El Lyceum Club de Barcelona: cultura y sororidad
M.ª Ángeles Cabré
Mientras que, gracias a la documentación conservada y a los libros que se están escribiendo sobre él, ya conocemos bastante el Lyceum Club de Madrid, la historia del Lyceum Club de Barcelona está aún por escribir. Lamentablemente, más allá de las trazas que la prensa de la época nos brinda, pocos testimonios han quedado de su actividad en aquellos años fecundos. Aunque se da el caso de que Maria Aurèlia Capmany (1918-1991), quien tenía una tía bibliotecaria de ideas avanzadas, Mercè Farnés, lo conoció de la mano de esta cuando era apenas una adolescente: “Me gustaba mucho que la tía me llevara a los tés del Lyceum Club. A los tés, aparte de la maravilla de tantas damas, bien ataviadas con sombreros a cual más atrevido, aparte de alguna pena de viuda, había siempre un concierto o una conversación sobre temas de gran utilidad”. 1
Cuando en la Barcelona de 1931, poco después de la proclamación de la Segunda República, nació en Barcelona el Lyceum Club, hacía tres años que ya existía en la ciudad el Club Femení i d’Esports, una asociación femenina emancipadora que invitaba a las socias a convertirse en mujeres modernas -en la línea de la “mujer nueva” promovida por Aleksandra Kollontái-, ya fuera a través de la cultura, del deporte o de ambas cosas a la vez. Creado a imagen y semejanza del que desde 1926 funcionaba en la capital, el Lyceum Club barcelonés se incorporó pues al asociacionismo femenino ya en ese nuevo marco político, que anunciaba un giro histórico del que las mujeres estaban destinadas a salir reforzadas.
Pero se da la circunstancia de que el Lyceum Club barcelonés estuvo a punto de no existir, porque resulta que su impulsora y primera presidenta, la escritora Aurora Bertrana (1892-1974), lo que en realidad quería era fundar una universidad obrera femenina. Una idea a todas luces utópica y algo peregrina, aunque no por ello menos necesaria. De modo que fue esa propuesta, y no la de crear una filial de los muchos Lyceum Club que ya existían en diversos lugares de la geografía -incluidas varias capitales europeas-, la que Bertrana compartió con algunas amigas y allegadas. Años después lo recordaba en sus memorias, donde explica que también le trasladó sus deseos tanto al entonces alcalde de Barcelona como al entonces consejero de cultura de la Generalitat de Catalunya.
Las amigas y allegadas escucharon el proyecto con interés, aunque ninguna de ellas tuviera la capacidad económica para convertirlo en realidad. Aun así, decidieron juntarse para impulsar alguna iniciativa que beneficiara a las integrantes de su sexo. Y, tras alquilar un despacho en el número 39 de la Via Laietana, celebraron allí una primera reunión. Aunque el resultado no fue precisamente el que Aurora Bertrana esperaba, tal como leemos en sus memorias:
A la salida de la primera reunión ya vi bien claro el fracaso de mi proyecto. Ninguna de aquellas mujeres, por otro lado inteligentes y más bien de ideas avanzadas, aunque completamente burguesas por tradición y por educación, parecía haber entendido lo que yo les proponía. Y, con gran sorpresa mía y profundas dudas sobre mi capacidad de imponerme, resultó que la sociedad llevaría el poco obrerista nombre de Lyceum Club. ¿Qué se podía esperar de provecho para la clase trabajadora femenina de un grupo de mujeres que se reunía bajo el nombre de Lyceum Club?. 2
Tras unos años de actividad, la Guerra Civil acabó con el Lyceum Club barcelonés, como con casi todo, y el largo franquismo apagó definitivamente los rescoldos de su memoria. De ahí que cayera en el más nebuloso de los olvidos. Hasta que en otoño de 2019 -a petición mía-, el Ayuntamiento de Barcelona instaló en su primera sede, en el 39 de la Via Laietana, una placa que lo recuerda y que reza así:
LYCEUM CLUB DE BARCELONA (1931-1939)
Aquí tuvo su sede esta agrupación femenina, que bajo el lema <libertad y cultura> fue espacio de sororidad.3
Conocemos la fecha del nacimiento de la asociación, julio de 1931, porque diversas publicaciones se hicieron eco del feliz acontecimiento. Así, el manifiesto del Lyceum Club barcelonés apareció en La Publicitat, en La Veu de Catalunya y también en La dona catalana, la revista dirigida por el padre de la periodista y escritora Anna Murià (1904-2002), quien en esos años era un puntal en el Club Femení i d’Esports, donde se ocupaba de las actividades culturales. El manifiesto lo firmaban Aurora Bertrana, Maria Pi de Folch, Enriqueta Sèculi -fundadora del Club Femení i d’Esports-, Anna Miret, Carme Cortès d’Aiguader -esposa del entonces alcalde de Barcelona-, Mercè Ros, Montserrat Graner de Bertran, Isolina Viladot, Leonor Serrano de Xandri, Maria Carratalà, Josefina Bayona de Cortès y Amanda Llebot.
Bajo el lema de “libertad y cultura”, dicho manifiesto invitaba a las mujeres a leer los estatutos y sumarse a su aventura. Las firmantes reclamaban atención y suscripciones para poder así seguir adelante con su empresa, que definían así:
Nuestra agrupación no aspira a ser una sociedad más donde las mujeres de espíritu más o menos selecto se reúnan para tomar una taza de té, hojear un magacín, escuchar una pequeña conferencia o un concierto íntimo, ni tampoco a convertirse en un grupo de mujeres, impregnadas de indignaciones, poco o muy santas, que quieren hacerle la guerra al hombre, reclamar toda clase de derechos y lanzar la llama inflamada del más feroz feminismo. Ni una cosa ni la otra, pero un poco de cada una.
Queremos educarnos e instruirnos sobre estos aspectos concretos: Política, Derecho, Higiene, Sociología económica y moral, Arte y Literatura, procurándonos estas enseñanzas mediante cursos, conferencias, conversaciones, especializaciones encargadas a técnicos de dentro o de fuera del Club, pero de reconocida solvencia. Y, sobre todo, deseamos hacer a la mujer un poco menos desvalida, instruyéndola, procurándole conocimientos sobre higiene, leyes, el alcance de sus derechos, moral, economía y política.4
Asimismo, el manifiesto afirmaba que el Lyceum Club de Barcelona no quería rivalizar con ninguna otra entidad, de ahí su vínculo de amistad y apoyo mutuo con el Club Femení i d’Esports. Pasó el verano, el primer verano de la Segunda República, y el 15 de octubre de 1931 el Lyceum Club barcelonés fue presentado en sociedad en el Ateneu Barcelonès. Fue su presidenta, Aurora Bertrana, quien pronunció la conferencia inaugural, titulada ilustrativamente “Nuestro feminismo”. Quedaba claro que el Lyceum Club no había nacido para complacer, sino para agitar. Aquel día hubo incluso quien abandonó la sala entre quejas airadas. Y ciertamente había motivos, pues Bertrana soltó perlas como esta:
La Iglesia Católica, establecida en España como una poderosa fuerza abrumadora espiritual y socialmente, ha trabajado activamente para conservar la ceguera espiritual femenina, para mantener el alma de la mujer apocada, inactiva, encerrada en una prisión hermética de convencionalismos, de supersticiones, de terrores.5
Eso mismo había dicho repetidamente la librepensadora Ángeles López de Ayala, por aquel entonces ya fallecida y quien en 1910 impulsó en Barcelona la primera manifestación masiva de mujeres precisamente para liberarlas del peso de la controladora Iglesia Católica, que tanto ha contribuido a perpetuar los nefastos roles de género. Aunque, por otro lado, Bertrana anunciaba que el feminismo del Lyceum Club no sería un “feminismo exagerado”, sino un feminismo “sin estridencias”, que admitía la colaboración de las mujeres en el mantenimiento del patriarcado -aunque ella no hablara aún de patriarcado-. La suya era una manera conciliadora de atraer socias, de ahí que afirmara asimismo que la palabra feminismo había sido muy a menudo mal interpretada.
De todos modos, aunque contribuyera y mucho a su primer impulso, Aurora Bertrana no tardó en dejar de ser la capitana que guiaba en Lyceum Club barcelonés pues, como ella misma explicó en sus memorias:
Si el Lyceum Club no correspondía en nada a lo que yo había soñado, yo tampoco correspondía en nada a lo que las socias codirigentes esperaban de mí. Viéndolo todo perdido, me dedique a pasar allí el rato. Iba en los momentos que tenía libres, no intervenía en ninguna discusión relacionada con la dirección, esperaba la ocasión de presentar la dimisión, que era también lo que deseaban y esperaban las impulsoras del club.6
Era evidente que el espíritu indómito y asilvestrado de la escritora no encajaba en aquella “sociedad recreativa” -como ella misma la llamaba-, mientras que afortunadamente otras compañeras estaban más que satisfechas con la orientación y los objetivos de la asociación. Así, mientras Bertrana trocaba las reuniones del Lyceum Club por las asambleas en Esquerra Republicana de Catalunya -el partido donde ingresó entonces, para llegar a ser candidata a diputada en las elecciones de 1933-, otras socias como por ejemplo la periodista y escritora María Luz Morales (1890-1980) siguieron alentando ese espacio de cultura y sororidad. De hecho, en la primera junta directiva de la entidad Morales ocupó el cargo de vicepresidenta.
En Barcelona de aquellos años, María Luz Morales era una de las personas más indicadas para remar a favor del Lyceum Club. Periodista cultural y escritora de renombre que durante los primeros meses de la Guerra Civil dirigiría La Vanguardia -pasando a convertirse así en la primera mujer en dirigir un periódico generalista y de tanta importancia en España-, Morales frecuentaba asiduamente el Lyceum Club de Madrid. Seguramente era algo parecido a una socia visitante o de paso.
Asimismo, Morales tenía una excelente relación con María de Maeztu, su presidenta, a quien conocía de sus estancias en la Residencia de Señoritas -que Maeztu dirigía-, pues allí se hospedaba cuando visitaba la capital. Célebre es por ejemplo una ocasión en la que hizo de cicerone por Madrid ni más ni menos que a Marie Curie, quien como no le gustaban los hoteles también se hospedaba en la Residencia. Eso sucedió en 1931, año en el que Morales hizo realidad uno de sus sueños: impulsar en Barcelona la Residencia Internacional de Señoritas Estudiantes, sita en el palacio de Pedralbes, que antes de la proclamación de la República había sido residencia real.
Sin duda María Luz Morales fue una pieza importante en esos primeros pasos del Lyceum Club barcelonés y es seguro que fue ella quien incluyó entre los invitados a algunos de los nombres destacados de la cultura de la época, como por ejemplo la actriz Margarita Xirgu. A pesar de la discreción que la caracterizaba, como crítica cinematográfica, teatral y literaria su agenda de contactos debía de ser considerable, pues se movía en diversos ambientes y en todos ellos era bienvenida gracias a su incontestable profesionalidad. Lamentablemente, en sus recuerdos de los años treinta no incluye el relato de su participación en el Lyceum Club.7
Sin Aurora Bertrana, el Lyceum Club siguió su marcha. Presentaciones, conferencias, cursillos, exposiciones, conciertos… Actividades relacionadas con el arte, la literatura, la sociología e incluso la política llenaron los días de esa asociación que creía en el talento femenino y en su libre desarrollo, exento de ataduras. Incluso llegaron a poner en marcha un grupo teatral. A la breve presidencia de Bertrana, siguieron la de la dramaturga Carme Montoriol (1892-1966) -traductora asimismo de los sonetos de Shakespeare-, la pianista y crítica musical Maria Carratalà (1899-1984) y, finalmente, la pedagoga Maria Baldó (1884-1964).
Espigando la prensa de esos años encontramos algunas entrevistas a dichas capitanas. Es el caso de la visita que Anna Murià le hizo a Carme Montoriol y que publicó en La Rambla. La entrevistadora fue a visitarla a la sede de la Via Laietana, donde aún se hallaba la entidad, y le preguntó sobre los proyectos inminentes. Montoriol le mencionó el inminente traslado a una nueva sede, donde podrían llevar a cabo algunos proyectos que el reducido tamaño de la sede actual les impedía realizar. Cabe decir, sin embargo, que muchas actividades tenían lugar en otros emplazamientos de la ciudad, como por ejemplo el Ateneu Barcelonès.
Montoriol le explicó a Murià que la cultura era el eje central del Lyceum Club y con ella la educación de las mujeres, que consideraba su misión. Creía firmemente en la necesidad de educar a las mujeres adultas, de complementar su formación. Frente a la nueva legalidad republicana, se abrían nuevos horizontes para las mujeres y estas tenían que estar preparadas: “Porque de ahora en adelante, con la completa igualdad de sexos frente a la ley la mujer pesará en la administración de la cosa pública igual que los propios hombres”.8
Al Lyceum Club barcelonés aún le quedaban algunos años prósperos, años de sumar socias, iniciativas, de logros. La entidad había trasladado su sede al número 18 de la calle de Fontanella, en las inmediaciones de la plaza de Catalunya. Lástima que no contara con una revista, como sí hizo el Club Femení i d’Esports, que editó el Portanveu, porque de este modo dispondríamos de más información, aunque sí sabemos que, al igual que el Lyceum Club madrileño, la entidad disponía de diversas secciones que algunas socias expertas guiaban. De inauguraciones, conciertos, banquetes y aniversarios han quedado trazas fotográficas que nos ayudan a atrapar su alma.
Hasta que en julio de 1936 se produjo el alzamiento de las fuerzas sublevadas y el gobierno republicano empezó a zozobrar. La Guerra Civil alteró sustancialmente el rumbo del Lyceum Club y, a la postre, obligó a clausurarlo. Al estallar la contienda, seguramente por iniciativa de la junta directiva, las socias se dedicaron a recaudar dinero y hacer mochilas para enviar el frente. Calcetines, mantas, cantimploras y vete a saber qué otros objetos fueron enviados a los combatientes que defendían la legítima República con pocos medios.
Ignoramos cuando cerró definitivamente sus puertas el Lyceum Club barcelonés, pero es fácil imaginar que los crueles bombardeos que cayeron sobre la Ciudad Condal contribuyeron notablemente a su fin. Es evidente que la proximidad de su sede a la plaza de Catalunya amenazaba su integridad y en cualquier momento podía caer una bomba traidora sobre el edificio. Las imaginamos desmantelando las instalaciones que tan esmeradamente habían ayudado a decorar. Debió de ser triste tener que cerrar aquel espacio de cultura y sororidad que durante los gloriosos años de la Segunda República las hizo más cultas y libres. Después, el silencio.
1 CAPMANY, María Aurèlia: “Aquelles dames d’altres temps” (Barcelona, Editorial Planeta, 1990, pg. 57)
2 BERTRANA, Aurora: Memòries fins al 1935 (Girona, Diputació de Girona, 2026; edición de Adriana Bàrcia y Ester Vinyes-Miralpeix, pg. 544). La traducción del catalán es mía, así como las que siguen a continuación.
3 Traducido del catalán.
4 Traducido del catalán.
5 BERTRANA, Aurora: “El nostre feminisme”. En el álbum Aurora Bertrana (Barcelona, PEN Català, 2017; coordinado por Adriana Bàrcia; pg. 32). Traducido del catalán.
6 BERTRANA, Aurora: Memòries fins al 1935 (Ídem)
7 MORALES, María Luz: Alguien a quien conocí (Sevilla, Editorial Renacimiento, 2019; edición de M.ª Ángeles Cabré)
8 MURIÀ, Anna: “L’obra social de dues escriptores. Carme Montoriol i Maria Teresa Vernet. I. Carme Montoriol i Puig, presidenta del Lyceum Club. La seva qualitat en literatura i les seves idees sobre la formación social de la dona” (La Rambla, 21-XI-1932)

M.ª Ángeles Cabré
(Barcelona, 1968) es escritora y crítica literaria especializada en literatura de mujeres. Ha publicado poesía, narrativa y diversos ensayos como Leer y escribir en femenino, A contracorriente. Escritoras a la intemperie del siglo XX, Miralls creuats: Roig/Capmany (Premio de Ensayo Josep Vallverdú 2016) o Barcelona y sus escritoras. Su último libro es La generació oblidada. Lletraferides republicanes (2026), un retrato de las escritoras y periodistas de los años 30 en Cataluña.
