Escritura y precariedad laboral en España: un análisis con perspectiva de género


Históricamente, la profesión de la escritura ha sido ampliamente descrita por sus propios profesionales desde una perspectiva literaria. Es cierto que hay miles de libros que hablan sobre las experiencias de ser escritor y de escribir, sin embargo, por el halo de misterio en el que está envuelta esta actividad, son escasos los acercamientos más pragmáticos a las condiciones laborales de los profesionales de la escritura. Tanto es así que el primer informe diagnóstico que existe sobre las condiciones labores de los escritores en España data del año 2019 —El Libro Blanco del Escritor—. La intermitencia, heterogeneidad e inestabilidad (definidas así por el Ministerio) son características comunes en el trabajo artístico, y la escritura no es una excepción lo que, sin duda, puede considerarse síntoma de la precarización de las profesiones artísticas en general, y de la escritura en particular.

Además, la intersección de la precariedad con el género es una asignatura pendiente en el ámbito cultural. Por eso, recientemente, se ha creado el Observatorio de Igualdad de Género en la Cultura, entre cuyas prioridades se encuentra “enriquecer las estadísticas culturales y el desglose por sexo para mejorar la visibilidad femenina en el sector” (Ministerio de Cultura y Deporte, 2019). También puede observarse en la reciente aprobación de la creación Estatuto del Artista, que tendrá perspectiva de género y que ha significado un triunfo con respecto a la fiscalidad y los derechos de la seguridad social de las personas artistas de profesión. 

El trabajo ‘Escritura y precariedad laboral: un análisis con perspectiva de género’ (Palomares, 2022), del que parte este artículo, pretendía demostrar el impacto de la variable del género en la precariedad de la profesión para dar un paso más en la mejora de las condiciones laborales de las profesionales de la escritura, entre otros objetivos. Este artículo quiere resumir el contexto del que parte y algunos de los resultados obtenidos en el proceso.

Empecemos con un poco de contexto: en nuestra cultura sigue siendo una idea muy arraigada que los artistas no necesitan de unos ingresos mínimos para vivir (por su resiliencia innata). De hecho, Remedios Zafra (2017) señalaba en su libro que este mito probablemente provenga de Occidente donde dicha pobreza en los artistas se derivaba de un contexto previo de solvencia económica en la que el sujeto que amaba crear estaba dispuesto a renunciar a lujos por su pasión creativa. Cabe mencionar que es habitual ejercer la profesión de la escritura sin recibir una remuneración suficiente por ella, en lo que se diferencia de la mayoría de los empleos en que la base de la relación laboral es el intercambio de una fuerza de trabajo por una retribución económica (Weistreicher, 2020). Throsby (1994) propone que esto se debe a que los escritores están abrumadoramente motivados a crear. A pesar de esto, la falta de remuneración por la creación de obras literarias no está intrínseca en su definición, sino todo lo contrario. De hecho, cobrar derechos de autor por una creación literaria es un derecho humano. Los derechos de autor son derechos humanos. Según el artículo 27 de la declaración universal de derechos humanos de las naciones unidas: “Toda persona tiene derecho a la protección de los intereses morales y materiales que le correspondan por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas de que sea autora” (ONU, 1948). 

El marco teórico utilizado para esta investigación, como mencionábamos anteriormente, solo tiene un referente cuantitativo al que tomar como referencia, El libro blanco del escritor, que fue un primer diagnóstico sobre la situación de los profesionales de la escritura en España. Este, aunque desglosaba algunos datos por género, no tenía perspectiva de género en su análisis, por lo que sirvió para la comparación más general de los datos y la ratificación de que este estudio iba en la dirección correcta. Algunos datos significativos que este estudio encontró son: que hay una baja dedicación exclusiva a la profesión (83,6%), que se dedica poco tiempo a escribir (el 23,4% dedican menos del 10% de su tiempo laboral), que la situación contractual es deficiente y que, por ejemplo, los ingresos son muy bajos: la media de los ingresos totales de 2013 a 2017 eran de 6.325€. Este trabajo también recoge un dato importante: que las mujeres predominan en los segmentos de edad más jóvenes y que suelen ser profesionales autónomas en mayor medida que los hombres. El Libro Blanco del Escritor mostraba también que “el perfil de los autores que recoge este estudio está también cambiando y dentro de pocos años habrá cambiado del todo” (ACE, 2019, p.13). 

Con todo esto, parece que la implantación del Estatuto del Artista debería mejorar la situación de los escritores en España. David Castillo, presidente de la ACEC, señalaba que, con este nuevo contexto, la fiscalidad del escritor se ha vuelto “más clara y menos barroca” (ACE, 2019, p.23) ya que el Estatuto del Artista proporciona un marco que diferencia —con relación a la fiscalidad— a los escritores profesionales, no profesionales y a los jubilados. Esto, a efectos prácticos, quiere decir que en caso de no alcanzar ingresos superiores al Salario Mínimo Interprofesional (SMI) los escritores no tienen la obligación de darse de alta de autónomos, aunque, en caso de superarlos, sí es obligatorio para tributar los impuestos derivados de la actividad literaria.

En resumen, la profesión de la escritura se caracteriza por una gran precariedad, aspecto que resulta fundamental para comprender la influencia que el género tiene en la actividad profesional. Remedios Zafra (2017) lo expresaba muy bien en El Entusiasmo: “no sería descabellado afirmar que género y pobreza siguen operando como categorías clave para la desigualdad laboral y la precariedad contemporáneas en los trabajos creativos, que adquieren nuevas formas siendo viejas herencias”. En otras palabras, que hace falta observar la intersección del género en la precariedad anteriormente descrita para entenderla en toda su complejidad. 

Para tejer el marco teórico de la investigación, es indispensable citar las quinientas libras y la habitación propia a las que famosamente hizo referencia Virginia Woolf en 1945, que, hoy en día, se han convertido en una metáfora mucho más amplia que representa la posibilidad de creación femenina. En el siglo XXI, las escritoras necesitan dedicarse, en un alto porcentaje, a otras cosas para asegurar la subsistencia y poder crear con tranquilidad. Y es que, como decía Pérez de Villar (2019), “las nuevas formas de esclavitud como los contratos precarios y temporales y los trabajos por cuenta propia reducen aún más ese hipotético tiempo para la creación, ese espacio propio que es, a fin de cuentas, lo que reclamaba Virginia Woolf”.

La desigualdad de género en la profesión de la escritura también se puede observar en el hecho de que, durante muchos años en España, las escritoras han tenido un acceso desigual al reconocimiento literario (Losada Casanova, 2019). Esta desigualdad aún persiste en la actualidad y se puede evidenciar en la falta de representación de las mujeres como ganadoras de premios literarios. Un ejemplo concreto es el análisis de los ganadores y ganadoras de seis premios literarios de 2012 a 2021, que se presenta en la siguiente tabla: 


Premio
EscritoresEscritoras
Premio Nadal60%40%
Premio Cervantes70%30%
Premio Herralde60%40%
Premio de la Crítica70%30%
Premio Príncipe/Princesa de Asturias70%30%
Premio Nacional de Narrativa80%20%

Tabla 1: 6 premios literarios según el género de los galardonados y galardonadas (2012-2021). Elaboración propia a partir de las fuentes oficiales de los premios.

Si observamos algunos de estos premios de forma histórica podemos ver que el Premio Cervantes solo cuenta con 6 mujeres ganadoras en 47 años, el premio de la Crítica lo han recibido 5 mujeres en los 66 años que hace que se convoca y el premio Príncipe/Princesa de Asturias ha sido galardonado solo 9 veces a mujeres —de las cuales Susan Sontag y Fátima Mernissi lo obtuvieron en conjunto y Carmen Martín Gaite lo obtuvo junto con José Ángel Valente—. Todo esto son datos que toman como referencia hasta 2021.

Hoy en día, además de en todo lo anteriormente mencionado, es en las cargas familiares, los cuidados y la maternidad donde reside la principal brecha entre hombres y mujeres que escriben. Es difícil compaginar una carrera literaria con la maternidad, especialmente teniendo en cuenta que, en muchos casos, dichas actividades se deben también compatibilizar con sus empleos alternativos remunerados. Debido a que la maternidad se ha convertido hoy en día en una función social conflictiva, muchas creadoras deciden no tener hijos (Betaglio, 2017, p. 225). Para las madres escritoras, la maternidad es siempre una paradoja y la escasez de tiempo y la falta de concentración se plantean como dos de las dificultades más importantes a la hora de desarrollar una carrera literaria (Leoz, 2022).

1. Procedimientos de la investigación

Para el desarrollo del estudio ha sido muy importante definir de forma precisa el término ‘profesional de la escritura’. El problema radica en que no sirven conceptos clásicos como la formación o los ingresos para delimitarlo, ya que la mayoría de los escritores no viven exclusivamente de la actividad artística. Es por eso que cobra importancia el criterio de Frey y Pommerehne (1989) para definir a un ‘artista’, que consiste en la autoevaluación subjetiva como artista, es decir, considerar un artista aquel que se autopercibe como tal. En el caso de los escritores, además de estos criterios, se consideró profesional de la escritura solamente aquel que hubiera publicado al menos un libro en el sistema de edición tradicional español, excluyendo así a escritores y escritoras que se autopublican.

Otro concepto que ha sido importante delimitar es el concepto de ‘género’ que vertebra este estudio en forma de variable independiente. A diferencia de su acercamiento más tradicional, que define a mujer como ‘persona del sexo femenino’ y hombre como ‘persona del sexo masculino’, el género en este estudio se consideró desde un punto de vista sociocultural, más allá de su condición orgánica. Siguiendo a Judith Butler (2014): “con independencia de la inmanejabilidad biológica que tenga aparentemente el sexo, el género se construye culturalmente: por esa razón, el género no es el resultado causal del sexo ni tampoco aparentemente rígido como el sexo”. Tanto las Naciones Unidas como, por ejemplo, el Artículo 3 del Council of Europe’s Istanbul Convention definen el género como “los roles, actitudes, actividades y atributos socialmente construidos que una determinada sociedad considera apropiada para hombres y mujeres” (European Union, 2021). Es decir, que, en este estudio, se ha tenido en cuenta el género como construcción social.

A partir de estas definiciones, se envió un cuestionario a muchos escritores y escritoras de distinto contexto sociocultural y se recibió una muestra efectiva de 100. Este cuestionario fue una selección de preguntas extraídas de ‘El Libro Blanco del Escritor’ (2019). De igual forma se pasó también una entrevista por muestreo intencional a varios escritores y escritoras para tener un amplio rango de autores y autoras tanto de perfiles socioculturales como de experiencia laboral diversa. Entre ellos, recibí respuesta de autores como Rosa Montero, Javier Cercas, Rodrigo Blanco Calderón, Mónica Ojeda, Carlos Ferráez, Alicia Giménez Bartlett, Elena Medel, Clara Usón, o Juan Jacinto Muñoz Rengel.

2. Resumen de los principales hallazgos

Para este artículo, se han seleccionado algunos de los descubrimientos cuantitativos más relevantes sobre la precariedad laboral de las escritoras en España, que incluyen temas como la fiscalidad, las subvenciones, el tiempo dedicado a la escritura, los ingresos y las condiciones contractuales. Además, se han elegido dos temas de gran importancia abordados en las entrevistas: el reconocimiento y la maternidad, para poder tener una idea más completa de la intersección que tiene el género en la precariedad de la profesión.

Un primer hallazgo del trabajo de investigación lo encontramos en la situación fiscal cuando separamos los datos por género: 

Gráfico 1: Situación laboral/fiscal por género.

La mayoría de las mujeres encuestadas son autónomas (46,9%) y trabajadoras por cuenta ajena en segundo lugar (34,4%), mientras que los hombres encuestados tienen más probabilidades de ser trabajadores por cuenta ajena (44,4%), que autónomos (30,6%). Estos datos indican que las escritoras en España sufren una mayor precariedad con relación a la estabilidad salarial, por ejemplo. Esto se corresponde con lo que apuntaba la OIT que situaba que, en el sector creativo, las mujeres tienen más probabilidades de trabajar por cuenta propia que los hombres (Wyhatt, 2022).

Un segundo resultado interesante tiene relación con las subvenciones. Aunque estas no parecen ser muy habituales en la profesión (solo un 7% de los encuestados ha recibido alguna) la diferencia es todavía mayor cuando observamos estos datos con perspectiva de género: solo el 4,4% de las mujeres encuestadas han recibido alguna beca de escritura frente al 11,1% de los hombres que sí que han recibido algún tipo de subvención. Es imposible saber si esto puede deberse a barreras en el acceso o a problemas psicológicos que hacen que las mujeres soliciten menos subvenciones, como por ejemplo el síndrome del impostor. En cualquier caso, es importante que se estudie a fondo el sistema de distribución de estas ayudas y se eliminen los obstáculos para que las escritoras puedan tener las mismas oportunidades que los escritores.

El estudio también arrojó algo de luz sobre una tercera evidencia, que podemos encontrarla en el tiempo de dedicación a la profesión. El tiempo de dedicación sobre el total de la actividad laboral a la profesión de la escritura es muy sintomático de la precariedad de los autores y las autoras que deben emplear su tiempo en una ocupación alternativa o incluso en actividades complementarias para poder recibir un salario digno. 

Gráfico 2: Tiempo de dedicación a la escritura en porcentaje respecto al total de la actividad laboral por género.

Las mujeres son mayoría en el grupo que ocupa menos del 10% de su dedicación laboral a la escritura (31,3% de las mujeres frente al 25% de los hombres), y, en cambio, son menos entre aquellos profesionales que ocupan todo su tiempo laboral a esta actividad (11,1% de los hombres versus el 4,7% de las mujeres). A estas conclusiones hay que sumarle el hecho que de que estamos hablando del tiempo de dedicación a la escritura respecto al tiempo laboral total, no del tiempo total. Sin embargo, la valoración del ejercicio artístico se ha socializado del lado de la afición (Zafra, 2017), por lo que muchos escritores escriben en su tiempo de ocio. Dado que las mujeres en España suelen tener una hora y 37 minutos de media menos de tiempo libre que los hombres (INESE, 2019), podríamos esperar que el porcentaje de dedicación a la profesión respecto del total de tiempo fuera todavía menor.

También es importante mencionar las retribuciones. Partiendo de la base que solo el 4% de los profesionales cobra por encima del Salario Mínimo Interprofesional—que en el año que se hizo el estudio estaba en 14 pagas de 1.000€— y que, por lo tanto, es muy clara la precarización generalizada y el panorama es desolador dentro de la profesión al observar los salarios, si segregamos los datos por género según los ingresos vemos que la precariedad salarial se extiende independientemente del género. Sin embargo, había significativamente más mujeres que hombres que no hubieran recibido ningún ingreso en los últimos 5 años (33,8% de las mujeres frente al 22,2% de los hombres), lo que podría querer apuntar a un parón en la escritura. A pesar de ello, los ingresos recibidos son muy escasos en ambos casos e insuficientes para vivir de ellos.

Un aspecto importante de las condiciones laborales en los que sí se manifiesta una brecha de género es la inclusión de un anticipo a cuenta de las regalías (royalties) que cobran los profesionales de la escritura. Este no es obligatorio por ley, pero es de gran ayuda para la supervivencia de los escritores y escritoras que no tendrán que esperar un año hasta recibir las primeras liquidaciones. Los datos que nos arroja la división por género son claros: los hombres tienen el anticipo explicitado en el contrato en una mayor proporción que las mujeres (61,5% vs. 55,1%). Esto, de nuevo, es un síntoma de que las mujeres son más precarias que los hombres en la profesión de la escritura.

3. Premios y reconocimiento

Como veíamos al principio del artículo, otro aspecto fundamental en la percepción sobre las desigualdades entre hombres escritores y mujeres escritoras puede encontrarse en el reconocimiento recibido por sus obras literarias. A partir de las entrevistas realizadas a varios autores, y centrándonos en la recepción de los premios, podemos concluir que muchos escritores tienen la percepción que últimamente se premia más a las escritoras de lo que solía, y en algunos casos que se está premiando más a las mujeres que a los hombres. También que la desigualdad histórica está desapareciendo. Aunque también existe esta visión entre algunas escritoras, muchas se muestran poco convencidas de que se esté produciendo un cambio estructural sino que más bien se trata de una “moda”.

Rodrigo Blanco señalaba en la entrevista que “creo que hoy las escritoras reciben más reconocimiento que los escritores” y Javier Cercas que “en cuanto a los reconocimientos, es evidente que se está haciendo un esfuerzo por dárselos también a las mujeres, y que, por eso —para compensar por el hecho de haber estado históricamente relegadas—, ahora las mujeres tienen muchas más posibilidades de reconocimiento que antes.” 

Berta Marsé esperaba que este aumento en la presencia de mujeres en los catálogos y reconocimientos sea señal de que la escritura de las mujeres se ha normalizado. En sus palabras: “hoy las autoras reciben la misma atención pública. Tengo la impresión de que se publica a tantas autoras como autores, se reseñan, se premian. Las autoras están de moda. Confío en que no se trate solo de un fenómeno de moda, sino que dure y se traduzca pura y simplemente en que el ejercicio de la escritura por parte de las mujeres se ha normalizado”.

Mónica Ojeda, por ejemplo, también está de acuerdo con esta subsanación progresiva de la desigualdad, y decía que “creo que sí se está generando un cambio, que ahora mismo hay una atención bastante grande a las obras escritas por mujeres (…) [aunque] la verdad es que, todavía, los catálogos de las editoriales literarias más importantes siguen siendo mayoritariamente masculinos (…). Están las editoriales ahora mismo subsanando la situación, pero esto va a tomar mucho tiempo, no se cambia de la noche a la mañana.”

Sin embargo, si miramos los datos sobre los premios en España, podemos observar cómo, si se compara con antes, las mujeres están recibiendo más premios, pero siguen recibir ni siquiera los mismos premios que ellos. En el breve cómputo de algunos premios importantes en los últimos 10 años veíamos como ellas no han recibido en ningún caso más reconocimiento que ellos. Carlos Ferráez, en este sentido, mencionaba en las entrevistas que: “la estructura social sigue beneficiando más a los autores hombres, aunque recientemente ha habido un importante crecimiento de títulos, reconocimientos y premios a autoras. Esperemos que ese auge se mantenga en el tiempo y cambien los parámetros por los que se mide la “literatura premiable”. Creo que el cambio se está realizando, más lento y tarde de lo que nos gustaría a todos, pero hay espacios cada vez más amplios y un gran público para las autoras.”

Elena Medel contaba que la sensación de que ahora se premia más a las mujeres puede deberse, por ejemplo, a la falta de costumbre de la sociedad: “tengo la sensación de que no ocurre así. Sucede que no teníamos la costumbre de encontrar a mujeres en situaciones de visibilidad: las autoras que desarrollaban una carrera con un ritmo de publicación constante, en editoriales con un catálogo de calidad y una distribución digna, logrando reseñas y obteniendo premios, etcétera, eran excepciones. Ahora el número ha aumentado —sin que esto signifique que se acerque a la paridad— y por esa falta de costumbre nos parece mayor de lo que es en realidad. (…) ¿Qué sucede en los premios que se conceden a toda una carrera? ¿Cuántas mujeres han ganado el Cervantes o el Nacional de las Letras, el Reina Sofía o el Ciudad de Granada? ¿Cuántas candidaturas de mujeres se presentan, y cuántas alcanzan las deliberaciones finales?”.

Clara Usón —que fue, en 2012 la primera mujer en ganar el premio de la Crítica en cuarenta años— hace una distinción entre premios a novela inédita, que suelen ser más comerciales —y, por ende, con relación a las modas— y los premios de prestigio a la carrera profesional. En estos últimos percibe mucha más desigualdad: “en el ámbito de los premios literarios de editorial o comerciales, a novela inédita, hay un cierto equilibrio entre escritores y escritoras premiados, pero en los premios de prestigio, a obra publicada, como el Nacional, el de la Crítica o el Cervantes, la gran mayoría de los premiados son varones.” 

Los profesionales de la escritura entrevistados también hacen referencia a la baja participación de las mujeres a los premios. Rodrigo Blanco mencionaba que “sobre los premios, al menos en España, un dato importante es que con frecuencia las escritoras envían menos manuscritos que los escritores. Eso sería una cuestión interesante a desentrañar: ¿tienen menos ambiciones? ¿no confían en la industria editorial? ¿siguen pesando en las mujeres los estereotipos machistas que veían la escritura como un asunto de hombres? Es difícil saberlo”. Aunque el trabajo no pudo arrojar mucha luz sobre las causas de este fenómeno, José Ovejero proponía que quizás “el hecho de que exista esta dificultad tiene también un efecto disuasorio: hay menos mujeres que hombres que se presentan a premios literarios, lo que también contribuye al círculo vicioso”.

Otro aspecto básico del reconocimiento literario podemos encontrarlo en la recepción de las obras, la crítica literaria y el asentamiento de las mujeres en el canon literario. Rosa Montero sugería que “cuanto más te acercas al poder menos valoradas estamos y menos lugares ocupamos.  Quiero decir, estamos mucho menos en las antologías, estamos muchísimo menos en los premios, estamos menos criticadas, se hacen menos críticas en los suplementos a las mujeres que a los hombres.  No hay el mismo nivel de crítica, manteniendo la proporción con respecto a las publicaciones de mujeres y de hombres, o sea que seguimos estando en una discriminación en cuanto a valoración.” Alicia Giménez Bartlett señalaba que incluso cuando se hacen reseñas sobre los libros escritos por mujeres “a veces en la crítica hay un cierto paternalismo, una soterrada condescendencia”. 

Elena Medel reflexionaba en la entrevista sobre la forma en la que se reciben los libros escritos por mujeres “leo artículos con titulares como “el boom de las escritoras”, o similares, en los que se agrupa a una serie de escritoras sin más rasgos en común que el género (…). Esto no sucede con un autor que debuta (…). Existe un número considerable de autoras —sobre todo a partir de la generación del 50— que publican uno o dos libros, consiguen reseñas favorables, ganan premios… y luego desaparecen, dejan de publicar o pasan a hacerlo en sellos muy pequeños. Sus circunstancias son diferentes: el silencio de décadas de María Victoria Atencia o Pilar Paz Pasamar no respondió a los mismos motivos que los de Ana María Matute o Carmen Laforet, por ejemplo. Pero el silencio se produjo, al fin y al cabo: dejaron de publicar, y en algunos casos resultó muy difícil volver a insertarse en el sector editorial.” Esta manera de agrupar a las autoras en un mismo saco —sin tener demasiado en común entre ellas— proviene de una larga tradición. Ya Virginia Woolf hacía referencia a ella en Una Habitación Propia cuando hablaba de Jane Austen, George Elliot, Emily Brönte o Charlotte Brönte (Woolf, 1945). De esta forma y de manera regular en la historia de la crítica se ha tenido la sensación de que las escritoras estaban teniendo mucho reconocimiento en ese particular periodo histórico. Podíamos verlo también en los titulares que acompañaban las noticias de los premios de Ana María Matute a mitad del siglo XX (Cascante, 2022), en la explosión de la literatura femenina en los 90 —como sugería Laura Freixas (2013)— o en el llamado ‘nuevo’ boom latinoamericano.

José Ovejero menciona la idea de que las mujeres no están, todavía, en el canon literario “por mucho que estén cambiando las cosas, está claro que las mujeres se encuentran con más dificultades a la hora de acceder a premios, reconocimientos y retribuciones más elevadas. (…) Si el canon del gusto tiende a ser masculino y se recompensa a quienes se ajustan a ese canon habrá menos alicientes para intentar obtener un premio que rara vez obtienen las mujeres.” Clara Usón expande esta idea: “quienes otorgan el reconocimiento y establecen el canon son todos varones de una cierta edad, aferrados al prestigio y al pequeño poder que les confiere su situación, convencidos de que la excelencia, por lo menos en España, es cosa de hombres.” Sieghart (2021) pone de manifiesto en relación con lo anterior que la condición humana por defecto es la masculina, y la femenina se percibe como otra, como específica.

4. Maternidad

Además del reconocimiento literario y los premios, la conciliación, la maternidad y los cuidados, son, quizás, uno de los otros aspectos en los que la conclusión de las entrevistas pudo extraerse de forma más clara: las cargas familiares afectan de forma diferente a los escritores y a las escritoras, especialmente la maternidad que es donde reside la brecha más importante entre hombres y mujeres profesionales de la escritura. Tanto es así que algunas mujeres escritoras han decidido renunciar a ella para poder mantener su capacidad de escribir.

Según un informe de la Fundación Instituto de la Mujer (2016) la dificultad de conciliar la maternidad con el desarrollo de la actividad artística puede explicarse por “las dinámicas de vida que demandan —en simultáneo— las actividades laborales y la crianza; y también por los factores económico-materiales” (FIM, 2016, p. 57). En esta línea, Valentina Marchant mencionaba que “la maternidad tiene un impacto gigantesco sobre las mujeres, y, por ende, en su trabajo creativo cuando son a la vez escritoras. Amamantar y escribir a la vez se torna complejo, así como todo lo demás que se deriva de parir. Combinar el cuidado familiar con la escritura es difícil, pero no es diferente a combinar el cuidado familiar con cualquier otro tipo de trabajo: para realizar cualquier tarea intelectual y creativa, se necesita espacio (un cuarto propio) y tiempo, dos cosas que cuando se es madre se tornan complejas de preservar.” María García (pseudónimo) también cita indirectamente a Virginia Woolf y nos cuenta que “la maternidad en muchas ocasiones “encierra” a las escritoras en casa, no tanto a los escritores. Con la fantasía de que es cien por cien compatible, que basta “una habitación propia” para seguir creando, y no es así. Si tienes un trabajo remunerado, escribes en el tiempo “libre”, y decides ser madre, tienes que renunciar a algo. Al trabajo remunerado o a la escritura.” En su libro Una habitación propia, Virginia Woolf (1945) remarcaba que es necesario tener quinientas libras al año y una habitación con candado en la puerta si se quiere escribir ficción.

La maternidad, hoy en día, parece ser una de las razones principales que impide a las escritoras tener libertad para crear ya que impide que tengan el tiempo, el espacio y los recursos económicos para poder hacerlo en condiciones.  Juan Jacinto Muñoz Rengel remarca lo difícil que es tener hijos y escribir, y señala que en caso de que ambos padres sean profesionales de la escritura lo más probable es que sean las mujeres las que tengan que asumir más cargas familiares “creo que todavía es muy difícil que una escritora madre, que escribe en casa, no vea invadidas todas sus horas de escritura por la crianza de los hijos. Para el escritor aún resulta más fácil que para la escritora desembarazarse de ciertas obligaciones y preservar unas horas de escritura. Más allá de lo biológico, la presión social sobre una madre (…) es enorme, también a niveles psicológicos, y por lo tanto creativos.” Javier Cercas nos cuenta que existe diferencia entre la paternidad y la maternidad, aunque sugiere que esta situación está cambiando poco a poco “sin la más mínima duda. En el pasado, la maternidad significaba a menudo grandes problemas para que la mujer continuara con su carrera (a veces, incluso, el final de su carrera); de nuevo: ahora creo que las cosas están cambiando, pero no lo suficiente.” Rosa Montero comentaba que “desde luego hay muchas escritoras magníficas con hijos que han hecho una carrera espléndida: como Carme Riera, como Monsterrat Roig (…) y como muchas otras. Pero eso ha supuesto en todas ellas un esfuerzo añadido, sin lugar a duda.”

Olga Merino amplía la dificultad de conciliación a todas las mujeres que tienen que dar cuidados —especialmente a los mayores— “por supuesto, la conciliación es muchísimo más difícil para las mujeres en todos los ámbitos, en todas las profesiones. No solo por lo que respecta a las servidumbres de la maternidad, sino también al cuidado de padres y familiares mayores. Por imperativo cultural y tradicional se considera que estas actividades corresponden a las mujeres, como hicieron nuestras madres y abuelas”, y también se plantea que no es casualidad que muchas de sus amigas escritoras hayan renunciado a la maternidad: “La conciliación es agotadora (…). No deja de ser significativo que muchas de mis amigas escritoras no hayan tenido hijos. ¿Por qué será?”.

Un testimonio fundamental es el de Clara Usón que también hace hincapié en esto, desde su experiencia personal de la renuncia a la maternidad para poder ser escritora: “creo que, como en otras actividades, la gran discriminación llega con el nacimiento de hijos. Son las mujeres quienes se ocupan de la crianza y, en muchos casos, del mantenimiento de los hijos, de ahí que las madres escritoras dispongan de menos tiempo para la creación literaria y a menudo deban abandonarla, aunque sea temporalmente, para dedicarse a una actividad mejor remunerada. Yo no he tenido hijos, tomé la decisión de no ser madre cuando comprendí que quería ser escritora. Muchas colegas mías han hecho otro tanto. La mayoría de los escritores en la cuarentena son padres, las escritoras madres en esa franja de edad están en minoría, son auténticas heroínas”.

También son cruciales las reflexiones que nos deja Elena Medel en la entrevista sobre la maternidad y los cuidados. Al igual que Clara Usón, Medel también considera que la precariedad laboral puede obligar a algunas mujeres a renunciar a tener hijos. Desde su experiencia personal nos contaba que “yo no soy madre, y creo —acabo de cumplir 37 años— que nunca lo seré, aunque en muchos momentos de mi vida me habría gustado y estuve a punto de dar el paso. Uno de los motivos que tienen que ver con esta decisión (…) es la precariedad laboral —ahora tengo un trabajo más o menos estable, pero me ha costado muchísimo— y el presente-futuro inestable que podría ofrecerle; el paréntesis tan doloroso que establecería en mi carrera como editora y escritora… No dispongo de una red familiar que pudiera ayudarme en la crianza, tanto en lo personal como en lo económico, así que la de la maternidad es una experiencia que he terminado descartando.”

Como podemos ver en estos últimos testimonios planteados es difícil compaginar una carrera literaria con la maternidad y con los cuidados en general, especialmente teniendo en cuenta que en muchos casos las mujeres deben también compatibilizar con sus empleos alternativos remunerados.

5. Conclusiones y propuestas de mejora

Este trabajo sobre el impacto que el género tiene en las condiciones laborales y la precariedad laboral de las profesionales de la escritura nos deja algunas conclusiones destacables, que resumimos a continuación.

Parece que el género tiene un impacto claro en la precariedad laboral de los profesionales de la escritura en algunos aspectos estudiados: las mujeres suelen ser autónomas en mayor medida que los hombres, reciben menos subvenciones y dedican, en general, menos tiempo a la actividad de la escritura; también observamos una relación contractual peor, por ejemplo, especifican en sus contratos los anticipos en menos ocasiones que en los hombres. En relación con el salario, vemos que, aunque el género no tiene un impacto per se, solo el 4% de los profesionales de la escritura cobra por encima del SMI por lo que existe una gran precariedad.

Por otro lado, parece relevante observar cómo los autores y las autoras han señalado repetidamente que perciben el impacto del género, sobre todo, en el reconocimiento y en los cuidados. Del estudio se concluye que las cargas familiares —que siguen recayendo fundamentalmente en las mujeres— tienen mucha influencia negativa en las condiciones laborales de las escritoras en España.

Para terminar este artículo mirando hacia el futuro de forma positiva, puede ser interesante mencionar algunas propuestas para poder mejorar la situación de las profesionales de la escritura en España.

Para empezar, se recomienda utilizar estadísticas desglosadas por género y otros factores interseccionales para garantizar que las escritoras tengan los mismos derechos laborales que los escritores hombres. Es importante crear informes sobre los derechos de propiedad intelectual y asegurarse de que se evalúen y sigan los datos. También se sugiere impulsar el mecenazgo público de las escritoras a través de medidas como la creación de residencias artísticas y becas de creación. Además, es fundamental mejorar la accesibilidad a las becas y subvenciones existentes, y estudiar las razones por las cuales las mujeres reciben menos subvenciones que los hombres. Otra propuesta es crear subvenciones para ayudar a las escritoras a reincorporarse a su trabajo después de la maternidad, para mitigar el impacto negativo que esta etapa puede tener en la creación. 

Para fomentar la paridad en el reconocimiento de obras literarias, se propone publicar estadísticas anuales sobre la brecha en la recepción de premios y asegurar la inclusión de mujeres como jueces en los premios. Además, se promueve la ampliación de la representación femenina en la crítica literaria del país. Por último, se destaca la importancia de crear y promover redes de apoyo entre las escritoras, para que puedan compartir sus preocupaciones laborales y apoyarse mutuamente en su carrera profesional.

ARTÍCULOS DE REFERENCIA

PALOMARES, L. (2022). Escritura y precariedad: un análisis con perspectiva de género. Treball de Final de Máster. UOC. 

Bibliografía

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CASCANTE, J. (Ed.) (2022). El Libro de Ana María Matute: antología de literatura y vida. Blackie Books: Barcelona. 
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Laura Palomares Guells (1995) se graduó en Filología Inglesa y Española en la Universidad Autónoma de Barcelona y ha trabajado en el departamento de derechos de traducción en Bonnier Books en Reino Unido. En 2022 obtuvo un reconocimiento al mejor TFM con perspectiva de género del área de economía de la UOC donde realizó un máster en Gestión y Dirección de recursos humanos. Actualmente, ejerce como agente principal de nuevas voces y agente de derechos de traducción en la Agencia Literaria Carmen Balcells, una de las agencias literarias más importantes del mundo, representando a algunos de los escritores más destacados de habla hispana.