Las alas y la jaula: Mujeres, lenguaje y poder


El lenguaje nos da alas. Alas al pensamiento, a la expresión, a la imaginación. La lengua concebida por sociedades centradas en las necesidades masculinas nos encierran en una jaula de la que es difícil, primero, ser consciente y, después, salir. El aprendizaje del orden simbólico es uno. Y las mujeres estuvimos y estamos colonizadas por él en todas las lenguas donde no pudimos rechazar la imposición patriarcal. Definimos el margen desde el lenguaje del centro. Definimos el centro desde el propio centro que mira su ombligo. Un centro de necesidades, prácticas y deseos controlados por quienes ostentan el poder. El poder político, el económico, el que define y acomoda significados a esas necesidades, a esos deseos y —lo que es más importante— los hace pasar por prioridades humanas y no masculinas, de la población y no de cierta clase social. Las relegadas a los márgenes, las expulsadas a ellos, con el lenguaje que nos es dado —queramos o no—, perpetuamos órdenes que queremos subvertir. Reivindicamos nuestro a derecho a volar entre barrotes impuestos por palabras que rara vez definimos, soluciones a necesidades que ni siquiera nos hemos planteado.

En cierto modo, el nombre de esta revista (Desde los márgenes) también subvierte ese orden. El margen en el que se nos sitúa se convierte en centro del que surge un mundo hecho en otra medida, un lenguaje que habla de otras cosas, que nombra lo tantas veces innombrado, que crea palabras o propone significados que el centro detesta o desdeña.

Los márgenes son —no lo olvidemos— lo que ciñe un texto y le da forma. Lo que hace que el centro sea centro. Escribir en los márgenes es interpretar el texto dado, comentarlo, mostrar nuestro acuerdo o desacuerdo y hacer del margen el espacio del pensamiento propio. Desde los márgenes vamos más allá.

Hablar, pensar, escribir, reflexionar y tomar la palabra es un ejercicio de poder aún vedado en muchos modos a las mujeres. En distintos grados por todo el orbe, pero de forma omnipresente. Más allá de las lenguas y sus mecanismos el patriarcado subyace como una imposición del ser, estar y contar el mundo que identifica al varón con lo genéricamente humano y a la mujer con lo específicamente femenino. El centro —si pensamos en el cuerpo— es el corazón, trasunto del alma que nos humaniza como especie. Ese corazón, esa voz que es la palabra que, como escribía María Zambrano en su Metáfora del corazón, es «de todas las entrañas de la vida, la entraña donde todas encuentran su unidad definitiva».

Todas y cada una de las entrañas que pasarán por las secciones de este número dos de Desde los márgenes hacen del margen un espacio completo, coherente, que diluye el poder simbólico del centro, que hace desbordante lo que era contenido; que integra y comprende lo que deliberadamente se ignoraba; que no renuncia a ser centro, pero no lo necesita para saberse parte de un todo porque, ¿quién decidió que ese centro era el lugar al que habríamos de aspirar? No hablo de abandonar los lugares de poder, sino de replantearnos cuáles son, dónde están, por qué los necesitamos —o si los necesitamos siquiera—, para qué sirven o para qué los queremos.

De las lenguas casi perdidas que retomamos como una forma de decir al mundo que algo que fue desterrado al margen era —y es, con mucho esfuerzo— el centro de muchas personas de la lengua ñuu savi. Para ello desde México viene Celerina Sánchez Tendiendo puentes entre pueblos de ayer y hoy. Puentes hechos de cantos, bordados, vestidos, paisajes, comidas y palabras habladas, cantadas, vividas. Frágiles como barcos de papel y rescatadas gracias al poder de las que sostuvieron la palabra y, con ella, la posibilidad de seguir siendo y renovar lo que ya fue. El eco de las palabras que relegamos a la inexistencia cuando otro orden simbólico tomó su lugar y que llega devuelto a través de los siglos en los bellísimos poemas natsiká y yo’ó inkáyu.

Del poder de la imagen y la imposición de los cánones que supone hablar de lo que se supone que toca hablar, dejando de lado —al margen— lo que querríamos tener como el centro de conversaciones, en el brillante e irónico Detrás de la cámara de Carmen Peña Ardid «La biología sí es destino: Barbie y su ginecóloga», sobre la película que el año pasado se impuso como tema de conversación cuasi universal, obra y gracia de la mal llamada globalización, esa imposición del ruido de los altavoces mediáticos sobre la voz de la reflexión íntima y la conversación sosegada. Solo el tiempo permite valorar hasta qué punto nuestros focos de interés y nuestros diálogos políticos son, también, un juego de poder en el que rara vez ganamos.

Y para analizarlo nadie mejor que una clásica como Hanna Arendt, que nos llega de la mano de Laura Linares Abadia en «Poder político y diálogo ciudadano. A propósito de Hannah Arendt». Para corroborarlo tenemos en este número a una mujer moderna que mira el poder de quienes tienen el poder para desmontarlo en pequeñas piezas, en palabras, en letras y volverlo a armar en otro lugar, con otra visión, desde un punto de vista multidisciplinar y fresco, es Paula Barriendo Cebrián en su, hasta ahora inédito, «Estudio psicolingüístico y social sobre el sexismo en el Diccionario de la Lengua Española».

Lenguajes inventados para poder inventar mundos que no existen, una Lengua materna que nos transporta a otros márgenes contado por una mujer, Josefina Villar, que se esfuerza por estar al margen, pero cuya visión filológica y antropológica se lo impide. Su Reseña nos invita a mirar los mundos existentes con la perspectiva de los que ya no existen. Y lo hacemos a través de los ojos de otra mujer, una que —por estar en márgenes que consideramos ajenos, ya olvidamos o nunca conocimos: Suzette Haden Elgin. «Lenguaje y poder de las mujeres» una preposición y otro orden, la sutil y significativa diferencia. La misma que marcó al ser la primera estudiante en USA en escribir su tesis en dos lenguas inglés y navajo y que inventó un lenguaje que no existía hasta ese momento para poder escribir sobre un mundo feminista al que las lenguas existentes no daban cabida.

El lenguaje de las armas como única vía, otra de la que tantas veces se nos excluye o nos excluimos porque las armas no son parte de nuestro lenguaje, al menos, en el aprendizaje cultural impuesto en buena parte de las culturas mayoritarias del mundo actual. De poder, armas, palabras y sueños hemos hablado con Patrizia Fiocchetti, una mujer condenada mediante la palabra: una fatua impuesta por algo tan vital como reivindicar la ciudadanía completa de las mujeres. Lo hacemos a través de la magistral Entrevista y traducción de la filóloga, traductora y arteterapeuta italiana Giorgia Pordenoni.

Continúa este número, que puede leerse en este o cualquier otro orden, María Muñoz en Debes conocerlas, una sección que cobra todo su sentido con Hélène Cixous, la escritora de las palabras imposibles, los plurales inesperados, las frases que se elevan y hablan al oído, la que se rebela contra el lenguaje prestado por los hombres —esa jaula desde la que se nos exhorta a cantar a la libertad— como si de cortesías decimonónicas se tratara. La que expropia significantes e impone significados. Cixous creía que solo lejos del centro se da la verdadera posibilidad de creación.

Y nada nos da tanta libertad para crear, tantas alas, como la lengua que sentimos como propia. Por eso, expresarnos con seguridad y desenvoltura en otros idiomas puede ser tan complicado. Tanto que nos relega, nos relegamos con las nuevas lenguas, a posiciones de no poder que creíamos olvidadas para siempre. Nos lo cuenta Laura Azmendi en «En silencio no se aprende a hablar», una reflexión sobre la imposición de la perfección, también lingüística, y la toma de conciencia del propio poder y la autoestima (o la ausencia de uno y otra) cuando hablamos lenguas aprendidas.

La relación continua de poder y dispoder, a veces sutil y a veces guerra abierta, los silencios, los márgenes, las jaulas en las que se nos encierra con palabras están en los collages de Miriam Martínez Abellas que, como un caleidoscopio, permiten percibir distintas figuras cuando se miran antes y después de cada uno de los textos. Cuando se ven de forma independiente o como parte de un todo, de una historia que protagoniza nuestro Inserto.

Se preguntaba la lingüista italiana Patrizia Violi en «El infinito singular» «¿Cuáles serán los usos lingüísticos de las mujeres, cómo articularán su palabra, de qué modo podrán relacionarse con un lenguaje que ya ha transformado la diferencia en algo negativo?». Nos lo seguimos preguntando con insistencia. Porque el poder del lenguaje no es solo el de dar la capacidad de definirse, es el privilegio enorme —e inadvertido— de definir lo otro —y a las otras—, de construir un relato y hacer de la excepción, norma. De lo artificial, natural. De la perspectiva parcial, visión universal. De distintas partes iguales, centros y márgenes.

Como dice Patrizia Fiocchetti en uno de sus libros: «Alzaré mi voz por encima del ruido de los poderosos. La convertiré en trueno, para que explote entre las nubes y sus notas caigan como gotas de lluvia que oxigenan la tierra. Si tengo que pagar por ello, sufriré violencia o el exilio, pero no me detendré. Porque defiendo la vida y la verdad sin límites. Ni virgen, ni puta, ni santa, ni bruja. Soy mujer, soy persona, soy dueña del destino, la que escribe la historia del mundo».

Seamos con ella uniendo nuestras voces, desde todos los lugares, desde todos los márgenes.

No hay jaulas suficientes para tantas alas.


María Martín Barranco

María Martín Barranco
Licenciada en Derecho. Especialista en intervención social con enfoque de género- Experta en comunicación y derechos humanos en conflictos armados. Consultora especializada en igualdad y evaluación de impacto de género en normativa y políticas públicas. Especialista en lenguaje no sexista. Escritora, divulgadora y activista feminista en redes sociales. Fundadora y directora de la Escuela Virtual de Empoderamiento feminista (EVEFEm). Es socia de Clásicas y Modernas, donde ha sido parte de la Junta directiva en los años 2021 y 2022.