Biología sí es destino: Barbie y su ginecóloga


Me hubiera gustado hablar de una película como Ellas hablan (Women Talking, Sarah Polley, 2022), de la que hemos hablado demasiado poco, en mi opinión, pese a que nos interpela con su sobria crudeza. Pero se impone el éxito de la comedia fantástica Barbie, que confieso fui a ver para evitar decir a mis estudiantes -en la materia de “Cine y feminismo”- que la rechacé por prejuicios o por desapego hacia el tema. No me empujaba la nostalgia. Jugué con esas muñecas de iniciación maternal en los cuidados que se machacan sin piedad en la primera escena del filme, émula de 2001, y he sido después ajena a la “revolución” de Barbieland, de la que poco sabía si dejo a un lado los anuncios de la tele o la visión de algún cuerpecillo de plástico maltrecho y abandonado. Por eso, buena parte de la película me pareció un abrumador catálogo espléndidamente ilustrado en rosa rosa, con jovencitas sonrientes, trajes para toda ocasión, casas de ensueño, armarios transparentes, coches descapotables… Además de barbies caucásicas delgadas –“el estereotipo de la rubia tonta”, como sentencia la adolescente Sasha-, supe que había morenas y gruesas; también barbies negras, como la presidenta de Barbieland, porque, desde la pin-up original en bañador, que emerge como un tótem gigantesco al comienzo, estas muñecas habían ido empoderándose con el desempeño de prósperos oficios, ocasión de lucir conjuntos de doctora, abogada, pilota de aviación, congresista, senadora, miembro del Tribunal Supremo…Y hasta obtenían «merecidos» premios Nobel.

Aprendí que existían los “Ken” -aparentemente subsidiarios pero que acaban convirtiéndose en coprotagonistas esenciales de la historia- y, lo más importante, que este mundo de fantasía volcado en proporcionar felicidad a las niñas siempre remó —¡oh, sorpresa! — a favor del feminismo al idear modelos de emancipación y empoderamiento (palabra fetiche de la película) que abrían un sinfín de oportunidades. Barbie era “mucho más” que una muñequita en bañador, nos dice la voz de su creadora: “Tiene su propio dinero, su propia casa, su propio coche y su propia carrera. Como Barbie puede ser lo que quiera, las mujeres pueden ser lo que quieran… Gracias a Barbie todos los problemas de feminismo e igualdad de derechos serán solucionados”. Reconozco con humildad que nada sabía de tan fantásticos logros y que la apuesta es alta, aunque se atribuya, entre burlas y veras, a la creencia de unas muñecas que viven en el paraíso o, más bien, en un mundo platónico neocapitalista feminizado.

La película Barbie, dirigida por Greta Gerwig con guion de Noah Baumbach y de la propia directora, ha sido un taquillazo y un éxito mundial (fenómeno digno de reseña al dirigirla y protagonizarla una mujer), a la vez que un filme bien tratado por la crítica, que partía ciertamente de expectativas muy bajas, salvo por la trayectoria de Gerwig. Se la ha considerado una comedia musical “sofisticada, ágil e inteligente”, pródiga en citas literarias, cinematográficas y musicales que incorpora con sutileza; también un film de tesis, “con algunos excesos didácticos”, que es capaz de sortear “los elementos más problemáticos (el rosa, el cuerpo estereotipado, cierta banalización de la diversidad, la frivolidad o incluso el culto al plástico)” de un material de partida impregnado de conservadurismo (Jara Yáñez, Caimán, nº 180). Son méritos atribuibles sin duda a la directora y a la actriz (la empresa Mattel debe hacerlos extensibles a la pareja de guionistas). Otra cuestión es cómo la película “empodera” al personaje femenino, cómo celebra el feminismo o, más bien, el tipo de feminismo que celebra.

Un patriarcado de quita y pon

Nos sitúa el filme ante una aventura de corte épico que comunica los mundos de la fantasía y la realidad para describir el derrumbe, la toma de conciencia (feminista) y el (re)nacer de Barbie (Margot Robbie), una heroína que, sin apenas disimulo –se trata de una película metaficcional y autoconsciente-, funciona a la vez como un personaje de ficción/sujeto existencial portador de significados que atañen a las mujeres y como un objeto/ producto cuya imagen debe renovarse para funcionar en el mercado. Todo se vuelve banal –y crematístico- desde esta perspectiva. El pensamiento de la muerte que irrumpe en la vida ideal de la muñeca –amenazando con las imperfecciones de la celulitis, el mal aliento, el apoyo de los talones en el suelo- no es otra cosa, a la postre, que la amenaza que se cierne sobre la marca de juguetes que no capta bien los gustos de las nuevas usuarias-compradoras. De ahí que una de las “Barbies raras” –las imperfectas e inválidas porque no gustaron o jugaron mal con ellas- sepa dónde está el daño y asigne a la heroína estereotipada la misión de viajar al mundo real para regenerarse, conectando con la niña que le está transmitiendo sus negras emociones.

Es inteligente que tal niña resulte ser una mujer adulta, de origen latino -Gloria (América Ferrara)-, empleada como recepcionista en la empresa Mattel de Los Ángeles (así todo queda en casa) y madre de una hija adolescente que “la odia” -Sasha (Ariana Greenblatt)- y que también desprecia a Barbie, aunque jugara con ella de niña. Sasha aparece como la voz de la mala conciencia al hacer suyas algunas de las crudas críticas que ha recibido el juguete (“Representas todo lo malo de nuestra cultura: capitalismo sexualizado, ideales físicos imposibles…Te cargaste la autoestima de las niñas y estás destrozando el planeta ensalzando el consumismo desenfrenado”), por lo que tendrá más eficacia ideológica su conversión final al rosa. De hecho, ambas mujeres, la madre con una vida “aburrida”, que expresa su creatividad y libera frustraciones dibujando barbies celulíticas con pensamientos de muerte, y la joven de una nueva generación empoderada/malhumorada y desafecta, son los seres de la tierra que ayudan a restaurar en todo su esplendor el orden de Barbieland, tras rearmarlo con unas lecciones feministas de autoestima y solidaridad femenina capaces de erradicar el patriarcado. Poco relevante es, en cambio, el papel de los altos ejecutivos de Mattel, todos varones, caricaturizados en sus contradicciones sin saña (como cuando el CEO dice que “las mujeres son los cimientos de este fálico edificio”). Fantoches con menos gracia que los banqueros de Mary Poppins, quizá para contrastar con la humanidad de la creadora de la muñeca, Ruth Handler (Rhea Perlman), a la que luego volveré.

Me formulo ahora una pregunta retórica. ¿Por qué no dejar que Barbie viaje sola al mundo real en lugar de meter en su maletero a Ken (Ryan Gosling)? El muñeco no la acompaña en calidad de ayudante o comparsa ni para dar ocasión de que ella lo “salve”. Vive, en cambio, su propia aventura emancipatoria descubriendo que en la tierra existe el “patriarcado” y que el dominio masculino se impone por doquier (en la política, la empresa, el deporte, el arte…). Le falta tiempo para llevar a Barbieland la buena nueva, liberarse de su papel accesorio y tomar fácilmente el poder. Su cómica ingenuidad cuando pasea por Century City como un cowboy de opereta lima las asperezas de la fea y violenta realidad que le toca sufrir (no sólo descubrir) a Barbie: agresivamente objetualizada por los hombres, despreciada por las chicas que deberían admirarla…; su llanto anuncia una crisis existencial y el principio de su humanización y autonomía. De ahí que no regrese a Barbieland en una caja de juguetes, sino en compañía de las amigas terrestres a las que quiere mostrar un mundo a la medida de las mujeres pero que ya se ha transformado a la medida de los Ken (con un punto de servidumbre consentida en las féminas que no habíamos visto a la recíproca cuando ellas gobernaban).

Nunca ha sido tan humana y simpática la muñeca protagonista como cuando se derrumba dispuesta a ceder el poder. Su caída tiene la virtud de unir a la hija con la madre para ir en su auxilio, comenzando con un discurso de concienciación feminista que pronuncia Gloria sobre las contradicciones –la “disonancia cognitiva”, se dice- que entraña ser mujer bajo el patriarcado. Grato discurso sin duda para las espectadoras, funciona como el conjuro que rompe un hechizo y vuelve resolutivas a las muñecas líderes prestas a cambiar las tornas. Reí con algunas de las tretas femeninas que se emplean para liberar a las barbies del lavado de cerebro patriarcal porque reutilizan el imaginario “del amo” dando forma a chicas seductoras-ignorantes-indefensas-complacientes… Pero nada me convencieron los combates de los varones enfrentados por el reparto de las mujeres -emblema de una masculinidad agresiva, pendenciera, competitiva, con la pesada carga de la épica hollywoodiense-, mientras todas las muñecas de Barbieland, inteligentes y cívicas damas bien avenidas, usan las herramientas de la democracia para validar por votación unánime la vigencia de su mundo/marca en femenino.

El desenlace algo confuso incluye disculpas mutuas para restaurar la armonía, se pide a Ken, lloroso y derrotado, que labre su identidad al margen de Barbie (¿anuncia así Mattel una nueva línea de accesorios?); Gloria reclama la creación de otra muñeca, la “Barbie normal”, que rompa con la superwoman. En cuanto a la protagonista, descartado un final romántico, se le supone un destino individualizado más trascendente que requiere la intervención del espíritu de Ruth, la anciana creadora de la muñeca.

Barbie se hizo mujer

Parece tener buenas razones la heroína cuando elige convertirse en un ser humano y volver a la tierra, y así lo expone ante la anciana-madre que le dará nueva vida: “Quiero ser parte de la gente que crea, no la cosa creada. Quiero ser la que inventa, no la idea”. Pero tan estimulante inquietud no acaba de encajar del todo (¿o sí?) cuando, ya en el mundo real, lo primero que hace Bárbara –así se llama ahora-, respaldada por las incondicionales Gloria y Sasha, es acudir a una cita con “su ginecóloga”. No es una broma. Después de tanto empoderamiento para frenar el patriarcado, resulta que la humanidad de la chica que “se hace mujer” reside en la vagina, el útero, los ovarios, la menstruación, los periodos fértiles e infértiles…, de los que estaba libre la muñeca. ¿No decían que Barbie fue creada para ampliar los horizontes de las niñas más allá del rol maternal? ¿A qué especialidad médica hubieran enviado los guionistas a Ken para confirmar que se “hacía un hombre”? Recuerdo el acierto con el que Marjorie Garber describe los diferentes significados culturales de las expresiones “make a man” (experiencia activa: probar el temple en un envite, adquirir responsabilidades o experiencia sexual…) y “make a woman” (experiencia pasiva: tener la regla, desarrollar caderas redondeadas, pechos llenos y, al mismo tiempo, dejar de lado las cosas infantiles). ¿Dónde ha dejado la Barbie del filme las enseñanzas de Simone de Beauvoir?

Concluyo mi andadura: un feminismo que contempla la unión de las mujeres “concienciadas” como una comunión de idénticas (en distinto hábito) con ambiciones e intereses que se rigen por el ethos del empoderamiento individualista para obtener el poder, que no problematiza –ni siquiera como un enriquecimiento- las diferencias de cultura y de clase ni los efectos perniciosos de la racialización de los cuerpos, no es el proyecto feminista transformador que más me convence. Ni me convence el modelo narrativo-ideológico de la “guerra de sexos”, en el que solo hay lugar para un binarismo de género que opone mujeres/hombres; ganadoras/ perdedores, sin mixturas, posibles alianzas u horizontes compartido. A fin de cuentas, recuperar el control de Barbieland es un engaño tautológico en un universo-marca de juguetes para niñas (al parecer, sólo para niñas).

Así que no tengo, en verdad, una opinión sustanciosa sobre Barbie -habilidades técnicas y creativas aparte. Su triunfo se apoya en un lustroso envoltorio, el celebrativo mensaje de éxito que transmite y la puesta a punto de valores que se han cambiado de traje. No hallo conocimiento ni creo que convoque a un debate de enjundia, salvo que hablemos de por qué todavía se enseña a jugar distinto a niñas y a niños.


Carmen Peña

Carmen Peña Ardid
Profesora de la Universidad de Zaragoza, ha publicado  numerosos trabajos sobre las relaciones entre la literatura y el cine, el cine español, los vínculos literatura-televisión y los estudios género. Entre otros textos de referencia, es autora o editora de Literatura y cine. Una aproximación comparativa; Buñuel 1950. Los Olvidados (Premio “Ricardo Muñoz Suay” de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España 2007) o  Historia cultural de la Transición. Pensamiento crítico y ficciones en literatura, cine y televisión, así como de diversos ensayos de análisis cinematográfico y perspectiva feminista. Actualmente, coordina el programa de doctorado en Relaciones de Género y Estudios Feministas de la Universidad de Zaragoza y es miembro de la comisión asesora “Mujer y Ciencia” del Gobierno de Aragón.