El Lyceum Club Femenino o cómo las razones mediadoras son políticas del afecto
Marifé Santiago-Bolaños
Alguien dio nombre a un momento, le puso fecha para que fuera fundacional. Juan Chabás, uno de ellos: generación del 27. Para las mujeres, aquel momento lo preludia una fotografía de 1926: Lyceum Club Femenino. Son muchas las que no están en la imagen, aunque sí en los huecos de la memoria. Se sabían herederas de otras, parte de una genealogía con rostro e historia que, acaso, se quedó suspendida en ese no lugar agazapado entre los márgenes y escombros del relato oficial u oficialista. Desvelarlo, es asumir la obligación de dar las gracias por haber puesto en hora los relojes de la dignidad.
Estaban a nuestro lado sin lado donde estar. Los espacios públicos canónicos de debate y pensamiento con afanes de poder suelen reservarse el derecho de admisión para que solo entren quienes los ratifiquen. Ellas, sin embargo, construían otro mundo posible en el hueco de las ausencias. Pienso en un café con tertulia, en la época donde tales terceros espacios eran cruciales para que se iniciaran cambios y se preservaran logros. Las mujeres, para entrar, tenían que ser “invitadas o admitidas” por los hombres que dirigían tales encuentros. Ellas, sin embargo, no renunciaron al afuera, por ejemplo, a aquellos cafés cantantes mucho más populares, como el de San Millán, en el barrio de La Latina -el barrio de María Zambrano y también de la galdosiana Fortunata-, donde por darle hospitalidad a lo expulsado de la ciudad del poder que dicta canon, no tenían que ser admitidas, sino que entraban por su propio pie. Ese afuera también eran sus propias casas, cuando era posible, abiertas a palabras distintas, a gestos cívicos donde la urgencia por ganar se desplazase hacia otra concepción de lo común, como hicieron otras mujeres, tiempo atrás, buscando la utopía de la paz entre adversarios cuando el espacio de lo común se había infectado de odio. Las lyceístas se nos ofrecen herederas de aquellas “salonnières” mediadoras, con herramientas para el pensar que se llaman libro, que se llaman poema, que se llaman cultura; sabían que Atenea, la diosa de la razón, es también la patrona de las hilanderas. Y así el Lyceum Club propuso una casa donde la edad o las creencias no eran óbice para encontrarse. Se apoyaron entre ellas, las mayores a las más jóvenes, las más jóvenes a las mayores. Mediaron entre ideas. Y dejaron la puerta abierta al porvenir que no tendría que invitarlas porque habría de ser impensable sin ellas.
En febrero de 1926, en el entorno del Instituto Internacional y la Residencia de Señoritas, se decidía el inicio de lo que iba a ser el Lyceum Club Femenino, inaugurado en noviembre del mismo año. Seguía los pasos de clubes similares ya existentes en Europa, donde mujeres con estudios superiores y/o dedicaciones intelectuales y creativas, en un pacto de respeto, se unían para avanzar en cuestiones sociales, culturales y educativas. La junta directiva del Lyceum Club Femenino de Madrid la formaban María de Maeztu como presidenta e Isabel Oyarzábal y Victoria Kent como vicepresidentas. Kent es más conocida; Oyarzábal llegó a ser una de las primeras embajadoras españolas. Zenobia Camprubí era la secretaria, ayudada en calidad de vicesecretaria por Helen Phillipps, profesora del Instituto Internacional. La tesorera era la maestra Amalia Galárraga. Muy cerca tenemos figuras bien conocidas, como María de la O Lejárraga o las hermanas Nelken. La directora escénica Pura Maortúa intentó que las diferentes salas del Lyceum tuvieran su propio carácter y estilo. La decoración creó espacios dentro de los espacios que permitían tertulias, conferencias, conciertos, salas de exposiciones, lugares para recibir a las visitas y debatir presentes que tejieran futuros. Hasta un cuarto confidencial para que, en privado y con plena confianza, se pudieran tratar temas que no podrían serlo públicos hasta que no estuvieran bien armados. Cuartos propios, porque la intimidad es el principio de la libertad democrática, y exigir que se sepa todo desde no deja de ser un sutil modo totalitario de control, aunque se nos quiera convencer de lo contrario.
El hilo empieza atrás, con un sueño -lo escribe Zambrano: todo lo que el ser humano quiere lo sueña primero. El sueño se queda en los ojos incluso cuando estos no se abren. Son ojos promesa, como la estrella-amor que abre el día en ese instante de la aurora. María de Maeztu: acepta dirigir la Escuela de Magisterio y pone en marcha la Residencia de Señoritas para que no se reproduzcan hábitos y esquemas sociales que sigan impidiendo a las mujeres elegir lo que quieren que sea su vida. Maeztu toma, a su vez, el hilo que llega de muy lejos; pide dibujar con él un perímetro simbólico nuevo, donde lo que se había quedado siempre fuera entrase a formar parte de esa nueva ciudad de la libertad. Ella fue la presidenta fundadora del Lyceum Club, dijimos. Este ovillo sigue extendiéndose: unos años después, febrero de 1933, la Universidad de Madrid tenía mil mujeres estudiando en sus aulas. Pongamos atención a este dato que sin iniciativas como las mencionadas no habría sido posible.
El amor engendra siempre, nos recuerda María Zambrano. Por eso los sueños creadores se multiplican, dan agencia a quienes no la habían tenido o ni siquiera sospechaban que pudieran tenerla. Hemos de recordar a las residentes de la Residencia de Señoritas dando clases a las mujeres obreras, a las estudiantes de la Universidad Central madrileña en las Misiones Pedagógicas. Y señalar que el Lyceum, desde sus inicios, creó estructuras que permitieran a las mujeres obreras trabajar sin que sus hijos e hijas fueran víctimas de lo que podría convertirse en un progreso si se hacía bien, y en una esclavitud solapada si no se tenía en cuenta. Volveremos a ello.
Pero antes sigamos el hilo de la mano de María de la O Lejárraga y Zenobia Camprubí. Socias fundadoras del Lyceum Club. Mentalidad ateneísta (fue frecuente que muchas de las socias del Lyceum lo fueran también del Ateneo, y en todo caso el intercambio entre las socias de uno o del otro fue constante por amistad, por ser público en las actividades o por intercambiar experiencias). Trabajadoras independientes. Colaboradoras, como la mayor parte de sus cómplices en el Lyceum, traductoras, autoras, solidarias activas con aquellas otras mujeres cuya velocidad a la hora de beneficiarse de logros inminentes era muy distinta. En Lejárraga y Camprubí está el cosmopolitismo de las mujeres que nos miran y a las que miramos, las que nos escuchan y a las que escuchamos. Lejárraga y la escena, la más moderna, la más arriesgada, la que cambia los imaginarios porque en la asamblea que es el teatro se llama a los sueños en común y se conjuran, también en común, las pesadillas individuales y de un pueblo. Zenobia Camprubí traduciendo, gestionando cultura. Las dos hacían suya la imagen maravillosa que escribe María Zambrano: la belleza hace el vacío. Entiendo hacer el vacío en el sentido de despojarnos de prejuicios y abrirle los brazos a lo que está por llegar. El Lyceum se convirtió en la posibilidad de que pintoras, escultoras y “dibujantas” pudieran exponer su obra. Delhy Tejero, Viera Sparza, Piti Bartolozzi, las hermanas Gil Röesset, Maruja Mallo o Ángeles Santos son, entre otras, artistas cuyas creaciones pudieron verse en el Lyceum.
Se estaban practicando redes de apoyo desde una verdadera “ética de los cuidados”.
Las salas del Lyceum estuvieron abiertas a intelectuales y creadores y creadoras del mundo entero, acogieron la presentación de Lorca de su Romancero gitano, la performance surrealista de Alberti, la lectura que Unamuno hizo de su Raquel encadenada. En el Lyceum, se dialogaba con la cultura popular sin jerarquías. No me voy a olvidar de María Teresa León, lyceísta, acompañando a Encarnación López La Argentinita –“comadre” de García Lorca- en esa búsqueda de autenticidad cuando la bailarina quiso crear una compañía de baile español a la manera de los tan exitosos ballets rusos de Diaghilev. En el Lyceum, se escucharon nuevas músicas. Si tuviéramos más espacio abundaría en este asunto, pero he de seguir aunque nombrado al menos a María Rodrigo. Rosa García Ascot, María de Pablos Cerezo (la perfecta desconocida), son aura Lyceum Club por Generación del 27 incluso no habiendo sido lyceístas. Es importantísimo esto: el Lyceum, como las otras instituciones femeninas parejas, propició conciertos dirigidos o interpretados por músicas. También se deshacían imaginarios que habían convertido a la mujer intérprete en objeto de exhibición y canje mercantil. Y, en esa labor mediadora, incluso entre el pasado y el presente, el Lyceum organizó torneos poéticos para que Santa Teresa o Sor Juana Inés de la Cruz se encontraran con las cercanas Carolina Coronado, Pilar de Valderrama y las actuales Ernestina de Champourcín, Concha Méndez, Josefina de la Torre o Carmen Conde.
Ensayaban otros modos de estar y otros silencios elocuentes, otras melodías de la vida, y había que aprender a reconocerlos y a escucharlos. Magda Donato (seudónimo de Carmen Eva Nelken, hermana de Margarita Nelken) se esmeró en que así fuera. Periodista y mucho más, Magda Donato, a la manera de su coetáneo Chaves Nogales, se adentró allá donde solo si se está es posible contar su verdad. Sabía que continuaba la labor de Carmen de Burgos, por poner un ejemplo, queriendo contar la guerra desde los ojos de las mujeres que parecen no estar en ella. Donato va a las cárceles, va a los hospitales psiquiátricos. Locura y leyes también tienen género, lo sabemos. El Lyceum permitió que temas escondidos empezaran a serlo compartidos sin culpas ni vergüenzas. Estoy pensando en la psicóloga lyceísta Mercedes Rodrigo, indispensable en los inicios serios y comunitarios de la salud mental, todavía hoy sin resolver. Como muchas de las nombradas, continuó su tarea fuera de España cuando, tras la guerra civil, se exilió.
Voy a llamar, ahora, a Encarnación Aragoneses, conocida como Elena Fortún, quien halló en el Lyceum Club ese cuidado al que nos referíamos antes. Compartió amistad con Matilde Ras, grafóloga, traductora, ensayista, dramaturga. María Lejárraga la animó a publicar su obra. Con Ras, y otras de las que pronto hablaremos, se atrevió a abrirle el corazón a sus afectos. Se ocupó, además, en el Lyceum, de la casa del niño a la que ya hemos hecho alusión, impulsada, entre otras socias, por Consuelo Bastos. Sabían que tales casas eran necesarias para que las mujeres obreras pudieran trabajar sin culparse porque sus hijos e hijas quedasen desatendidos. La meta era convertirlo en ley, que las leyes trajeran la garantía de perdurabilidad y, por tanto, la obligación colectiva de demandarla.
Elena Fortún convoca a Victorina Durán. Esta última quería ser actriz, acabará decantándose por la escenografía, su tía era la bailarina Antonia Mercé La Argentina. Creó el Círculo Sáfico de Madrid junto a amigas del Lyceum Club. A la manera de esos espacios de libertad femenina franceses del periodo, se reunían en casa de la poeta y diplomática Gabriela Mistral, y después en el estudio que compartían Durán y Matilde Calvo Rodero en la calle de Ventura de la Vega. Matilde Calvo había compartido aula con Rosa Chacel. Eran simpatizantes del Círculo y más o menos asiduas, Elena Fortún, Matilde Ras, Victoria Kent o la propia Chacel. Durán llegó a ser directora cultural del teatro Colón de Buenos Aires. Es un referente absoluto a la hora de entender el papel de las mujeres escenógrafas y diseñadoras de indumentaria. Pienso muchas veces que el florecimiento maravilloso de dramaturgas y directoras que la escena española tiene hoy y que está permitiendo ver, en el teatro, otros temas y, sobre todo, otra manera de tratar temas universales, debe mucho a mujeres que, como Victorina Durán, fueron propiciando esa posibilidad.
Para que el presente nacido crezca con confianza, hay que cuidarlo, estar pendiente y protegerlo, pues cuanto más viva, verdadera y profunda sea una transformación social más miedo y rechazo provocará. El miedo es el antídoto más poderoso contra el avance de los derechos humanos. Inocular el miedo es herir de muerte a la imaginación. Y sin imaginación creadora el corazón se va llenando de aceptaciones sin réplica. He querido dejar este tema, a modo de conclusión simbólica, para el final porque en el Lyceum -con todas sus ramificaciones y también a partir de raíces compartidas- se dirimió el camino de la mayor revolución política del siglo XX: la igualdad legal entre las mujeres y los hombres. Al derecho al voto de las mujeres, lo siguieron otros derechos que iban a cambiar en España, inevitablemente, estructuras sociales atávicas, como estaba ocurriendo en otros países europeos y americanos con los que estaban en contacto las lyceístas. En la sección social del Lyceum, las tres primeras abogadas españolas -Victoria Kent, Clara Campoamor y Matilde Huici- planeaban estrategias de tiempo y lugar para un mismo fin: el sufragio femenino. De todo ello, y de las sesiones formativas abiertas a socias y, en ocasiones, a otros públicos se dio cuenta en el texto redactado por Benita Asas y Victoria Kent, entregado a la Comisión General de Codificación para reformar los códigos civil y penal, discriminatorios para las mujeres. Casos ejemplares son el artículo 438, que Carmen de Burgos, “Colombine”, tomará para su novela homónima, donde se explicitan las diferencias penales para hombres y mujeres en caso de adulterio; o la eterna minoría de edad de las mujeres, que impedía la libre administración de sus propiedades o la patria potestad sobre los hijos.
Parecería que con la guerra civil todos los logros del Lyceum, así como sus semillas, desaparecieron. Pero no es cierto. Permanecieron soterradas, palpitando, susurrando al oído de quienes se hacían preguntas sin respuestas aparentes. Las teníamos en calles y bibliotecas, pero también vemos y buscamos solo aquello que se da a una cierta luz, cuesta entrar en la penumbra, en las anotaciones simbólicas que están en los márgenes. Su obra está en nosotras, ciudadanas del siglo XXI, Clásicas y Modernas es un aval de mis afirmaciones. Nos entregaron, aunque no lo supiéramos, su camino recibido para que nunca más lo perdiéramos. Cada derecho humano tiene genealogía de amistad y cuidado, un desde siempre, un desde antes de que se contabilicen y cuenten estas cosas. Hay que dar las gracias. Cuidamos mal porque agradecemos poco.
La base de este artículo inédito está en dos conferencias impartidas, conmemorando el centenario del Lyceum Club, en el Ateneo y el Círculo de Bellas Artes de Madrid.

La poeta Marifé Santiago-Bolaños, doctora en Filosofía, es profesora de Estética en la Facultad de Filosofía (UCM), patrona de la Fundación María Zambrano y académica correspondiente de la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce. Pertenece al ITEM;codirige el Grupo de Investigación Complutense “Poéticas de la Modernidad”, dirige el Seminario Complutense “María Zambrano, una poética de la lentitud”, y forma parte del Proyecto de Investigación Complutense “Estética y transformación digital de la sociedad”. Una veintena de libros ensayísticos donde se cruzan la filosofía y los procesos creativos, poemarios, cuatro novelas, una selección de relatos y un texto teatral, avalan una trayectoria que ha llevado a la traducción de parte de su obra, y a incluirla en antologías, diccionarios, catálogos artísticos, composiciones musicales, escénicas y visuales, o a estudiarla en universidades nacionales e internacionales. Algunos de sus últimos libros publicados son Reflexiones a la orilla del tiempo: algunos tés imprescindibles y María Zambrano: entrelazados te llegan sus sonidos.
