Lengua Materna

De Suzette Haden Elgin. Lenguaje y poder de las mujeres.


Suzette Haden Elgin, nacía en Missouri en el año 1936. Amante fiel de la lingüística durante toda su vida, se graduaría en esta ciencia en los años sesenta por la Universidad de San Diego, donde también sería profesora. Para entonces, era ya una mujer adulta, casada por segunda vez tras enviudar de su primer marido y madre de cinco hijos. Comenzaría a escribir novelas de ciencia ficción para poder pagarse los estudios. En 1980, se retiraría de la vida académica en las Montañas de Ozark, Arkansas, espacio este que también ha sido motivo central para novelas de pluma femenina y que nos puede rememorar algún pasaje intencionado de la novela que da la excusa a esta reseña. Se dice de ella que es la primera mujer y lingüista en escribir una lengua artificial o construida. Sobre esto, se podría abrir un paréntesis y remontarnos al S.XII para detenernos en la figura de Hildegarda de Bingen, que inventó la lengua Ignota. Claro que, algunos podrán decir que no era lingüista, pero cómo separar a la mujer de su obra, en una época en la que las mujeres ni siquiera tenían acceso al conocimiento y eran analfabetas. No es necesario señalar que si fue capaz de inventarse toda una lengua, algún conocimiento debía de tener que la convierta automáticamente en lingüista o experta en lengua como en los modos y mecanismos para construir una. Pero esto ya sería materia de un, otro debate.

Haden Elgin consideraba que la lengua y la lingüística tienen poder en sí mismas y nos empoderan y dotan de la capacidad de transformar la realidad, o de crearla, en función de lo que la lengua en cuestión represente y transmita. Son herramientas poderosas de creación y

comunicación, además de crear mundos, pero mundos reales de representación. Crea una lengua común y crearás adhesión, identidad compartida y comunidad. Y lo que a ella en particular le interesaba era una lengua que comunicara y representara el mundo de las mujeres; no tener que comunicarnos a través de una lengua androcéntrica que no nos permitía comunicarnos plena y realmente y que nos situaba en una posición subyacente, accesoria, de recurso para uso del hombre. Ella misma, al explicar la intención que había detrás de crear su lengua, el Láadan, detalla que son principalmente dos: una, personal y concreta, que es que para poder escribir la novela no podía hacerlo sobre la nada, sino con una base real, que es la creación de una lengua propia de las mujeres, de expresión de sus realidades; y la otra más utópica e idealista, que era, que si como ella creía, las mujeres no podíamos expresarnos ni modificar nuestra realidad porque lo hacíamos a través de lenguas que nos nos representaban, el Láadan se extendería, se compartiría y se usaría por las mujeres en la práctica. Trabajaría por tanto, dándose un plazo o margen de 10 años vista para observar resultados. Su sorpresa y no sabemos si desilusión, sería comprobar que nada de lo que pensaba sucedió. Ni siquiera obtuvo la posible respuesta de que la lengua estuviera mal construida y se crearan otras mejores y más ajustadas a nuestras necesidades. No, nada de esto sucedió o mejor dicho, nada sucedió. Nadie, ningún medio ni especializado ni feminista, mostró el más mínimo interés en su lengua, en ninguna de las lenguas en las que se tradujo su libro «Lengua Materna», entre ellas el español; y su trabajo, a pesar de tener incluso un diccionario publicado, pasó sin pena ni gloria. Esto le llevó a creer que estaba equivocada y que quizás las mujeres no nos desenvolvíamos tan mal en las lenguas existentes. Pero lo que ella no concibió, fue que la difusión del conocimiento de las mujeres y su puesta en valor, no estaba tampoco en nuestras manos, sino en las de ellos, y que esto era lo que la invisibilizó, también a ella y su trabajo. Por eso, al mismo tiempo, vería cómo otros lenguajes inventados por hombres como el Klingon, se hacían famosos planetariamente y desencadenaban el más absoluto de los intereses de tribus de fans por todo el mundo. El mundo en el que ella vivía funcionaba como en su novela, y ni ella misma fue capaz de interpretarlo en sus propias carnes, no produciendo ese extrañamiento necesario del que nos habla Brecht.

La novela es una distopía futurista de nuestro pasado, el presente de la autora, de un mundo dominado por los hombres, absolutamente, nada novedoso, pero en el que las mujeres hemos terminado por perder todos los derechos que derivan de nuestra humanidad y por consiguiente, aquellos que se consideran fundamentales. Hemos sido despojadas de humanidad y convertidas

en meras herramientas de producción y reproducción. Dos son nuestros usos: como productoras de mano de obra, parimos futuros lingüistas y como esclavas productoras de valiosísimo trabajo, haciendo de traductoras, a su vez, de otros seres y mundos alienígenas sobre los que a su vez hay que ejercer dominio y control, que solo es posible dominando sus lenguajes y su comunicación, a la par que entendimiento. Sin embargo, a los hombres dominadores de todo lo que está a su alcance, tan imbuidos y pagados de sí mismos y lo que de ellos emana, les pasan desapercibidos los lenguajes y formas sutiles de comunicación propios de ‘las otras’, y esto es lo que posibilitará, al menos en apariencia, que las mujeres se organicen y creen sus propios sistemas de comunicación y de resistencia. En un mundo actual en el que está de moda y todo gira en torno a la «batalla por el relato», la novela (no hablamos de la trilogía porque no ya solo no está reeditada salvo esta primera parte, sino que ni se encuentra traducida al completo) está de plena actualidad. Es importantísimo comprobar cómo el mundo se ha construido sobre y con falacias como las científicas, convirtiéndolas, a la ciencia y la medicina básicamente, en pura retórica al despojarlas de su necesario contenido empírico y verdadero. Las referencias a este tipo de justificaciones sobre las que versará la teoría pura que construirá la distopía del futuro de nuestro mundo sobre el pasado, son continuas y a veces muy precisas como podemos comprobar en esta cita cuando por ejemplo, recurre a la autoridad del MIT, para validar la falacia fundacional del supremacismo al establecer el descubrimiento definitivo «no tenían pruebas científicas de la inherente inferioridad mental de las mujeres. Sólo con la publicación, en 1987, del soberbio trabajo de investigación de los premios Nobel Edmund O. Haskyl y Jan Bryant-Netherland del M.I.T., obtuvimos finalmente esa prueba». La novela es una descripción de cómo el poder mal usado, somete, destruye y mata; describe y narra cómo una herramienta como el lenguaje, al servicio del hombre para mantener su condición superior dominante, construye un mundo jerarquizado, clasista y feminicida. La herramienta que ha de servir de puente de comunicación de la humanidad entre esta y otros seres, en lugar de construir paz, destruye. Cómo la dominación que ejerce sobre los sexos se extiende a otros; la una condiciona el resto. Imaginemos un mundo que nos permita contarlo, describirlo desde el femenino genérico, una lengua vehicular que narre con precisión las vivencias, experiencias, emociones y cosmología de quien habla, las mujeres, ¿Qué mundo sería este, cómo sería y quién su agente? En la novela se construye un mundo dentro del mundo construido a través de falacias del hombre, un mundo verdadero a través de una lengua supuestamente artificial. Lo que nos lleva a trastocar los

sentidos de lo verdadero y lo falaz; lo natural y lo artificial. Y serán muy importantes y referencias continuas a la ‘autoritas’ nacida de la ciencia y la medicina como validación a través de la verdad de la superioridad del hombre sobre las mujeres, pero verdades que son falacias científicas, retóricas. Y estaba tan convencida de que una lengua propia, que nos definiera, nos visibilizara y nos hiciera dueñas de nuestra historia, nuestro discurso, nuestra memoria y en definitiva, nuestras vidas en nuestro mundo, era necesaria, que creó una, con su gramática, su sintaxis y su léxico, y para completarla hizo su diccionario. No en balde era lingüista, y feminista. A lo largo de la novela comprobamos un paralelismo entre las mujeres y los alienígenas, los seres no humanoides y cómo nos va llevando por el camino de creación de un lenguaje que sirva para lexicalizar ideas, reflexiones, sensaciones y emociones, mundo en definitiva, que el mundo de los hombres no es capaz de imaginar ni verbalizar, por tanto. La herramienta para conducirnos por este camino, tortuoso pero fascinante, es la creación a través de la ciencia ficción y el suspense, y con ella, nos va seduciendo y captando nuestra atención de forma absolutamente irremediable y placentera. Un mundo de maravillosas mujeres, no por buenas y perfectas o ideales, sino por diversas y complementarias, únicas y genéricas, que nos van adentrando en su mundo, el nuestro, los nuestros. Con trazos de pinceladas certeras exactos, todas nos veremos en alguna y en todas, perfectamente reflejadas. Lo único que nos cabe preguntarnos es ¿A qué precio lograrán sus objetivos y mantener su resistencia y qué obstáculos tendrán que salvar y cuántas deberán sacrificar en el camino? Quién sabe si también veremos nuestro presente en su futuro, y el nuestro en su pasado futurista.

Al menos, seamos autoras de nuestros propios discursos, descripciones y definiciones, y quizás logremos vivir nuestras realidades en nuestro mundo.


Josefina Villar Vega

Josefina Villar Vega
Josefina Villar Vega, nacida en Tarragona en 1969, pero granadina de adopción, donde lleva residiendo prácticamente toda su vida desde los 5 años y en la actualidad, salvo algún intervalo en los que residió en El Cairo por motivos académicos y en Madrid por laborales. Licenciada en Filología Semítica y Graduada en Antropología Social y Cultural por la Universidad de Granada. Especializada en Violencia contra las mujeres. Autora del prólogo del libro de género fantástico de Antonio Marqués, «Thurid».