Las hermanas Hwang en el epicentro de la vanguardia y el cosmopolitismo
Pilar Rubio Remiro
¿Quién dijo que lo invisible es inexistente? ¿Quién dijo que lo que aflora a la superficie es más importante que lo que lo sustenta bajo tierra? Toda vanguardia se sostiene en una retaguardia que protege, muestra, sostiene e inspira y sobre ella como ejercicio de exploración, hay que proyectar el mismo haz de luz que ilumina los grandes nombres de nuestras ancestras. La sorpresa a veces es mayúscula, como la que nos embarga cuando nos adentramos en la vida de estas dos hermanas que mereces conocer.
Las sorprendentes hermanas Hwang, Nadine y Marcela, permanecían hasta hace poco en la penumbra de ese tiempo, aún escasamente estudiado, que fue, por poner un hito temporal, la generación de las primeras décadas del siglo XX, tiempo de vanguardias y rupturas, tiempo de precursoras. Ambas ampliaron desde esa retaguardia de grandes nombres los márgenes de la modernidad al abrir el conocimiento a una cultura ajena e impactante como la china, creando puentes culturales, reivindicando a su vez la identidad, la independencia, la libertad de creación, la libertad sexual y, en definitiva, la libertad de vida. Ambas eran las únicas supervivientes de un matrimonio de lo más singular: el formado por el mandarín Hwang Lü-He, aristócrata de la dinastía Qing y secretario de la legación china en Madrid y Juliette Broutard-Guilliard una viuda belga también de buena cuna. Se conocieron en San Sebastián, donde ambos veraneaban, y se casaron en Londres en 1901 diccionario mediante, pues ambos habían aceptado un compromiso conveniente que resultó, con el tiempo, ser la unión de dos personalidades fuertes pero respetuosas, cultas y alegres, valientes y transgresoras, es decir una unión casi perfecta.
Na Ting, la mayor (que eligió llamarse Nadine Hwang) nació en Madrid en 1902 y poco después en La Habana, casi por casualidad, nació Ma Cé en 1905 que luego castellanizó su nombre como Marcela De Juan. Juan era una adaptación fonética del apellido del padre, Hwang, porque en Madrid era conocido como Juan e incluso más cariñosamente como Juanito. La infancia de ambas vino marcadas por la duplicidad de dos culturas, ya no distintas, sino casi antagónicas. De puertas adentro las ancestrales tradiciones chinas de los últimos años del emperador Guangxu y la famosa emperatriz viuda Ci Xi impregnaban el día a día de la vida familiar. El escritor Armando Palacio Valdés, gran amigo de la familia, describe muchos detalles del hogar de los Hwang que visitaba a menudo y de ellos da muestra en su novela Años de juventud del doctor Angélico. Las amenísimas memorias de Marcela, que tuve el placer de rescatar en mi editorial, La Línea del Horizonte, dan cuenta de hasta qué punto aún la familia vivía constreñida a exóticas costumbres como la del intento de vendar los pies a sus hijas o la de casar a Marcela a los tres años con el príncipe Shen que encabezaba la delegación china invitada a la boda de Alfonso XIII en 1906. Matrimonio que, afortunadamente, el desmatelamiento posterior de la China imperial dejaría sin efecto. El padre solía asistir a estas grandes ceremonias con todo el boato de su mandarinato: calesa de caballos decorada al estilo chino, largas túnicas de colorida seda bordada, altas botas de seda, larguísimas coleta y uñero y sombrero de fleco rojo y borla de jade. Alternaba este boato chinesco que hacía las delicias de los madrileños con su vestimenta a la europea, aunque se enrollaba la larga coleta bajo una peluca, en algunas ocasiones, como reveló su hija, ¡de pelo rubio! A ‘Juanito’, nada le impedía con humor y apertura de mente, vivir en la bisagra de dos tiempos históricos antagónicos. La extraña familia hacía las delicias de la intelectualidad de la época. Se hizo muy amigo de Pío Baroja (con quien paseaba por el Retiro) y su hermana Carmen. También lo era de Emilia Pardo Bazán, curiosa como era, gozaba de tan estimulante compañía; del escultor Mariano Benlliure o del ministro Natalio Rivas vecino y amigo que hablará de ellos en sus memorias. Amante del toreo, como era ‘Juanito’, gracias a su amistad con el torero Fuentes Bejarano, llegó a tomar clases en la Casa de Frascuelo. También los padres eran, como procedía en la época, amantes de la zarzuela que disfrutaban en el teatro Apolo y mucho más en el teatro Lara y el de la Comedia donde actuaba la actriz Rosario Pino con la que mantuvo un romance.
Una infancia absolutamente feliz y desacomplejada que hizo fecundar en las hermanas dos identidades fuertes y nada proclives al conformismo. En el caso de Nadine se produce un hecho complejo de analizar pero que marcará su vida. Tiene que ver con el jiâpu o zúpû llamado Libro de las Generaciones o registro del clan que es uno de los pilares de la cultura china tradicional donde se recoge la genealogía y el linaje de la familia por vía de la primogenitura. Otorga identidad y pertenencia, establece un lugar en el cosmos social y un lugar de anclaje en la singladura de la historia familiar. En ausencia de hijos varones los padres trataron a Nadine como el primogénito. Hasta los siete años la vistieron de niño y se dirigían a ella como «Mon fiils», costumbre que según su hermana Marcela duró siempre, por lo que Nadine creció en la certidumbre de ser un varón hasta el día de su primera menstruación que su hermana Marcela relata como un día de susto y lloros ante lo que evidenciaba su verdadero sexo. Nadine navegó en adelante en una segura y confiada ambigüedad que exhibía con orgullo y naturalidad, y nunca ocultó su lesbianismo públicamente, algo inusual en su época.
La infancia de ambas en Madrid marcó definitivamente sus vidas occidentalizando una vía de comprensión del mundo. La otra vía, complementada por oriente, llegaría en 1913, cuando recién instaurada la República y derrocado el Imperio, reclaman al padre para ocupar un cargo en la Dirección de Asuntos Europeos del Ministerio de Exteriores en Pekín. La inmersión en la sociedad china de la época, aún a caballo entre las viejas tradiciones y las nuevas, marcará un contrapunto muy estimulante en el periodo de juventud de las dos hermanas. Marcela con ocho años y Nadine con once vivirán en China durante quince años: una inmersión total tras la que irrumpe la verdadera alteridad. También el racismo y la dolorosa certidumbre de vivir para siempre en un exilio interior que hará consciente la diferencia, sobre todo en el caso de Marcela. El universo chino tan apegado a su convicción ancestral de ser «El país del centro» (Zhóngguó) despreciaba al extranjero como bárbaro; por otra parte el universo europeo, tan apegado a su superioridad moral despreciaba al chino también como bárbaro. Su condición de euroasiáticas, de habitantes en el hilo de la frontera, siempre generó, especialmente en el caso de Marcela, un sentimiento de identidad y pertenencia suspendida, inmaterializable. Una y otra vez lo refiere veladamente en sus memorias.
En China se forjan dos disímiles modelos. Nace una Nadine retadora y desafiante de los convencionalismos, alguien sumamente vital, amante de los motores, la ambigüedad, el poder, el deporte, la acción y la política. Allí inicia una sorprendente carrera militar que la lleva a ocupar puestos de responsabilidad en el gobierno de tres poderosos generales y una vez conseguido el permiso de aviación en Francia se convirtió en coronel honorario de la aviación china. Vistas después desde Europa, estas hazañas bélicas dibujarán un personaje deslumbrante cuya fama llega hasta Estados Unidos donde la prensa la bautiza como la Juana de Arco china. Marcela se embarca en otra dirección: la de los secretos de la enigmática cultura china que estudia con interés: arte e historia, costumbres, teatro, antigüedades. Particularmente le interesa la literatura y la poesía. Quizás como consecuencia de haberse relacionado con otras escritoras y escritores euroasiáticos y cosmopolitas como ella. Algunos ya famosos en la época como Lin Yutang, Han Su Yin, la de La colina del adiós o Lizzie Yu Der Ling, conocida como la princesa Der Ling que escribió la exitosa Dos años en la Ciudad Prohibida. La casa familiar era el epicentro de diplomáticos tanto europeos como americanos, grandes personajes como el futuro rey Jorge VI de Inglaterra, viajeros y escritores como Vicente Blasco Ibáñez o futuras estrellas de la política como el desconocido estudiante Mao Zedong. A las hermanas se las requería para acompañarles o para bailarles una jota o una sevillana si fuera preciso.
1927. Todo cambia. De pronto su destino se dobla en dos con la muerte del padre y pocos años después de la madre. Ambas regresan a Europa, pero sus vidas se bifurcan. Marcela de vuelta a Madrid inicia poco a poco una brillante carrera como traductora directa del chino siguiendo el método del gran sinólogo francés del momento: Marcel Granet. Su primera antología se publica tempranamente, en 1948. Es toda una pionera en traer hasta nosotros la maravillosa poesía de las dinastías clásicas Tang y Song a la que seguirán nuevas antologías, compilación de relatos, traducciones y conferencias sobre arte y cultura china, además de los vertiginosos cambios operados en China respecto a las mujeres. Nada más llegar entra en contacto con el Lyceum Club fundado un año antes a través del contacto con su bibliotecaria María Martos Baeza. Allí dicta, ya socia, sus primeras conferencias que luego realizará con éxito por España y muchas ciudades europeas. Exiliada en Argentina durante la guerra, comparte infortunio con Elena Fortún, Matilde Ras, María de Maeztu, Victoria Kent o Rosa Chacel y en ese país continúa su labor como traductora para Emecé y Losada,además de conferenciante y articulista en la revista Sur. Con los años, y a la vuelta del exilio, fue la cofundadora con Consuelo Bergés, otra maravillosa dama de la generación del 27, de la Asociación Profesional Española de Traductores e Intérpretes. Hoy día uno de los premios más importantes a la traducción lleva su nombre.
Nadine, por su parte, elige París ¿Y cuál era el lugar en París para toda mujer creadora o intelectual donde encontrar apoyo, difusión y amistad? De entre todos los salones de aquella hiperactiva Rive Gauche, uno de ellos, el del 20 de la rue Jacob, es donde había que estar: el salón y Templo de la Amistad donde tenían lugar las amenísimas sesiones del Ateneo femenino fundado por la rica y generosa norteamericana Nathalie Clifford Barney, un formidable personaje. No eras nadie si no lo frecuentabas. Escritoras como Renée Vivien, Colette, Djuna Barnes, Radclyffe Hall, pintoras como Romaine Brooks y Tamara de Lempicka, bailarinas como Isadora Duncan o figuras míticas como Liane de Pougy, La Bella Otero, Mata Hari, Sylvia Beach y damas de la sociedad como Elisabeth de Gramont o Anna de Noailles. Y naturalmente ese personaje fascinante, de apariencia tan garçonesque como exótico, cuya aura aventuresca despertaba deseo y pasión: la chino española Nadine Hwang. Nadine se convirtió en una figura relevante del salón porque llegó a vivir en la casa: ejercía de chófer y chaperonne para Nathalie, gestionaba su correspondencia, organizaba los famosos «Viernes de la rue Jacob», ejercía de escolta y traductora de sus muchas invitadas y en un lugar donde nadie pedía certificación ni orientación de su deseo sexual también fue ocasionalmente amante de Nathalie.
Pensemos cómo por ironías del destino y por motivaciones muy diferentes vemos aquí a estas dos hermanas, una en el epicentro del feminismo español de la Edad de Plata y el entorno del Lyceum Club de la II República, y otra en el epicentro cultural, feminista y lésbico de la Rive Gauche en el salón de Nathalie Clyfford Barnes. Dos constelaciones que actuaban como catalizadores de la modernidad para las mujeres y como lugares dinamizadores del pensamiento y la creatividad femenina.
¿Por qué volvió Marcela tan tempranamente de su exilio bonaerense? Era 1945 ¿Tal vez la noticia de la liberación del Campo de Ravensbrück ese mismo año donde, haciendo spoiler, diremos que se hallaba internada su hermana Nadine? El misterio de la relación posterior de las dos hermanas tras las dos guerras, tanto la civil española que afectó a Marcela y la europea que atravesó la vida de Nadine, es un penoso misterio aún por resolver. De la vida de Marcela en España durante el franquismo y la larga transición sabemos lo que podemos recuperar a través de las hemerotecas y de sus publicaciones.
Convengamos que el caso de Nadine es milagroso porque su destino hubiera sido aún más bañado en silencio de no ser por los documentales del cineasta sueco Magnus Gertten. La fabulosa historia de Nadine afloró casi como un capricho del destino. Fueron sus dos primeros documentales buscando reconstruir las identidades tras los rostros de las mujeres liberadas llegadas desde el campo de Ravensbruck al puerto de Malmö en Suecia, cuando desde Australia, Venezuela y Francia se hizo la luz. Durmiendo desde hacía décadas la familia no había abierto un misterioso baúl que contenía correspondencia, fotografías, documentos oficiales, cintas de vídeo y el diario de campo milagrosamente escrito y rescatado de la cantante de ópera Nelly Mousset-Vos. Fue su nieta Sylvie quien reconoció en el documental Every face has a name (Cada rostro tiene nombre) las facciones graves e inconfundibles de Nadine Hwang, la pareja de su abuela Nelly, y en el prodigio de este desvelamiento asoma la historia conmovedora de Nadine, su detención en Francia acusada de colaborar con la resistencia, y el encuentro maravilloso en la navidad de 1944 con Nelly Mousset-Vos en el campo de Ravensbrück, su reencuentro tras la liberación en Bruselas y sus dos décadas de vida juntas en Venezuela. Aquella navidad a Nelly una voz entre la multitud le había pedido que cantase Butterfly. Cuando lo hizo, sucedió esa clase de epifanía que vuelve la vida del revés y la llena de esperanza aún en las circunstancias más trágicas: «La emoción recorre mi piel. Siento el calor de mis ojos. La alegría me invade. Una alegría dionisíaca. Llegan los aplausos. Dos brazos me abrazan, dos besos en la mejiilla. Butterfly está ante mí. Su pelo negro, su piel de marfil, sus ojos rasgados. ¡Nadine!».

Nadine Hwang 
Marcela de Juan
Nadine y Marcela descansan en el anonimato. Nadine murió en 1972 y se encuentra en una fosa común del cementerio de Ixeres, Bélgica, y de Marcela, que murió en Ginebra en 1981, desconocemos donde está su tumba. Ambas aportaron a este luminoso momento de nuestra historia textura, color, horizontes y actuaron como nodos que conectaban a los intelectuales del 27 con culturas y corrientes internacionales. Queda mucho por investigar pero celebremos que historias como esta vayan despojándose de sus tinieblas para reconciliarse con la luz. Tras cada sombra que oscurece la historia hay un luminoso universo privado exigiendo ser reconocido.

Pilar Rubio Remiro
es editora, articulista en varios medios y gestora cultural. Sus temas de especialización son el viaje y sus culturas y la literatura contemporánea de viajes, así como narrativas de Asia y África. Fue cofundadora y directora de la librería de viajes Altair de Madrid y fundadora y directora de La Línea del Horizonte Ediciones especializada en narrativas de la movilidad y ensayos sobre el género. También ejerce como profesora, coordinadora de talleres y conferenciante sobre temas de su especialidad, entre ellos la literatura de viajes con perspectiva de género.
