El Lyceum Club femenino: un laboratorio de ciudadanía femenina


Hablar del Lyceum Club Femenino de Madrid no es únicamente evocar una asociación femenina nacida en la España de las vanguardias. Es, sobre todo, recuperar una voz colectiva que fue silenciada, interrumpida y, durante décadas, relegada a los márgenes de la historia cultural española. El Lyceum nació de una idea radical: de la convicción de que las mujeres tenían derecho a pensar juntas, a debatir en público y a producir cultura sin tutela masculina. En una España donde la presencia femenina en la vida intelectual era todavía excepcional, el Lyceum surgió como un gesto de afirmación y de futuro. No nació contra nadie, pero sí a favor de la autonomía intelectual de las mujeres, en un momento en que esa autonomía resultaba profundamente subversiva. Pero contemos sus inicios.

En abril de 1926 , en la Sala de Juntas del Instituto Internacional (Calle Miguel Ángel, 8) se creaba, bajo la dirección de María de Maeztu, la asamblea constituyente de la asociación femenina más conocida y citada del feminismo español con 115 socias, y el 4 de noviembre de 1926 abría definitivamente sus puertas en la casa de las Siete Chimeneas, con fantasma incluido, en la calle de las Infantas, hoy Ministerio de Cultura, en el corazón de un país que aún debatía los contornos de su modernidad. No fue simplemente la inauguración de una asociación cultural; fue la irrupción pública de una conciencia colectiva largamente gestada. En un contexto marcado por la Dictadura de Primo de Rivera y por una estructura social que reservaba a las mujeres un papel subsidiario en la vida intelectual y política, el Lyceum emergió como espacio de legitimidad, interlocución y afirmación.

Varias futuras socias sentían la necesidad de crear un espacio de debate y de encuentro para las mujeres. María Lejárraga, en Cartas a las mujeres de España, manifestaba ya  este anhelo: 

las mujeres necesitan un rincón con un poco de lumbre, silencio y muchos libros para poder aprender por su cuenta algo de lo mucho que ni la familia ni el Estado se han preocupado de enseñarles

María de Maeztu comprendió, de igual manera que la emancipación femenina no podía limitarse a reformas legales aisladas ni a gestos simbólicos. Era necesario crear una infraestructura cultural propia: un lugar donde las mujeres pudieran reunirse, pensar, debatir y producir saber sin tutela. El Lyceum fue, en ese sentido, una arquitectura moral antes que un espacio físico. Sus salones no eran únicamente salones de té, sino laboratorios de ciudadanía. Oigamos sus palabras:

Se intenta facilitar a las mujeres españolas, recluidas hasta ahora en sus casas, al mutuo conocimiento y a la mutua ayuda. Queremos suscitar un movimiento de fraternidad femenina; que las mujeres colaboren y se auxilien. 1

El modelo no surgía en el vacío. Inspirado en El Lyceum Club fundado en Londres en 1904 y con sedes en otras capitales europeas, el Lyceum español adaptó esas formas asociativas a la singularidad del contexto nacional. En una España donde la educación femenina había avanzado gracias a instituciones como la Junta para Ampliación de Estudios y la Residencia de Señoritas, el club articuló una continuidad entre formación académica y proyección pública. La mujer instruida debía también ser mujer visible. 

La composición de la Junta Directiva condensaba, en su misma estructura, un mapa de la inteligencia femenina española de su tiempo. No se trataba de un mero órgano administrativo, sino de una constelación de trayectorias convergentes, cada una portadora de un ámbito de saber —la educación, el derecho, la literatura, la acción social— y al mismo tiempo trascendía su especialidad para participar en un proyecto común. 

Al frente estaba María de Maeztu que ejercía la presidencia con la serenidad de quien entiende la pedagogía como forma de gobierno moral: su autoridad no emanaba del gesto impositivo, sino de la convicción ilustrada de que solo a través de la educación, la mujer podía emanciparse. A su lado, dos vicepresidentas: Isabel Oyarzabal, periodista y diplomática en ciernes, imprimía a las decisiones un pulso político atento a la actualidad europea, y Victoria Kent aportaba la firmeza jurídica y la conciencia reformista; su presencia recordaba que el pensamiento debía traducirse en legislación y la palabra en derecho efectivo.

En la secretaría, Zenobia Camprubí, con su experiencia cosmopolita y su delicada inteligencia organizativa, tejía puentes entre la creación literaria y la gestión cultural, dotando al club de una dimensión internacional. La maestra Amalia Galárraga actuaba de tesorera y la profesora americana Helen Phillips, directora del Instituto Internacional, fue la vicesecretaria. De la biblioteca se encargó la dramaturga María Lejárraga. En sus reuniones no solo se distribuían tareas; se ensayaba una forma distinta de autoridad, colegiada y dialogante, que desafiaba los modelos jerárquicos dominantes. Si el Lyceum fue laboratorio de ciudadanía, su Junta Directiva fue el primer experimento exitoso: mujeres gobernando un espacio propio con rigor, sensibilidad y una conciencia histórica que convertía cada acuerdo en gesto fundacional.

En cuanto al resto de socias fundadoras, hemos de decir que el Lyceum aglutinó a un amplio abanico de mujeres de la burguesía y de la aristocracia, pertenecientes a tres generaciones de mujeres: la del 98, la del 14 y la del 27, hoy conocidas como Las sinsombrero, gracias a Tania Balló y que configuraron la llamada Edad de Plata de la cultura española. Fue, por tanto, un espacio intergeneracional e interdisciplinar, pues eran mujeres pertenecientes a diferentes áreas del conocimiento. Allí encontramos a las literatas, ensayistas, pintoras, y músicas más señeras de la época, como Ernestina de Champourcín, Mª Teresa León, Concha Méndez, Ángeles Santos, Carmen Conde, María Rodrigo, Elena Fortún, Victorina Durán o Hildegart Rodríguez; a las primeras abogadas, como Clara Campoamor y Matilde Huici; y a médicas y científicas, como las doctoras Aleixandre, Rosario Lacy o Nieves González Barrio. Otras muchas, sin embargo, no ejercían ninguna profesión, pero pertenecían a una élite cultural, al estar casadas con los principales intelectuales de la época. A ellas se refería Concha Méndez, en un tono burlón, como «las maridas». Cabe destacar a Mabel Rick, la mujer de Pérez de Ayala, a Rosa Spottorno, de Ortega y Gasset, Trudy Graa, de Araquistáin, o Dolores Moya, esposa de Marañón. El Lyceum permitió, pues, la creación de una comunidad intelectual femenina estable, y logró transformar trayectorias individuales en una experiencia colectiva, generando lo que hoy denominaríamos una red cultural femenina, y una red de redes, pues muchas de ellas pertenecían ya a varias asociaciones feministas creadas en las dos primeras décadas del XX. Fue, pues, un crisol de voces diversas y de sensibilidades políticas y religiosas diferentes. Un ejemplo de respeto y de convivencia de opiniones plurales, que ya la querrían para sí muchas asociaciones masculinas. 

Por otro lado, el Lyceum, precisamente por esta pluralidad, no se declaró abiertamente feminista, a pesar de que en sus salones se discutió sobre la condición jurídica, política y social de la mujer y se elevó una propuesta de reforma del Código Civil y Penal al Presidente de la Comisión General de Códigos del Congreso. El club no representó una ruptura abrupta con la tradición patriarcal, sino una reinterpretación crítica de ella; su estrategia no fue la confrontación directa, sino la construcción paciente de una autoridad cultural. El rigor intelectual era la herramienta principal de transformación de la condición femenina. 

El club actuó como mediador entre la experiencia privada de las mujeres y la arena pública de la opinión y contribuyó a configurar un discurso colectivo que posteriormente encontraría expresión política en la Segunda República. El debate sobre el sufragio femenino, culminado con la aprobación del voto para las mujeres en 1931, no puede desligarse del clima intelectual generado en espacios como este. Aunque el club no fue un órgano partidista, su labor pedagógica creó condiciones de posibilidad de una ciudadanía femenina de pleno derecho.

El Lyceum estaba estructurado en diferentes secciones: social, literaria, artes plásticas e industriales, música, ciencias, internacional y, posteriormente, hispanoamericana, desde las que se organizaban un completo programa cultural. Además de las veladas musicales, se realizaron exposiciones de arte, organizadas con un criterio sorprendentemente audaz para la época, ofreciendo un espacio a pintoras y creadoras que raramente encontraban salas dispuestas a exhibir sus obras. Se celebró el primer salón de las dibujantas, donde expusieron carteles Victorina Durán, Piti Bartolozzi, Marga Gil Roësset, Delhy Tejero o Viera Sparza En sus paredes también colgaron lienzos las hijas de Sorolla, Ángeles Santos, y Maruja Mallo hizo los decorados de la obra de teatro de Concha Méndez, El ángel cartero. 

Ernestina de Champourcín relataba divertida, en su correspondencia con Carmen Conde, los concursos de poesía de autoría femenina, donde participaban las jóvenes poetas en igualdad de condiciones que las grandes voces femeninas del pasado, como Santa Teresa, Sor Juana Inés de la Cruz, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Carolina Coronado. El triunfo fue para sor Juana Inés de la Cruz.

Y luego estaban los recitales, donde la solemnidad académica cedía terreno a la sorpresa. Uno de los episodios más recordados fue la intervención de Rafael Alberti, quien, en pleno fervor surrealista, se presentó en el Lyceum vestido como un clown, con una larga levita, cuello de pajarita y un sombrerito hongo. Llevaba una paloma enjaulada en una mano y un galápago en la otra. La escena, casi cinematográfica, rompía cualquier expectativa de compostura. El título de la conferencia o performance marcaba ya el tono: “Palomitas y Galápago (No más artríticos)”. Al grito de “¡Viva la estulticia!”, arremetió contra Juan Ramón Jiménez, Ortega, Pérez de Ayala y otras eminencias, mientras sus esposas escuchaban, atónitas, cómo despotricaban contra sus maridos. Se levantó una gran polémica.

También dejó su huella Federico García Lorca, quien habló sobre “Imaginación, inspiración y evasión en poesía” y Unamuno leyó su obra Raquel encadenada.

No todos, sin embargo, mostraron la misma disposición. Jacinto Benavente, figura consagrada y premio Nobel, declinó la invitación a ofrecer una conferencia en el club. La negativa —envuelta en cortesías formales— se ha hecho famosa: «¡Yo no doy conferencias a tontas y a locas!». ¿Temía quizá legitimar con su presencia aquel espacio exclusivamente femenino? ¿O simplemente no supo leer el signo de los tiempos? Sea como fuere, su ausencia tuvo un efecto paradójico: reforzó la autonomía del Lyceum, que continuó su programación sin necesitar la bendición de todos los próceres literarios.

Pero no todo fue divertimento. También se llevó a cabo una importante labor social que fructificó en la llamada “Casa del Niño”, dirigida por Consuelo Bastos. No fue un gesto filantrópico aislado, sino la cristalización de una conciencia social que entendía el feminismo no solo como conquista de derechos civiles para una élite ilustrada, sino como solidaridad activa con las mujeres trabajadoras. Surgió como respuesta a una realidad concreta: la precariedad en la que muchas madres obreras debían dejar a sus hijos, mientras cumplían largas jornadas de trabajo. En una España donde la protección social era aún incipiente, la maternidad se vivía a menudo como una tarea solitaria, sin redes institucionales de apoyo. El Lyceum, consciente de esta fractura entre la mujer burguesa y la mujer obrera, quiso tender un puente que no fuera paternalista, sino cómplice. En aquel espacio —más que guardería, más que aula— se ofrecía cuidado, alimentación, higiene y una primera educación orientada por criterios pedagógicos modernos. La influencia de las corrientes renovadoras, difundidas en España por la Institución Libre de Enseñanza, se hacía sentir en la atención a la dignidad del niño como sujeto, no como simple receptor pasivo de asistencia. Cada gesto cotidiano —lavar unas manos, servir un plato caliente, leer un cuento— adquiría un significado político: dignificar la infancia, afirmar que la pobreza no debía equivaler a abandono.

Desde una perspectiva historiográfica, la Casa del Niño puede interpretarse como una forma temprana de intervención social con enfoque de género. Mucho antes de que el Estado asumiera responsabilidades en materia de conciliación y protección infantil, el Lyceum ensayó un modelo en el que el cuidado dejaba de ser un asunto exclusivamente privado para convertirse en cuestión pública. Así, la institución ampliaba el horizonte del feminismo: la emancipación no podía restringirse únicamente al acceso a la universidad o al sufragio; debía incluir la redistribución del tiempo y del trabajo doméstico.

Pero el camino no fue fácil. El Madrid de los años veinte, tan moderno para unas cosas, se mostró cavernario para otras. La mera existencia del Lyceum Club Femenino provocó recelos inmediatos en los sectores más conservadores de la sociedad española. No era necesario que sus socias proclamaran consignas incendiarias: bastaba con que se reunieran solas sin pedir permiso, deliberaran sin tutela masculina y organizaran un programa intelectual autónomo para que la sospecha se activara. En un país donde la sociabilidad pública había sido durante siglos patrimonio casi exclusivo de los hombres, un club femenino evocaba una inversión inquietante del orden simbólico. Como rememoraba M.ª Teresa León en Memoria de la melancolía:

en los salones de la calle de las Infantas se conspiraba entre conferencias y tazas de té. Aquella insólita independencia mujeril fue atacada rabiosamente. El caso se llevó a los púlpitos, se agitaron las campanillas políticas para destruir la sublevación de las faldas». Y añade: «el Lyceum Club no era una reunión de mujeres de abanico y baile. Sabían propuesto adelantar el reloj de España. 

Las críticas adoptaron diversas formas. Desde la prensa tradicionalista se las tachaba de antipatrióticas, masonas, ateas y destructoras de la familia, cuando no de ser un foco de vicio y de perdición. Se las acusó incluso de tener un fumadero de opio. Bajo estas descalificaciones latía un temor más profundo: la erosión de una jerarquía social basada en el patriarcado. En el clima ideológico de finales de los años veinte y comienzos de los treinta, marcado por el auge de los nacionalismos autoritarios en Europa, la autonomía femenina podía interpretarse como síntoma de decadencia. Para ciertos pensadores reaccionarios, la mujer que debatía sobre política o literatura abandonaba su misión primordial de ángel del hogar y contribuía a la disolución del orden. Así, el Lyceum se convirtió en blanco de una retórica que mezclaba paternalismo, ironía y alarma moral.

Especialmente revelador resultó el tono jocoso y provocador con que Ernesto Giménez Caballero aludió al club en su texto “Las mujeres de Cogul”. Figura clave de la vanguardia literaria y posteriormente vinculado al ideario fascista español, Giménez Caballero desplegó en ese escrito una sátira ambigua, en la que combinaba admiración estética y burla ideológica. Calificaba a Victoria Kent de «amazona casitérida» que, como jefa del grupo, quería imponer una «moral virófila y patriarquida».  Al evocar las pinturas rupestres de Cogul —donde un grupo de figuras femeninas danzan en torno a un hombre— establecía un paralelismo irónico con las socias del Lyceum, sugiriendo que aquella modernidad femenina no era sino una reedición primitiva, casi tribal, de una feminidad que rodea, adorna o desafía lo masculino.

El recurso a la prehistoria no era inocente. Al comparar a las mujeres cultas del Lyceum con figuras rupestres, el autor despojaba su proyecto de contemporaneidad y lo reducía a espectáculo pintoresco. El humor funcionaba como mecanismo de neutralización: ridiculizar era una forma de desactivar la amenaza. Sin embargo, bajo la ironía se percibe también la fascinación que aquellas mujeres ejercían sobre un intelectual que entendía la modernidad como escenificación. 

La crítica jocosa de Giménez Caballero ilustra un fenómeno más amplio: la dificultad de encajar la emancipación femenina en los marcos ideológicos tradicionales. Esto parece ser una inercia histórica: siempre que las mujeres avanzan, algunos hombres retroceden y se desempolvan teorías misóginas. La risa, en este contexto, no era simple entretenimiento; era un gesto político. Convertir en caricatura a las socias del Lyceum permitía mantener intacto el imaginario de la mujer doméstica, al tiempo que se evitaba un enfrentamiento argumentativo más serio.

Con todo, estas críticas no lograron desarticular el proyecto. Más bien contribuyeron a definirlo por contraste. Al ser objeto de sátira y sospecha, el Lyceum confirmó su capacidad de alterar sensibilidades y de introducir fisuras en el consenso conservador. La burla revelaba, paradójicamente, la eficacia simbólica de la institución: solo aquello que inquieta merece ser ridiculizado con tanto ahínco.

En definitiva, las resistencias conservadoras —desde la admonición moral hasta la ironía literaria— forman parte inseparable de la historia del Lyceum. Son el negativo de su fotografía luminosa. Allí donde la crítica veía extravagancia o desorden, se estaba gestando una nueva gramática de la presencia femenina en la esfera pública. Y en esa tensión entre admiración y rechazo se inscribe buena parte de la significación histórica del club. 

Pero la historia de España es una historia de luces que a veces se apagan de golpe. 1936 trajo el estruendo, y 1939 trajo el silencio.

La Guerra Civil interrumpió abruptamente esta trayectoria. Con el triunfo del franquismo, el Lyceum fue clausurado —se transformó en el Círculo Medina de la Sección Femenina—y sus integrantes, dispersadas o silenciadas. Se abría para muchas de ellas el largo camino del exilio. La represión cultural borró durante décadas la memoria de aquel club. Sin embargo, la desaparición institucional no anuló su legado. Su ejemplo demuestra que la transformación social requiere espacios de encuentro y de debate donde el pensamiento se ensaye antes de institucionalizarse.  

Si se contempla el Lyceum desde la larga duración histórica, puede interpretarse como un eslabón en la genealogía del feminismo español. El club institucionalizó la presencia femenina en el debate cultural y la afirmación de la mujer como sujeto histórico. Su legado es fundamentalmente una metodología: la convicción de que el conocimiento compartido cambia las estructuras, aunque sea lentamente. La poética del Lyceum reside en esa conjunción de rigor y esperanza. Frente a un orden que pretendía confinarlas al ámbito doméstico, ellas respondieron con libros, conferencias y debates encendidos. La cultura se convirtió en su trinchera de combate.

Así, el Lyceum Club Femenino de 1926 no debe recordarse únicamente como una institución histórica, sino como un gesto inaugural. En la penumbra de un país que aún dudaba de la voz femenina, se encendió una lámpara colectiva. Su luz no abolió de inmediato las sombras, pero trazó un camino. Y en ese camino, todavía hoy, resuena la convicción de que la emancipación comienza cuando una comunidad decide pensarse a sí misma con libertad.

Recuperar, en su centenario, la historia de esta red de afectos intelectuales significa reconocernos dentro de esa genealogía femenina interrumpida, pero no extinguida. Nombrar hoy al Lyceum es volver a abrir esa habitación propia del pensamiento y de la amistad.

Debemos recordar y agradecer que somos las herederas de estas mujeres. Hemos de ser muy conscientes de que cada vez que una de nosotras levanta la voz para defender la igualdad, el arte o la justicia, hay un eco que resuena en la Casa de las Siete Chimeneas. 

  1. Sánchez Ocaña, V., «Queremos, dice su Presidenta, suscitar un movimiento de fraternidad femenina», El Heraldo de Madrid, 5-11-1926.

Mercedes Gómez-Blesa es doctora en filosofía y ensayista.  Ha centrado sus investigaciones en la obra de las artistas, escritoras y ensayistas de la Edad de Plata, muy especialmente, en la de María Zambrano, autora a la que ha consagrado el ensayo La razón mediadora: Filosofía y Piedad en María Zambrano (2008), con el que obtuvo el Premio Gran Vía de Ensayo, y ha realizado la edición crítica de los siguientes libros: Las palabras del regreso (1995), Unamuno (2003), Pensamiento y poesía en la vida española (2004) Claros del bosque (2011) y La agonía de Europa (2023). En 2007 publicó Las Intelectuales Republicanas: la conquista de la ciudadanía (2007) y su primer poemario Los nuevos bárbaros. En 2009 apareció Modernas y vanguardistas. Mujer y democracia en la II República. Preparó en 2018 la edición crítica de La mujer Moderna y sus derechos de Carmen de Burgos y publicó Modernas y vanguardistas. Las mujeres-faro de la Edad de Plata (2019). Sus últimos ensayos son Estéticas de la ausencia (2021) y La constelación femenina de María Zambrano (2026). Es patrona de la Fundación María Zambrano y directora de las Obras Completas de María Zambrano.