Martín_Santos_Yubero

Lyceum Club Femenino. Celebración de su Centenario


¿Qué cambia en la vida de una mujer cuando encuentra un lugar donde sus ideas cuentan y sus aspiraciones dejan de parecer una extravagancia? Para la generación que impulsó el Lyceum Club Femenino de Madrid en 1926, aquella experiencia abrió posibilidades hasta entonces difíciles de imaginar. El Club ofreció un espacio propio para aprender, crear, debatir y participar en la vida pública con autonomía. Allí encontraron amigas, interlocutoras y apoyos para desarrollar sus vocaciones; juntas pudieron reconocer que muchas de las dificultades que vivían como problemas personales respondían a una condición compartida. El Lyceum fue una escuela de ciudadanía y una plataforma de colaboración desde la que ensayaron otras maneras de ser mujeres. Celebrar su centenario permite comprender cuánto debió la modernidad española a ese proyecto colectivo y por qué su legado merece formar parte de nuestra memoria común.

La necesidad de este centenario nace, por tanto, de una deuda que sigue abierta. La actividad de las lyceístas fue real, pública y fecunda; su escasa presencia durante décadas en los relatos de la modernidad española no puede confundirse con una falta de relevancia. Las hubo escribiendo, enseñando, traduciendo, investigando y promoviendo cambios jurídicos y sociales. Estuvieron presentes en los acontecimientos de su época, aunque después se debilitara o se borrara su lugar en la narración de esos acontecimientos. Volver al Lyceum exige examinar esa distancia entre participación y reconocimiento. Lo que está en juego es la veracidad de una historia cultural que ha ofrecido como representación de todos una selección profundamente desigual de sus voces.

Conmemorar permite también recuperar una conciencia colectiva. La atención a algunas creadoras excepcionales ha sido fundamental para abrir caminos de investigación y de lectura, pero la experiencia del Lyceum revela una dimensión que el relato de las individualidades no alcanza a explicar por sí solo. Allí se compartieron conocimientos, contactos y oportunidades; se aprendió a confiar en la propia capacidad al encontrar reconocimiento en otras mujeres. Las trayectorias personales pudieron crecer dentro de una comunidad que les proporcionaba interlocución y acogida. El centenario nos invita a comprender cómo se construyen esas condiciones de posibilidad y a reconocer la importancia histórica de quienes las sostuvieron, incluso cuando no dejaron una obra célebre o una biografía ampliamente conocida.

Hay, además, una responsabilidad hacia el porvenir. Una conmemoración puede devolver durante unos meses la atención a una institución y dejar intactas después las razones de su olvido. Para que la celebración tenga consecuencias duraderas, debe traducirse en investigación, conservación de archivos, edición de obras, enseñanza y presencia pública. Hace falta que las nuevas generaciones conozcan a estas mujeres, sin tener que padecer primero el largo aprendizaje de su ausencia. El centenario será más fértil si ayuda a transformar la recuperación en transmisión: si lo que hoy reconocemos puede ser recibido mañana como parte de una herencia cultural compartida.

Desde los márgenes dedica este monográfico al Lyceum con esa voluntad y agradezco a Cristina Guirao, directora de la revista, que me haya encargado la edición de este número. El nombre de la peopia revista adquiere aquí una resonancia precisa: las lyceístas fueron desplazadas hacia las orillas de una historia en cuya elaboración habían participado. Regresar a ellas supone ensanchar el campo de la mirada y revisar los criterios con los que se decide el canon y qué personas merecen ser recordadas. Bajo la propuesta de pensar el Club como un espacio donde se abre la posibilidad de una nueva agencia femenina, este número reúne perspectivas que se iluminan mutuamente. La historia de la asociación, la autonomía profesional, los cuidados, las políticas del afecto, la escritura íntima, la libertad sexual y la creación artística componen una experiencia cuya riqueza necesita ser atendida desde distintos lugares.

La sección de artículos se abre con «El Lyceum Club Femenino: un laboratorio de ciudadanía femenina», donde Mercedes Gómez Blesa, reconstruye la trayectoria de la institución y profundiza más en su significación como espacio donde se fraguaba la conquista de la autonomía de las mujeres. La expresión «laboratorio de ciudadanía» remite a una práctica de aprendizaje y transformación. Cuando el Lyceum abrió sus puertas en la Casa de las Siete Chimeneas, el 4 de noviembre de 1926, las mujeres vivían bajo restricciones que limitaban su capacidad de intervenir en la vida pública y de decidir sobre sus propias vidas. La institución les permitió ejercitar formas de participación antes de que algunas de sus demandas se convirtieran en derechos reconocidos. Hablar en una reunión, asumir una responsabilidad, organizar una exposición o discutir una reforma legal eran actos concretos mediante los cuales se adquiría experiencia de autonomía. En ellos podía anticiparse una ciudadanía que aún estaba por conquistar.

Disponer de una sede propia tuvo una importancia decisiva. La libertad necesita lugares donde hacerse efectiva: una mesa alrededor de la cual conversar, una biblioteca donde estudiar, una sala donde presentar una obra, un entorno donde formular preguntas sin pedir autorización para plantearlas. El Lyceum hizo posible que las mujeres se encontraran como interlocutoras y organizadoras de la vida cultural. También abrió una relación distinta con el tiempo: las horas dedicadas a aprender o crear podían empezar a ser reconocidas como una necesidad legítima de sus vidas, en lugar de quedar subordinadas permanentemente a las obligaciones familiares que otros habían previsto para ellas.

Ese espacio no surgió de la nada. Lo precedieron iniciativas educativas, asociaciones de mujeres, viajes e intercambios que habían ampliado los horizontes de muchas de sus integrantes. La Residencia de Señoritas, el Instituto Internacional y las redes de formación y sociabilidad femenina forman parte de esta genealogía. Recordarlo permite situar el Lyceum dentro de un proceso más amplio y evitar que su centenario eclipse a quienes prepararon el terreno. La emancipación se fue construyendo mediante esfuerzos sucesivos, con avances desiguales, tensiones y formas diversas de entender los cambios necesarios. El club reunió parte de esa energía y le dio continuidad organizativa.

El estudio de Rocío González Naranjo sobre el perfil de las socias contribuye a revisar una de las imágenes más recurrentes del Lyceum: la de un círculo de mujeres aristócratas y burguesas que llenaban sus horas desocupadas con conferencias y reuniones. Su investigación devuelve protagonismo a la actividad profesional y a la búsqueda de independencia económica de sus socias. Desempeñaron una pluralidad de profesiones liberales que desmiente esta supuesta ociosidad de las liceístas de la clase acomodada. Muchas de ellas ejercieron la enseñanza, el periodismo, la medicina, el derecho. Fueron escritoras, artistas, músicas, bailarinas, traductoras, filólogas, periodistas y también farmacéuticas, Psicólogas, químicas y físicas. Sus oficios componen un panorama laboral complejo. Esta revisión requiere atender también a las diferencias de clase. No todas pertenecieron a la aristocracia. Las posibilidades de formación y los recursos disponibles no se distribuían de manera igual entre estas mujeres. Reconocer la iniciativa de las socias exige situarla dentro de esas desigualdades. Al mismo tiempo, conviene observar los proyectos mediante los cuales trataron de responder las necesidades de las mujeres trabajadoras que no pertenecían a su propio entorno. La historia del Lyceum gana profundidad cuando se estudian tanto los límites de su composición social, como las formas de apertura que ensayó hacia la precariedad laboral de otra mujeres y hacia la infancia.

La contribución de Marifé Santiago-Bolaños amplía esta perspectiva al pensar el Lyceum desde las razones mediadoras y las políticas del afecto. Su lectura muestra el alcance de las relaciones que permitieron compartir saberes y sostener iniciativas entre mujeres de distintas edades y trayectorias. La amistad puede adquirir una dimensión política cuando fortalece la capacidad de actuar y transforma la soledad en interlocución. Esa trama afectiva no elimina los desacuerdos ni convierte a sus protagonistas en figuras idealizadas. Permite comprender, en cambio, cómo una comunidad se construye a través de prácticas de atención, colaboración y reconocimiento que hacen habitable la libertad.

Los vínculos tuvieron también una importancia decisiva para quienes buscaban vivir sus afectos fuera de las normas dominantes. María Teresa Rodríguez de Castro se aproxima al círculo sáfico y a la memoria de mujeres como Victorina Durán, Elena Fortún o Matilde Ras. El recorrido que propone entre escritura, creación y vida afectiva permite explorar los espacios de acogida y complicidad que acompañaron algunas de sus trayectorias. La autonomía personal incluye el derecho a amar y a dar forma libremente al propio deseo; por eso, una historia de la ciudadanía resultaría incompleta si dejáramos fuera las relaciones afectivo-sexuales no normativas, relaciones que debieron ocultarse por la condena social, moral y religiosa que pesaba sobre ellas. Esta memoria exige una atención especial a lo dicho y a lo silenciado. Las cartas, los manuscritos y las obras conservadas pueden contener decisiones de reserva, temores y maneras indirectas de nombrar una experiencia. Acercarnos a ellos requiere respetar su complejidad y evitar que la necesidad de recuperar una historia se convierta en una simplificación de las vidas que la hicieron posible. Los márgenes del documento, sus vacilaciones y sus interrupciones también forman parte de lo que podemos aprender. Allí donde la expresión pública entrañaba riesgos, escribir y conservar lo escrito podían ser actos de una enorme transcendencia.

La investigación de Gloria Nielfa Cristóbal sobre la Casa de los Niños ocupa un lugar fundamental en esta reflexión. Su reconstrucción documenta el esfuerzo por crear y mantener un centro destinado a cuidar, alimentar y educar a criaturas cuyas madres necesitaban trabajar fuera del hogar. La labor impulsada por Consuelo Bastos y otras integrantes de la Sección Social permite comprender que la emancipación tenía una dimensión material ineludible. Para una madre trabajadora, disponer de un lugar donde sus hijos recibieran atención podía modificar las condiciones de su jornada y de su subsistencia. La autonomía no se resolvía únicamente en el reconocimiento abstracto de una capacidad: necesitaba medios para ejercerse.

El cuidado aparece aquí como una cuestión que concierne a la organización de la sociedad. Los reglamentos, la financiación, la atención sanitaria y el trabajo cotidiano que Nielfa examina revelan la complejidad de una iniciativa que aspiraba a ofrecer una respuesta concreta a un problema colectivo. Mirar esa experiencia desde el presente permite preguntarnos qué apoyos hacen posible la participación y quién asume el coste de su ausencia. También ayuda a reconocer una parte del trabajo institucional que suele quedar fuera de las narraciones centradas en acontecimientos brillantes: administrar, mantener, acompañar y conseguir que una promesa de ayuda se cumpla cada día.

La aproximación de Carmen M.ª Pujante Segura a los diarios de mujeres vinculadas al Lyceum abre otra vía hacia esas zonas menos visibles. La autora atiende a un conjunto de escrituras personales cuya publicación y estudio permiten ampliar el conocimiento de sus trayectorias. Su propuesta es especialmente sugerente porque no presupone que todos esos diarios contengan un testimonio directo de la institución. La ausencia de referencias obliga a interrogar las fuentes y sus límites. Aun así, el diarismo ofrece una perspectiva valiosa sobre las condiciones de la creación, la elaboración de la propia experiencia y las relaciones entre intimidad y vida pública.

Leer estos documentos modifica también la idea de qué constituye una obra digna de atención. En las anotaciones cotidianas pueden aparecer conflictos, trabajos y búsquedas que el relato oficial no consideró relevantes. Su recuperación nos invita a reconocer la autoridad de una mujer para interpretar su propia vida. Cuando esas páginas se editan y se estudian con rigor, la experiencia personal entra en la conversación cultural sin perder su singularidad. El archivo deja entonces de ser únicamente un depósito del pasado y se convierte en una posibilidad de encuentro entre quienes escribieron y quienes hoy pueden escucharlas.

El texto de Amparo Zacarés, «Feministas por la paz», conecta el legado del Lyceum con las genealogías de mujeres que trabajaron por la mediación y contra el belicismo. Su aportación invita a pensar la relación entre emancipación y construcción de una vida común en la que los conflictos puedan afrontarse sin convertir la violencia en medida del poder. La presencia de esta reflexión amplía el alcance del número: los derechos de las mujeres se vinculan con el tipo de sociedad que se desea construir. La paz aparece como una tarea política que exige participación, escucha y responsabilidad por las vidas vulnerables.

Por su parte, Christina Linares presenta el homenaje al Lyceum que articula la celebración del Día de las Escritoras en la Biblioteca Nacional bajo el lema «Las amigas como forma de libertad». Las voces reunidas en su propuesta permiten recorrer infancia, juventud, creación, guerra y exilio a través de cartas, recuerdos y otras formas de escritura. La amistad sostuvo proyectos y ofreció amparo en los momentos de pérdida. Cuando la dispersión quebró la continuidad de la institución, algunos vínculos conservaron una pertenencia que ya no dependía de una sede. Escuchar esas voces devuelve a la palabra compartida su capacidad de mantener un mundo común incluso en circunstancias de desarraigo.

La entrevista que Cristina Guirao realiza a Tània Balló, comisaria del centenario, enlaza estas investigaciones con el trabajo contemporáneo de recuperación y transmisión. Su conversación insiste en la necesidad de incorporar de manera permanente a las mujeres al relato cultural, revisando los marcos que las excluyeron. La atención a las redes, a las asociaciones precedentes y a los documentos dispersos amplía la comprensión del Lyceum. También el esfuerzo por restituir los nombres propios de socias registradas con los apellidos de sus maridos posee una fuerza reveladora: identificar a una mujer puede abrir el camino hacia una historia que había quedado oculta bajo una denominación familiar.

El relato de Balló sobre la búsqueda de los fondos bibliográficos del Club muestra hasta qué punto la memoria depende de condiciones materiales. Los libros tienen una historia de circulación, custodia y pérdida; sus sellos pueden conservar la huella de instituciones que desaparecieron o cuyos bienes fueron incautados. Las lagunas que la entrevistada reconoce forman parte del problema que la conmemoración debe afrontar. Hacen visible cuánto queda por investigar y por proteger. Una celebración responsable puede contribuir a que esa búsqueda continúe cuando el calendario del centenario haya concluido.

En «Tendiendo puentes», M.ª Ángeles Cabré dirige la mirada hacia el Lyceum Club de Barcelona. Su recorrido por esta asociación, nacida en 1931, permite reconocer otro escenario de cultura y sociabilidad femenina, con protagonistas y circunstancias propias. La iniciativa de Aurora Bertrana, sus aspiraciones educativas y las diferencias que encontró dentro del proyecto muestran que el asociacionismo fue también un terreno de discusión. La presencia de María Luz Morales y de otras impulsoras amplía la geografía de esa experiencia. Tender puentes entre Madrid y Barcelona significa comprender las conexiones sin borrar las particularidades de cada lugar ni la desigual conservación de sus testimonios.

En «Detrás de la cámara», Mercedes Gómez Blesa firma «Concha Méndez: el cine como conquista de libertad», dedicado a la vocación cinematográfica de la escritora. El cine ocupa en su trayectoria un territorio donde la innovación artística se encuentra con el deseo de movilidad, experiencia e independencia. Su aspiración a intervenir en la creación de imágenes permite contemplarla como una autora que buscaba autoridad sobre su trabajo y sobre su vida. La pantalla ofrecía un lenguaje para imaginar el movimiento en una sociedad que había asignado a las mujeres destinos de encierro y permanencia. Recuperar sus argumentos y sus proyectos invita a examinar las oportunidades que hicieron posible una obra y las barreras que impidieron realizar otras.

En «Debes conocerlas», Pilar Rubio Remiro presenta a las hermanas Hwang, Nadine y Marcela, y nos conduce hacia una modernidad de cruces culturales y horizontes internacionales. Sus itinerarios revelan la importancia de la traducción, la mediación y las redes de sociabilidad para poner en relación mundos distintos. Marcela de Juan y su vínculo con el Lyceum, junto a la trayectoria de Nadine en otros ambientes de creación y libertad afectiva, amplían el campo de nuestra mirada. Este acercamiento muestra cómo la historia puede enriquecerse al atender a figuras que quedaron en segundo plano, aunque contribuyeran de manera sustancial a los intercambios culturales de su tiempo.

En «Inserto» hemos preparado una selección de poemas de Adelina Gurrea, escritora hispanofilipina cuya obra merece ser rescatada del olvido, nos acerca a una voz singular, situada en la encrucijada de dos culturas y dos mundos. Los seis poemas escogidos de su libro A lo largo del camino —«Playa filipina», «Esfuerzo inútil», «Colegiala», «Contigo», «Quiero llegar a tu alma» y «El fantasma de María Clara»— permiten recorrer algunas de las principales inquietudes de su universo poético: la memoria de la tierra natal, la intimidad de los afectos, el deseo de conocimiento del otro y las tensiones entre la identidad femenina y los modelos heredados. Especialmente significativo resulta «El fantasma de María Clara», donde resuena el peso de un ideal de feminidad que condicionó durante generaciones la existencia de las mujeres filipinas. Recuperar hoy la poesía de Gurrea significa no solo devolver visibilidad a una autora injustamente relegada, sino también reconocer una escritura que, desde su particular condición mestiza y fronteriza, ensancha los márgenes de nuestra tradición literaria y nos invita a repensar las relaciones entre género, identidad y pertenencia cultural.

Las reseñas de «Inserto» prolongan la conversación con las lecturas que ayudan a reconstruir esta genealogía. Entre ellas, la dedicada a Marisabidillas, frívolas y peligrosas, de Rocío González Naranjo, vuelve sobre las descalificaciones dirigidas a las lyceístas y sobre la necesidad de revisar su imagen. Los insultos revelan el malestar que provocaba unas mujeres capaces de pensar y de organizarse con otras. La lectura crítica permite preguntarse qué formas de descrédito acompañaron aquella autonomía y por qué algunas de ellas siguen resultando reconocibles. Cristina Guirao se ha encargado de reseñar el libro de Eva Cosculluela, El club de las modernas, que reconstruye con rigor y pulso narrativo este fascinante fresco de las mujeres del Lyceum, pertenecientes a una década convulsa —atravesada por una dictadura, una república y la guerra— y la red de complicidad que crearon sus protagonistas, una constelación de voces indispensables en la generación del 27 y en la España de la Edad de Plata Los libros se incorporan así al monográfico como espacios donde la investigación puede continuar circulando y generar nuevas preguntas.

El conjunto de estas aportaciones permite reconocer que la historia del Lyceum continúa abierta. Quedan documentos por localizar, trayectorias por estudiar y obras por leer. Pero también queda por integrar lo que ya sabemos en la manera de enseñar y de transmitir la cultura. Agradecemos enormemente a las autoras de este número y a quienes han dedicado su trabajo a hacer legible esta memoria. Su esfuerzo enlaza con el de otras investigadoras, editoras, archiveras y lectoras que han sostenido durante años una búsqueda cuyos resultados hoy podemos compartir. La recuperación histórica necesita esa continuidad, hecha de rigor y de colaboración.

El centenario nos deja, finalmente, una pregunta sobre nuestras propias instituciones: qué condiciones ofrecemos para que todas las personas puedan aprender, crear y participar con autonomía. La experiencia del Lyceum ayuda a formularla porque muestra que los derechos necesitan formación, recursos, lugares y vínculos. Las mujeres que se reunieron en sus salones buscaron ampliar lo posible en su presente y abrieron caminos que otras pudieron recorrer. Celebrarlas es reconocer ese trabajo y asumir la responsabilidad de continuarlo. Que su memoria permanezca en nuestras aulas, bibliotecas y conversaciones será una forma de mantener abiertas aquellas puertas del club y de hacer sitio a las voces que todavía esperan ser escuchadas.


Mercedes Gómez-Blesa es doctora en filosofía y ensayista.  Ha centrado sus investigaciones en la obra de las artistas, escritoras y ensayistas de la Edad de Plata, muy especialmente, en la de María Zambrano, autora a la que ha consagrado el ensayo La razón mediadora: Filosofía y Piedad en María Zambrano (2008), con el que obtuvo el Premio Gran Vía de Ensayo, y ha realizado la edición crítica de los siguientes libros: Las palabras del regreso (1995), Unamuno (2003), Pensamiento y poesía en la vida española (2004) Claros del bosque (2011) y La agonía de Europa (2023). En 2007 publicó Las Intelectuales Republicanas: la conquista de la ciudadanía (2007) y su primer poemario Los nuevos bárbaros. En 2009 apareció Modernas y vanguardistas. Mujer y democracia en la II República. Preparó en 2018 la edición crítica de La mujer Moderna y sus derechos de Carmen de Burgos y publicó Modernas y vanguardistas. Las mujeres-faro de la Edad de Plata (2019). Sus últimos ensayos son Estéticas de la ausencia (2021) y La constelación femenina de María Zambrano (2026). Es patrona de la Fundación María Zambrano y directora de las Obras Completas de María Zambrano.