El círculo sáfico
María Teresa Rodríguez de Castro
Yo, Safo, digo que
alguien se acordará de nosotras
incluso en tiempos
distintos al nuestro
En algún momento del cruce entre el siglo VII y el siglo VI antes de Cristo, una mujer, en la isla griega de Lesbos, se prepara para dirigirse a otras que forman parte de “la casa de las servidoras de las Musas”. La música, el canto y la danza nutren el trasfondo de la sociedad en la que vive Safo. Su público, o quizás sus alumnas, son “hetairái”, compañeras, queridas compañeras. Posiblemente conforman un “Thiasos”, una institución o sociedad consagrada al culto de Afrodita, a la que Safo dedica el único poema íntegro que nos ha llegado de los que compuso. Si deseamos acercarnos a la obra de la gran poeta lírica griega, tenemos que acudir a fragmentos. La mayoría de la tradición de pensamiento y de creación femeninas de la Antigüedad occidental nos ha llegado de forma fragmentada. Aun así, la fuerza de los poemas sáficos nos conmueve.
Safo toma una tablilla de cera y se dispone a escribir sobre ella. En una época de tradición poética oral, la escritura no rivaliza con la voz de la poeta, se convierte en una extensión de su canción. Aún no estamos en tiempos de Platón, que en su diálogo “Fedro” denuncia la escritura como “pharmakon”, auxilio y a la vez veneno para la memoria. En una cultura oral, los gestos diarios se refuerzan con un manto poético, y la escritura no le disputa el terreno a la memoria y la palabra viva. La “mousiké” es la unión indisoluble de palabra, ritmo y melodía. Por eso acompañará sus versos con la lira, construida con un caparazón de tortuga, un fondo de piel de buey, cuernos de cabra y cuerdas de tripa animal. Hermes, el prestidigitador, fabricó la primera, y desde entonces los poetas componen con su ayuda.
Los versos sáficos apelan al recuerdo entendido como “Kleos”, gloria transmitida y cantada. Frente a la fama heroica alcanzada en un campo de batalla, Safo apela al renombre alcanzado con el canto poético. Con ella, la poesía mira como nunca lo había hecho al interior, su voz intensa y precisa desentraña el corazón del desear. Hay algo más bello que una infantería o una tropa de barcos, y es lo que una persona ama, dicen sus versos. El deseo, en ellos, es una fuerza interna poderosa que rige nuestros actos. Al abandonar las heroicidades de la épica y mirar hacia los laberintos del amor, la poesía da un giro trascendental. Durante años, las mujeres que amamos a otras mujeres, las sáficas, encontramos en ella y en los amores que cantó acompañamiento, guía y sanación. Su figura ha atravesado los siglos sin perder su hondo misterio, ni el del círculo que la acompañaba.
Cada época crea su propia Safo (1). En el Madrid seductor de la Edad de Plata, con su efervescencia de espacios culturales, la figura de Victorina Durán, socia del Lyceum Club de Madrid, cobra una relevancia especial. Porque ella pertenece a un linaje, a una saga, y sabe que debe dar testimonio de ella. Se rebela contra la posibilidad de que la cadena se rompa, de que el recuerdo de quienes se atrevieron a vivir de otra manera se pierda en la vorágine del tiempo. Todos venimos a este mundo con una o varias misiones que cumplir. Todos tenemos, y debemos, algo que realizar, nos asegura Victorina (2) Tras regresar a España de su exilio en Argentina, empieza a escribir sus memorias, publicadas en tres volúmenes: “Sucedió”, “El rastro” y “Así es”. Nos cuenta en ellas que ha sido feliz, la mayoría de las veces, saboreando lo que la vida le paga y pocas ha pagado su contribución. Y siente que no puede morir sin hacer alguna cosa en beneficio de alguien, porque existe ese alguien que lo necesita. Muchas han callado, pero ella no desea hacerlo.
“Alguna tiene que hablar o gritar, si es que puede” (3). Y ella se dispone a hacerlo. Se considera “más fuerte, porque no soy cobarde ante los demás. Años y años he recogido y guardado la tragedia de la incomprensión de muchas mujeres” (4).
Victorina sabe que debe hacer un esfuerzo por custodiar su obra, para que no se pierda el recuerdo de una vida vivida en constante tensión con el entorno, que asfixia a quienes viven el amor fuera de los cánones establecidos. Su extensa producción escrita nos ha llegado porque ella se preocupó de custodiarla. Recogió sus artículos periodísticos en álbumes, conservó algunos borradores y documentación sobre su vida, y encuadernó -cosiéndolas a mano- algunas de sus obras de teatro.
La escenógrafa, figurinista y crítica de obras dramáticas Victorina Durán fue la autora de la primera obra de teatro de dramaturgia lésbica escrita por una mujer en España: “Al margen”. Lo hizo hacia 1937, a comienzos del exilio, aunque no lo vería representado nunca. Como otras mujeres de su generación, era consciente de que sus obras posiblemente no se representarían nunca. Eva Moreno Lago, gran investigadora de su vida y obra, señala, con acierto, que Victorina supera el ostracismo de sus contemporáneas dando el salto de quienes leerán su obra en el futuro (5). Ella sale a nuestro encuentro, bien entrado el siglo XXI, nos interpela para que vivamos nuestra vida de manera fruitiva, profundamente personal. Para que, esta vez sí, recreemos las obras de quienes custodiaron historias vividas o imaginadas en espacios clandestinos, liminales. Nos llama para que las representemos. Al cruzar ese umbral, preparamos el terreno para el porvenir. Lorca, compañero suyo, en una de sus charlas sobre teatro (en un homenaje a Lola Membrives en 1935), nos asegura que no tiene razón quien dice “Ahora mismo, ahora, ahora”, sino quien apuesta por un “Mañana, mañana, mañana”, y siente llegar la nueva vida que se cierne sobre el mundo.
En otra de las obras de Victorina, “La Pitonisa”, hallamos un juego sugerente. Al leerla nos encontramos una historia de amor donde la pitonisa auxilia a la pareja, pero ese juego que se nos antoja inocente custodia algo que merece ser recreado. Un título escogido en los años treinta del siglo XX, que nos remite a la tradición adivinatoria, se convierte en semilla de futuro. Hay un relato oculto tras la historia que la obra muestra. Susana, la protagonista, la mujer idealizada, se le aparece en sueños a Carlos, que la imagina como una sirena. Estas figuras mitológicas eran seres dotados de una voz tan poderosa que ningún hombre podía soportar oírla sin perder la razón, nos dice la tradición canónica. Homero imagina a esas criaturas míticas entorpeciendo el progreso hacia la siguiente aventura del Héroe, hacia la nueva hazaña que abre futuro y salva. Pero las mujeres, nos recuerda Audre Lorde, “no encontramos ideas nuevas esperando entre bastidores para salvarnos; tenemos solamente ideas viejas, ancestrales, nuevas combinaciones, extrapolaciones, y reconocimientos en nuestro interior…junto al coraje renacido de intentarlas de nuevo” (6) Por eso la voz de las sirenas era insoportable, porque reproducía, amplificándolo, el eco de las figuras y las historias que quedaron atrás en el avance hacia un futuro inclemente. Tenían demasiada voz, una voz que te enfrentaba a lo que no deseabas ver. Hemos renunciado a un horizonte vital que amplíe lo que estamos viviendo, y lo sustituimos por un sentido de urgencia sin dirección. Hemos sacrificado demasiado. Figuras como Victorina se esfuerzan por recoger lo que quedó olvidado en el camino. Han sido muchas las mujeres a lo largo de la Historia que han tenido una relación muy particular con el mundo, luchando una y otra vez por evitar su desrealización. Anhelando actualizar sus posibilidades, dibujar un horizonte que acoja un presente donde la libertad pueda ejercerse, y donde lo Otro, lo radicalmente diferente, pueda prosperar.
Victorina no estuvo sola en su caminar. Y el testimonio que dejó de su vida bien podría ser, como apunta Vicente Carretón (custodio de su obra durante años) el “hilo de Ariadna” del que tirar para descubrir un círculo sáfico de mujeres en torno al Lyceum club de Madrid (7) Este círculo, como el de Natalie Clifford Barney en la Rue Jacob de París, o el “Círculo de Costura” compuesto por actrices reconocidas del Hollywood Clásico, nos permite comprender el papel que tuvieron los entornos artísticos y literarios y las redes compartidas para recrear lo que desde Safo revivió una y otra vez: lugares que nutren el coraje personal y una experiencia del amor con multitud de matices; espacios sanadores, nodrizas de futuro. Voy a tratar de dibujar, junto con Victorina, una lógica heroica de su memoria. Y para hacerlo, quiero acudir a los tejidos que ella cultivó.
EL BATIK: LA INFLUENCIA DEL EMPUJE INDIVIDUAL EN EL TEJIDO COMUNITARIO
Estamos en noviembre del año de 1926. En la Casa de las Siete Chimeneas, en la calle Infantas de Madrid, se inaugura el Lyceum Club Femenino. Unos meses antes, 115 socias, las “Fundadoras”, emprenden un proyecto que perseguía, como decía María Teresa León en sus memorias, “adelantar el reloj de España”. El Lyceum, semilla de futuro, agita conciencias y pone en valor la obra de las mujeres y su acción vital. Victorina será una de las primeras socias que exponga en los salones del Club, recién inaugurado éste, y lo hará junto a su amiga Matilde Calvo Rodero, compañera en la Real Academia de San Fernando, donde estudió Bellas Artes. Tres años después, Victorina se convertirá en Catedrática de Indumentaria en el Real Conservatorio de Música y Declamación. Ambas mujeres, con sus decisiones vitales, reflejan otro modo de ser, otra manera de amar; dejaron además su impronta en el Lyceum, que fue una maravillosa red de redes. Matilde expondrá en sus salones grabados y encuadernaciones artísticas en piel, y Victorina una serie de Batiks simbolistas y exóticos.
El Batik es una técnica milenaria de teñido de ropas por reserva. Aplicamos cera caliente derretida sobre zonas que se desea preservar del color que se va a extender sobre el resto del tejido. Al sumergir la tela en el tinte, las áreas cubiertas con cera resisten el color y conservan el tono original de la fibra. Cuando queda teñida la tela y se retira después la cera (normalmente con calor), se dejan al descubierto los dibujos o motivos que se quería resguardar del teñido. Se genera un patrón entre las zonas alcanzadas por la tintura y aquellas donde no ha penetrado.
Victorina hace algo parecido con sus memorias; para contar sus relaciones y encuentros prohibidos con otras mujeres, emplea seudónimos para proteger la intimidad de quienes se juegan mucho en una época en que las tendencias sáficas sufrían persecución y rechazo. Incluso titula el libro donde desarrolla estas historias con una afirmación sugerente, “Así es”, codificando una palabra que es a la vez gesto de rebeldía y reivindicación de la autonomía personal. “Ser así” es una forma eufemística de hablar de las sexualidades disidentes. Ella realiza con este gesto una “economía de la visibilidad”; hay cosas que deja pasar, otras que retiene. “Ser así” es un susurro que nombra de alguna manera lo innombrable (Rosa Chacel habla de ello en su novela “Acrópolis”, un libro necesario para seguir la huella del círculo sáfico). Los seudónimos impiden que las vidas de las que da testimonio en sus memorias se vean afectadas por la decisión de Victorina de visibilizar la suya. Esa cera que se aplica (un seudónimo, un código de reconocimiento mutuo como “ser así”) cumple la función de preservación cultural y transmisión de la memoria comunitaria. Es un ejercicio de libertad suprema, que tiene en cuenta las sensibilidades ajenas y que a la vez diseña futuro, uno donde la narración funcione, al modo que describe Hannah Arendt en “La condición Humana”, como “espacio de aparición”, un ámbito común donde seres plurales y distintos puedan mostrarse entre sí quiénes son, no solamente lo que son. Aunque lo que son importe, porque necesita reivindicarse. La narradora configura este espacio con su decisión creativa, facilita su aparición. Revela su vida después de haberla vivido para que sirva de referente a otras que deben desplegarla con la mayor libertad posible, como ella hizo. Defendiendo con firmeza su felicidad personal.
Pero hay un matiz precioso en la historia de esta técnica de teñido. El batik no produce nunca una reserva perfecta; el proceso suele repetirse en varias capas; la cera se agrieta, y el tinte se cuela por esos finísimos resquicios, dejando venas de color que atraviesan igualmente la zona protegida. Es lo que se conoce como “cuarteado”. Entre lo dicho y lo callado, entre lo vivido abiertamente y lo que sucede una única vez de forma clandestina (dejando un eco que permanece toda la vida), las memorias de Victorina forman un tejido excepcional, imagen del deseo, el miedo, el coraje, la autonomía, la frustración, el anhelo de un futuro que han de vivir plenamente otras personas para que el nuestro se reivindique. Una maravillosa obra de arte vital, construida con un tejido de colores que dialogan entre sí.
UN RUEGO DESDE EL MARGEN
Hubo un círculo sáfico que se reunía, de manera más o menos informal, en el Lyceum Club, en los salones del Teatro Español, en el Consulado de Gabriela Mistral. La figura de Victorina es el hilo principal del que tirar para recrearlo. Encontramos en torno a él nombres como los de Victoria Kent, vicepresidenta del Lyceum, cuya relación con Louise Crane desempeñó un papel fundamental en el exilio español, a través de la revista que ambas fundaron, “Ibérica”.
Y también a Elena Fortún y Matilde Ras, socias del club. La editorial Renacimiento publicó en el año 2022 un libro atribuido a ambas con una historia enigmática detrás. Todo comenzó cuando llegan a las manos de Marisol Dorao, investigadora de la vida y obra de Encarnación Aragoneses (que escribía bajo el seudónimo de Elena Fortún), dos manuscritos originales que había guardado Inés Field, amiga y gran amor de Encarna (un amor que no pudieron vivir en plenitud). Encarna murió en Madrid en 1952, y meses antes de su muerte escribe a Inés una carta con un ruego: debía quemar sin dejar rastro unos originales que había dejado en Buenos Aires. Sin embargo, no escribió este ruego en el cuerpo principal de la carta, sino al margen. El espacio que buscó y formuló Victorina Durán en la obra de teatro del mismo nombre; en el prólogo, la dramaturga afirma que todo espíritu sensible ha tenido, tiene o tendrá algún momento de vida al margen.Desde ese mismo margen que reivindica Victorina, y que fue germen de esos dos manuscritos, Encarna suplica a Inés que desaparezcan las dos novelas, pero como un mandato débil, escrito fuera del contenido principal de la carta. Como si anhelase que Inés desobedeciese su encargo. Como si se moviese entre dos vidas, el mundo afectivo que vivió y el que no pudo vivir plenamente.
Los dos manuscritos, firmados bajo el seudónimo “Rosa María Castaños”, nos ayudan a reconstruir la memoria de la vida lésbica española a principios del siglo XX. Uno fue escrito por Encarnación (y publicado recientemente bajo el nombre que forjó su fama: Elena Fortún); el otro parece ser un juego a cuatro manos entre Encarna y su amiga Matilde Ras, pionera de la disciplina grafológica en España, y gran estudiosa de la vida de Cervantes. Matilde escribía en los años cincuenta, en su “Historia de la Escritura y la Grafología”, que “el hombre es el ser que necesita contar a los demás lo que lepasa” (8). Si en “Oculto sendero” Encarna traza la vida de una pintora en busca de su identidad artística y sexual, que logra paulatinamente desterrar los roles tradicionales que se le imponen y entrar en un sendero que había permanecido oculto, reivindicando la autonomía personal; en “El pensionado de Santa Casilda”, nos encontramos con una poderosa imagen que las retrata, junto a sus compañeras de generación. Vemos, por unos instantes, retratado el círculo del que formaron parte. Las redes que las acogieron.
Esa imagen transcurre en el patio de butacas de un teatro:
“Yo pereciendo años y años por encontrar una chica del pensionado y nada…ni por casualidad. Y hoy, aquí todas…Esto es algo que no sabemos y que las ha reunido aquí…casual no puede ser (…) ¡Si a todas partes donde vuelvo los ojos veo una conocida! ¡Qué cosa más extraña!!” (9)
Ofelia, la protagonista de la novela “El pensionado de Santa Casilda”, reconoce al grupo como clave de su vida afectiva, de su identidad personal. Necesita Ofelia una comunidad donde reconocerse, para sentir que pertenece, que su corazón tiene un lugar habitable en el que desarrollarse. Encarna y Matilde, desde el exilio, reconstruirán lo que significó para ellas ese entorno. Y lo hacen con una imagen que nos remite, inevitablemente, al Teatro, a Victorina.
LA CUARTA CARABELA
Victorina publica en su obra “La Pitonisa” un poema de Susana Aquino, que pone en boca de una sirena. Es un poema que habla de la fusión con la naturaleza, y tiene imágenes de una gran fortaleza poética y erótica. Quiso de esta manera homenajear a la mujer con la que impulsó, ya en el exilio argentino, la agrupación cultural “La cuarta carabela”, que su subtítulo define como “Agrupación hispánica de las Siete Artes” (10)
El nombre escogido nos remite al recorrido de las tres carabelas históricas (la Pinta, la Niña y la Santa María) que alcanzaron América en 1492. Hay un fuerte simbolismo en esta imagen: frente al viaje masculino y estatal, se nos presenta una cuarta nave, que imaginamos fundada y dirigida por mujeres, y que recogería una historia paralela, no reconocida en los cánones oficiales. Es el Arte el que posibilita este viaje alternativo, que permite el despliegue total del ser, el devenir de otras formas distintas de ser.
Las actividades de la Agrupación Cultural (fotopoemas, teatro independiente, danza, percusión, cine experimental, escenografía, pintura, poesía…) cubren prácticamente el espectro de las siete disciplinas artísticas del subtítulo. Es un simbolismo que nos remite a un Arte integrado, a una sociedad integrada. Viaje y fusión artística, en un gesto que nos remite a las Cuatro Musas.
A las cuatro, sí. Porque antes de que el número se fijara en la tradición como el de nueve, las que reconocemos actualmente, existía un culto más antiguo en Beocia a cuatro musas, recogido en la obra de Cicerón “De Natura Deorum”: Thelxínoe, Aede, Arché y Melete. La primera deleita el corazón (produce el encantamiento), la segunda presenta el canto y la melodía, la tercera representa el origen (el comienzo), la cuarta defiende la práctica y el ejercicio continuo. No dibujan un mundo de disciplinas aisladas y géneros consolidados; ellas hablan de las fuerzas del proceso creativo, de momentos concretos de la creación.
Y en la odisea artística, con sus mareas y fuerzas, encuentran ellas, como hizo Safo siglos atrás, su “Kleos”, su gloria. Dramaturgia y vida en la obra de Victorina Durán, novela y vida en la de Elena Fortún, poema y vida en la de Safo. Investigadoras, escritoras, pintoras, dramaturgas, poetas (creadoras, en suma) continúan este viaje, invierten el recorrido para enseñarnos el interior de esa cuarta carabela. Y para invitarnos a un nuevo comienzo.
Hay otras mujeres que formaron parte del círculo sáfico (11). Y todas ellas, como las socias del Lyceum Club, fueron, en palabras de Marifé Santiago, guardianas de un tiempo perdido. Como la voz de las sirenas, el suyo es un canto multicoral; porque nos trae a la memoria una y otra vez lo que debemos recuperar, para dibujar un nuevo horizonte.

María Teresa Rodríguez de Castro es coautora junto a José Antonio Marina de los libros “La conspiración de las lectoras”, sobre el Lyceum Club de Madrid (Anagrama, 2009), y “El bucle prodigioso”, que expone su sistema filosófico en diferentes tesis (Anagrama 2012). Es también autora del ensayo “Amores elípticos” (Catarata, 2023), y de la novela histórica “El fuego y la púrpura” (La Huerta Grande, 2024). Ha participado en la obra colectiva “La constelación femenina de María Zambrano (Eolas, 2026), editada por Mercedes Gómez Blesa y Marifé Santiago; y como investigadora en el libro “La revolución de las mujeres. Crónica gráfica de una evolución silenciosa” (J de J Editores, 2006). Ha escrito para Jot Down, Cuadernos Faros, Cuadernos de Pedagogía o Ruta Maestra, entre otras publicaciones.
BIBLIOGRAFÍA
(1) Parker, Holt. “Sappho’s public world”. En “Women poets in ancient Greece and Rome”, editado por Ellen Greene. University of Oklahoma Press, Norman (Oklahoma), 2005, pg 3. Para los versos de Safo que he incluido en el texto, he tomado como referencia la obra de Anne Carson, en su versión en inglés, “If not winter, fragments of Sappho” (Virago Press, Londres, 2003), que he traducido y adaptado al texto del artículo.
(2) Durán, Victorina. “Así es. Mi vida 3”. Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, Madrid, 2018, pg 33
(3) Ibid, pg 34
(4) Ibid, pg 36
(5) Durán, Victorina. “A teatro descubierto”. Edición de Eva Moreno Lago. Torremozas, Madrid, 2019, pg 24. Eva tiene una magnífica biografía sobre Victorina (“Victorina Durán: una vida llamada teatro”), publicada por Renacimiento, y ha escrito sobre el Círculo sáfico el artículo “Indicios y espacios literarios para la reconstrucción del círculo sáfico madrileño en las obras de Elena Fortún, Rosa Chacel y Victorina Durán” (Feminismo/s 37, enero 2021, pgs 211-236)
(6) Lorde, Audre. “Sister outsider”. Penguin Classics/ Penguin UK, Londres, 2019, pg 27. La traducción es mía.
(7) Carretón Cano, Vicente. “Victorina Durán y el círculo sáfico de Madrid. Semblanza de una escenógrafa del 27”. El Maquinista de la Generación 9, 2005, pgs 4-21
(8) Ras, Matilde. “Historia de la Escritura y la Grafología”. Original de la editorial Plus Ultra, 1951, pg 17 (consultado el facsímil del 2005 de la Editorial Maxtor, Valladolid)
(9) Ras, Matilde y Fortún, Elena. “El pensionado de Santa Casilda”. Edición de Nuria Capdevila-Argüelles y María Jesús Fraga. Renacimiento, Sevilla, 2022. pg 332.
(10) Moreno Lago, Eva. “Redes afectivas, literarias y teatrales en el exilio de Victorina Durán: la creación de La Cuarta Carabela (1952-1963)” OGIGIA-Revista electrónica de estudios hispánicos, 38, año 2025, pgs 105-130
(11) Recomiendo la lectura del libro de Paula Villanueva, publicado por la editorial Levantafuego en 2024: “El círculo sáfico. Lesbianismo y bisexualidad en el Madrid de principios del siglo XX”, que recoge varias de las figuras que se movieron en torno a este círculo.
