Entrevista a Ana Santos Aramburo, ex directora de la Biblioteca Nacional
Sofía Caballero. Rara vez se le puede preguntar a alguien que ha dirigido una institución como la Biblioteca Nacional sobre su vocación.
Ana Santos. Mi primer trabajo como bibliotecaria fue como auxiliar en la biblioteca de la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza, donde estudié. Me presenté a unas oposiciones sin saber si las aprobaría, y para mi sorpresa, las aprobé. Este evento fortuito cambió mi vida, ya que mi plan original era hacer el doctorado después de terminar mis estudios. Descubrí que la profesión de bibliotecaria me gustaba mucho. Empecé en la escala más baja, encargándome de tareas como entregar libros en los mostradores y organizarlos en las estanterías.
En cuanto a mi elección de carrera universitaria, originalmente quería estudiar periodismo, pero no había esa opción en la Universidad de Zaragoza, donde vivía con mi familia. Tendría que haberme trasladado a Madrid u otra ciudad, y mis padres, especialmente mi padre, no me dejaron porque consideraban que era muy joven para irme de casa. Así que, algo frustrada, opté por estudiar lo que tenía a mano: Geografía e Historia. Siempre me han gustado mucho la lectura y las letras, pero mi verdadera vocación era ser periodista, en concreto, para poder dedicarme a escribir.
S.C. ¿Y lo has retomado alguna vez a lo largo de tu vida, lo de escribir?
A.S Ahora mismo estoy escribiendo un libro, ahora que he tenido tiempo, sí, ahora y estoy disfrutando. Estoy disfrutando mucho este proceso, y de hecho, es algo muy, muy redentor. Poder volcar mis experiencias en un ensayo, aunque realmente estoy contando parte de mi vida, es una liberación. Casi sin darme cuenta, muchas cosas personales se entrelazan con mi escritura, lo cual me está viniendo muy bien.
S.C. ¡Qué bien, qué maravilla que puedas tener esta oportunidad, que tengas tiempo para retomarlo y reconciliarte un poco con esas partes de tu vida!
A.S Claro, la vida te va poniendo en distintas circunstancias y hay que saber aprovecharlas. Otra etapa importante de mi vida fue cuando me mudé a Madrid para trabajar en la biblioteca de la Facultad de Economía de la Universidad Complutense. Tanto en la de Zaragoza, como en la Complutense, Trabajar en una universidad me ha gustado mucho por varias razones. Primero, porque se maneja el conocimiento, la investigación y la capacidad de generar nuevas ideas a partir de un saber ya establecido. Este enfoque en la innovación ha guiado tanto mi vida profesional como mi vida personal. La oportunidad de estar en un entorno que fomenta la innovación y mejora en todos los aspectos es algo que me atrae profundamente.
En este contexto, contribuí significativamente desde la biblioteca, apoyando la investigación y la docencia, y manejando tecnología puntera. Me involucré en la informatización de las bibliotecas y en la creación de nuevos servicios digitales, trabajando con los centros de datos de la universidad. Además, tuve la oportunidad de trabajar con el patrimonio bibliográfico en una biblioteca histórica, lo que me proporcionó una experiencia valiosa. Todo este aprendizaje me ha permitido comprender mejor las claves para dirigir una gran institución como la Biblioteca Nacional.
S.C. Y de la Biblioteca de la Complutense a dirigir el área de Acción Cultural de la Biblioteca Nacional de España, para, a continuación, dirigir la institución.
A.S Cuando asumí la dirección de Acción Cultural en la Biblioteca Nacional, experimenté una gestión mucho más dinámica, innovadora y creativa, en contraste con mi experiencia previa en una universidad. En lugar de enfocarme solo en la comunidad docente y estudiantil, me dirigí a la sociedad en general, reconociendo que había una expectativa de la sociedad que debíamos satisfacer. Esta misión es clave para las instituciones públicas dedicadas a la cultura. Tuve la suerte de trabajar con Rosa Regàs, una directora muy activa que impulsaba todos los proyectos, lo que ayudó a crear una percepción positiva sobre lo que puede ofrecer una Biblioteca Nacional.
En este contexto, era fundamental abordar la sensación de imposición que genera el edificio monumental de la Biblioteca Nacional en el Paseo de Recoletos, que a menudo intimida a usuarias y usuarios. Mi objetivo fue hacer que la biblioteca se sintiera más accesible y menos imponente, adaptándola a las demandas del siglo XXI. Entendí rápido que la forma en que la gente accede a la información ha cambiado drásticamente, con una mayor dependencia de servicios digitales y menos afluencia a las salas de lectura físicas. Por lo tanto, la biblioteca debía evolucionar para satisfacer estas nuevas necesidades y responder adecuadamente a las expectativas contemporáneas de la sociedad.
Además, me enfoqué en ofrecer actividades culturales presenciales que fueran accesibles para todos, independientemente de su educación o formación. La idea era crear eventos que no solo fueran atractivos, sino que también fomentaran la curiosidad intelectual y el deseo de aprender, una cualidad que todos tenemos y que a menudo no reconocemos. Estas actividades culturales no solo contaban historias y compartían conocimientos, sino que también buscaban estimular esa parte innata del ser humano que busca entender y explorar el mundo a lo largo de toda la vida.
S.C. Me encantaría profundizar en el papel de la cultura en la promoción de la igualdad y cómo puede contribuir a la mejora de la sociedad. Una de las preguntas centrales del número actual de esta revista es si la cultura realmente contribuye a la igualdad o si es algo que se da por hecho.
A.S Es un interrogante válido y relevante, ya que la cultura tiene un impacto significativo en cómo percibimos y abordamos la igualdad en nuestra sociedad. Desde mi perspectiva, la cultura juega un papel crucial en la promoción de la igualdad. A través de diversas manifestaciones culturales, como bibliotecas, exposiciones, teatro y literatura, se puede abrir un diálogo sobre temas de igualdad y justicia social. Estos espacios no solo proporcionan acceso a información y conocimientos, sino que también sirven como plataformas para explorar y cuestionar las desigualdades existentes.
Estamos en un momento en el que, aunque la cultura tiene el potencial de contribuir a la igualdad, su impacto no siempre es inmediato ni uniforme. La clave está en cómo se implementan las políticas culturales y en qué medida se garantiza que todos los sectores de la sociedad tengan acceso a estas oportunidades. El verdadero desafío es asegurar que la cultura no solo sea inclusiva en teoría, sino también en práctica, y que efectivamente sirva como un motor de cambio hacia una mayor equidad.
Aún queda mucho por hacer para superar un relato desigual que arrastramos desde hace siglos, ya que cambiar percepciones profundamente arraigadas es una tarea pedagógica compleja y prolongada, influenciada por el contexto histórico y social de cada país.
Para justificar los avances en igualdad, no se deben usar solo motivos ideológicos, ya que esto puede convertir el tema en un campo de batalla. Es fundamental abordar la historia de manera racional y objetiva, y las instituciones culturales, como el Museo Thyssen con su labor en recuperar pintoras históricas, tienen un papel crucial en esta tarea.
¿Y cómo podemos pensar en una sociedad ya no solamente justa, sino en una sociedad mejor, es decir, desarrollada y que avanza si no somos capaces de dar la oportunidad de participación a las mujeres que somos más del 50% de la población?
S.C La igualdad o su ausencia atraviesa cualquier ámbito de nuestra vida. Antes hablabas del acceso por parte de todos los sectores de la población a una institución tan imponente como la Biblioteca Nacional. Y ahora, estábamos centradas en el reconocimiento del trabajo de las mujeres por parte de la sociedad a través de las instituciones. Me gustaría preguntarte por tu historia y la del feminismo, o sobre el feminismo en tu historia. ¿Cómo supiste de esta forma de estar en el mundo?
A.S Desarrollé mi conciencia feminista de una manera bastante tardía en mi vida. En mi juventud, estaba inmersa en un entorno muy tradicional y restrictivo, pero la llegada de la democracia y mi entrada en una universidad más abierta me llevaron a descubrir un mundo más diverso y equitativo. Este proceso de despertar fue un viaje de crecimiento como ser humano y como mujer, enfrentando desafíos tanto personales como familiares.
Aceptar esta realidad y vivir de acuerdo con ella tuvo un coste significativo. No solo implicó una concienciación dolorosa sobre mi situación, sino también una adaptación personal y familiar, especialmente con mis hijos, quienes finalmente entendieron y apoyaron mi camino. A pesar de las dificultades, como mis dos divorcios, el proceso me llevó a valorar la importancia de la independencia y la felicidad personal. Sabía que mi divorcio iba a provocar una ruptura significativa y, efectivamente, la supuso. Sin embargo, a pesar de eso, Sofía, a pesar de todo eso, e hay que hacerlo por tu propia dignidad como ser humano. Y una vez que sabes que puedes hacerlo, hay que contarlo.
También es crucial no solo relatar lo que me ocurrió a mí, sino también destacar la importancia de que las instituciones culturales públicas reflejen las experiencias de otras personas. Es fundamental ofrecer referentes reales, de carne y hueso, que sean vitales y representativas para que otras puedan identificarse con ellas. Si te fijas, en la actualidad, grandes ídolos artísticos o deportivos suelen compartir su historia personal a través de sus creaciones, canciones, o en las entrevistas. Esta narración emocional no solo resuena profundamente en la sociedad, sino que permite que el público conecte y comprenda mejor sus experiencias y vivencias.
S.C. Esto me interesa porque nos lleva al siguiente tema que quería tratar contigo: históricamente, la crítica institucional se ha centrado en los museos principalmente en términos de su función de conservación, y luego, en la selección de qué se conserva y qué se expone. Por ejemplo, aquí en Berlín hay una reflexión intensa sobre el tema de los archivos, que también se relaciona con el papel de las bibliotecas. Me gustaría preguntarte acerca de este cambio de paradigma: poner el foco en la biblioteca como espacio no solo de archivo, sino también de exposición. ¿Cómo ves esta transformación?
A.S. No hay que olvidar que los archivos y las bibliotecas, como instituciones de la memoria, tienen una responsabilidad social crucial. No solo deben conservar lo que la sociedad ha producido y generado en cada momento, sino también narrarlo y ponerlo en contexto. La sociedad avanza al aprender de las generaciones anteriores y al formar su propio pensamiento crítico. Este proceso de desarrollo y generación de nuevas ideas requiere acceso a la memoria histórica, el conocimiento, la información y el pensamiento acumulado a lo largo del tiempo. Además, hay otra cosa también importante de estas instituciones, que es la necesidad de que se adapten a cada momento histórico que les toca vivir.
S.C Y, ¿cómo has aplicado tu conciencia feminista a tu trabajo?
A.S La implementación de la conciencia feminista en mi trabajo ha sido más desafiante de lo que me hubiera gustado. En la administración pública española, la lentitud y las trabas burocráticas han dificultado la ejecución de proyectos innovadores. Sin embargo, desde el inicio, nos enfocamos en la necesidad de contar y visibilizar, lo cual llevó a la creación de iniciativas como el Día de las Escritoras en 2016, junto a FEDEPE (Federación Española de Mujeres Directivas, Ejecutivas, Profesionales y Empresarias) y Clásicas y Modernas. Desde la primera edición, este acontecimiento anual, que celebra tanto a autoras clásicas como contemporáneas y se ha consolidado a nivel internacional, y es un ejemplo de cómo una institución puede innovar en la búsqueda de la visibilidad de las mujeres de la cultura.
Por otra parte, destinábamos recursos a la digitalización de obras de autoras que habían sido menos conocidas, facilitando el acceso libre y gratuito a sus textos. Además, desarrollábamos una serie de actividades culturales centradas en el género, como exposiciones y eventos que destacaban a mujeres influyentes, desde Teresa de Jesús, Clara Campoamor y Concepción Arenal hasta María Lejárraga. Estas iniciativas no solo reeditaban y visibilizaban obras olvidadas, sino que también contribuían a crear un relato más inclusivo y equilibrado de nuestra historia cultural. El razonamiento que había detrás era el siguiente: si Clara Campoamor había sido el gran artífice del derecho al voto y le debíamos tanto, era necesario rendirle un merecido homenaje. Del mismo modo, el hecho de que Concepción Arenal fuera reconocida como una gran pensadora fuera de España, mientras que aquí era una gran olvidada, justificaba plenamente la necesidad de visibilizar su contribución.
S.C. Hablemos de María Moliner como una predecesora ideológica tuya, cuya relevancia y currículo, si hubiera sido contemporáneo, le habrían permitido acceder a un puesto de toma de decisiones que, en su tiempo, le fue negado. En la Biblioteca Nacional se realizan jornadas en su honor y hay una sala que lleva su nombre. ¿Cómo te sientes respecto a esto, especialmente considerando que tomaste decisiones en un puesto que, por circunstancias temporales, ella no pudo ocupar? ¿Tienes reflexiones sobre María Moliner u otras mujeres que podrían haber ocupado posiciones similares?
A.S Claro, has dado en el clavo. María Moliner ha sido mi referente desde hace mucho, tanto a nivel profesional como personal. Su vida es un ejemplo de lucha, inteligencia y valentía. A pesar de enfrentar grandes dificultades, como la guerra civil y el exilio interior, su compromiso con las bibliotecas y la idea de que debían ser accesibles para todos la hacen destacar, y su capacidad para superar adversidades es verdaderamente inspiradora, y tan reveladoras para la época. Piensa que hace unos minutos estábamos hablando de ello tú y yo. Y, además, profundamente optimista. En una de sus cartas a una amiga suya, al final de la Guerra Civil, cuando ya se sabía que el bando republicano iba a perder, le dice algo como “qué ganas tengo de volver a Madrid y pasear por sus calles”. Para mí, que ella pensó que tenía que vivir e intentar ser lo más feliz posible, y la manera que encontró para ello, fue a través de su trabajo, elaborando el Diccionario del uso del español. Una tarea, por otra parte, inabarcable para un ser humano. Ella sola en su casa, en la mesa de comedor, con una máquina de escribir y unas fichas de papel. Con esto que te digo, entenderás que es un referente en cuanto a feminista, porque como mujer en ese momento de la sociedad franquista tan represora con el papel de la mujer, ella confió en que, a través de su propio trabajo – algo vetado a muchas mujeres, no lo olvidemos – saldría adelante.
S.C Este verano se ha inaugurado en la Biblioteca Nacional la exposición sobre María Lejárraga. Vi el documental “A las mujeres de España. María Lejárraga” de Laura Hojman, y he empleado su libro “Cartas a las mujeres de España”, publicado en 1916, para elaborar el editorial de este número. Cuando leo sobre la vida de estas artistas e intelectuales de principios del siglo XX durante la dictadura, tengo la sensación de que estas mujeres no se plantearon su vida, incluso estando exiliadas o en grupos de la resistencia. Quizás sí reflexionaran sobre lo que les atravesaba, pero pasaron a la acción rápidamente, y se pusieron a trabajar. Entiendo que era porque la realidad se imponía. ¿Tú qué crees?
A.S Yo considero que eran muy inteligentes y conscientes de que había muy poco que hacer en ese momento político e ideológico que les tocó vivir. Tú piensa que la ideología franquista era una losa y que las mujeres estaban, no solamente ideológicamente condicionadas, sino legalmente penadas. Quizás solo les quedaba pensar que, de alguna manera, se tenían que salvar y tenían que sobrevivir a esas circunstancias haciendo algo para intentar ser un poco felices, o para intentar no hundirse completamente en esa grisura. Y emprendieron ese camino. Al mismo tiempo, ¿qué referentes tenían estas mujeres? Desde Teresa de Jesús, la primera mujer considerada escritora en la literatura española, desde el siglo XVI, casi se pueden contar con los dedos de la mano las mujeres que habían escrito y publicado hasta el siglo XIX. Y, aunque sí consiguieron publicar, también fueron despreciadas por la sociedad, como Emilia Pardo Bazán, quien enfrentó feroces críticas de la prensa satírica. Ella también es otro referente de valentía. Pero claro, romper con este relato de siglos cuesta mucho. Por ello, tenemos también que ser conscientes de que solo algunas han podido contar su historia, pero que la mayoría, no. A las primeras, hay que recordarlas y no perderlas como referentes, sin dejar de explicar por qué las segundas suponen una cifra tan baja.

Ana Santos Aramburo es licenciada en Geografía e Historia, con especialización en Historia del Arte, y Diplomada en Biblioteconomía. Ha trabajado principalmente en la Universidad Complutense de Madrid, donde fue vicedirectora de la Biblioteca de Ciencias Económicas y Empresariales, y directora de la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla. Fue también directora general de Bibliotecas y Archivos del Ayuntamiento de Madrid y de Acción Cultural en la Biblioteca Nacional, institución que dirigió entre 2013 y 2023, hasta su jubilación. Es socia de Clásicas y Modernas.
