberoamericana Leibniz, celebrado en Buenos Aires 4-8 de noviembre de 2024, bajo el título “Unidad en la Diversidad, Armonía en la Disonancia”

6 Desde febrero de 2024 soy Vocal d la Comisión Mujeres y Ciencia (CMyC) del CSIC y he colaborado en la elaboración de estos informes.

7 Presento aquí por extenso los datos que preparé para una entrevista que me hicieron este año para una revista noruega, en calidad de vocal de la CMyC; aparecerá publicado en: Entrevista a cargo de Tone Tveiten Aguilar sobre «Mujeres y Ciencia”, en  Forskningspolitikk, nº 3 (septiembre 2025).

8 Es un índice relativo que se calcula comparando la proporción de mujeres en las tres categorías científicas del CSIC (CT -Científicas Titulares, IC -Investigadoras Científicas, y PI -Profesoras de Investigación; en la Universidad encontramos desde hace años solo dos categorías: profesorado titular y catedrático; antes había también una intermedia: las agregadurías de cátedra) respecto a la proporción de mujeres en la categoría de PI. Valores del Índice de techo de Cristal -ITC- iguales a 1 indican la ausencia de desigualdad, mientras que valores del ITC superiores a 1 indican la existencia de techo de cristal para las investigadoras.

9 Sobre todo, como Directora del Instituto de Filosofía del CSIC (2007-2023), como presidenta de la comisión 11 -Filología y Filosofía- de evaluación de la ANECA (2014-2016) y como vocal experta en distintas Agencias evaluadoras españolas (AQU, ICREA, Ikerbasque, FECyT, etc.) y extranjeras (CNRS, CONACyT, CONICET, CONICYT, ESF, FCT, etc.)

10 El Programa JAE para investigadores predoctorales en el CSIC recibe sus siglas de la Junta para la Ampliación de Estudios, una institución creada en 1907, en el marco de la Institución Libre de Enseñanza  (ILE, una línea pedagógica inspirada por la filosofía de Krause que se desarrolló en España en el último tercio del siglo XIX y estuvo vigente durante más de medio siglo). Presidida por Santiago Ramón y Cajal desde su fundación hasta su muerte en 1934, la JAE se encargaba de promover la investigación y la educación científica en España. Aunque fue desmantelada en 1939 tras la derrota republicana en la Guerra Civil, a partir de su estructura se creó el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) que siempre se ha querido reivindicar heredero de la JAE (Cf. Tiempos de investigación. JAE-CSIC cien años de ciencia en España, ed. M.A. Puig-Samper, Servicio de Publicaciones del CSIC, Madrid, 2007; en el que colaboré con el artículo titulado “La europeización de la filosofía entre 1907 y 1935”, pp. 161-166). 

11 No insisto aquí en este aspecto del feminismo ilustrado que ya hemos desarrollado muchas de nosotras en otros lugares. Aparte de mis artículos, quedan en la bibliografía referencias suficientes para quien quiera profundizar en ello: Amorós&De Miguel: 2005; Madruga: 2020; Femenías: 2022; Puleo: 1993 y 2008, u.a.