Adelina Gurrea: una escritora hispanofilipina
Mercedes Gómez-Blesa

La historia literaria suele organizarse alrededor de fronteras que la propia literatura se encarga de desmentir. Adelina Gurrea Monasterio pertenece a esa clase de escritoras cuya trayectoria resulta difícil de encerrar en una sola tradición nacional. Nacida en Filipinas y vinculada durante gran parte de su vida a España, escribió en español sobre una tierra que siguió habitando su imaginación, incluso después de la distancia. Su obra obliga a reconsiderar qué significa pertenecer a una cultura, de qué modo se conserva la memoria de un lugar y hasta qué punto una lengua puede albergar experiencias históricas diferentes de aquellas con las que suele identificársela.
Recuperar hoy su figura no consiste únicamente en añadir un nombre olvidado al repertorio de escritoras del siglo XX. Supone interrogar las razones de ese olvido. Gurrea quedó situada en una zona poco visible para dos relatos literarios: el español, que apenas ha prestado atención a las autoras hispanofilipinas, y el filipino, en el que la escritura en español fue perdiendo centralidad a lo largo del siglo. A esa condición fronteriza se añadió la dificultad, compartida por tantas mujeres de su generación, de obtener un reconocimiento estable más allá de los círculos culturales en los que participaron.
En su trayectoria confluyen tres cuestiones que merecen ser pensadas conjuntamente: la herencia de una sociedad colonial marcada por el mestizaje, la experiencia de la distancia respecto a Filipinas y la afirmación de una mujer que aspiró a intervenir en la vida intelectual de su tiempo. Ninguna de ellas explica por sí sola a la escritora. Juntas permiten reconocer la singularidad de una obra en la que la memoria personal se transforma en una forma de pertenencia cultural.
Para comprender el alcance de esta trayectoria conviene regresar a sus orígenes. Adelina Gurrea nació en 1896 en La Carlota, en la isla filipina de Negros, en el seno de una familia vinculada al mundo de las plantaciones azucareras. Su infancia transcurrió en un medio donde coexistían lenguas, costumbres y jerarquías sociales diferentes. La posición acomodada de su familia le facilitó una formación que no estaba al alcance de buena parte de la población del archipiélago. Ese dato resulta imprescindible para comprender tanto las oportunidades de las que dispuso como el lugar desde el que contempló la realidad filipina.
Su origen familiar incorporaba, además, una ascendencia filipina: entre sus antepasados figura su abuela paterna, María Candela Mejino, descrita en las fuentes biográficas como mestiza tagala. La referencia no debe convertirse en una etiqueta que pretenda explicar automáticamente su sensibilidad literaria. Sí impide, en cambio, presentar a Gurrea como una española simplemente trasladada al trópico. Su historia familiar participaba de la compleja formación de la sociedad hispanofilipina, resultado de contactos, intercambios y relaciones de poder acumulados durante siglos.
El mestizaje no fue una síntesis idílica entre dos mundos. Se desarrolló en el interior de un orden colonial atravesado por diferencias jurídicas, económicas, lingüísticas y sociales. Hablar de la doble pertenencia de Gurrea exige, por tanto, evitar la imagen complaciente de dos culturas que se funden sin resistencia. Su biografía invita a examinar cómo una persona puede recibir distintas herencias culturales sin que desaparezcan las desigualdades históricas que las han puesto en contacto.
Recibió educación en Filipinas, en un contexto de transformación acelerada después del fin de la soberanía española en 1898 y la instauración de la administración estadounidense. El español seguía siendo una lengua de prestigio y de creación literaria para determinados sectores, mientras el inglés adquiría una presencia institucional creciente y las lenguas filipinas continuaban sosteniendo la vida cotidiana. Ese pluralismo lingüístico constituye un trasfondo decisivo de su formación. Hablaba español, inglés y bisaya, lengua nativa filipina. Su posterior elección del español como idioma literario no puede entenderse como un gesto cultural neutro: implicaba escribir desde una tradición heredada en un país como Filipinas cuya historia política y lingüística estaba protagonizando un proceso de transformación radical.
Esa formación encontró pronto una prolongación en la escritura. La vocación de Gurrea no nació con su instalación en Madrid. Antes de establecerse en España ya había desarrollado inquietudes literarias y periodísticas en Filipinas. Las noticias sobre su colaboración con el periódico manileño La Vanguardia, donde se ocupó de asuntos literarios y femeninos, permiten situarla en un espacio de escritura pública que resulta especialmente significativo para una mujer de su generación. La prensa ofrecía un lugar de intervención intelectual más inmediato que el libro y permitía participar en debates culturales que desbordaban el ámbito doméstico.
En 1921 se trasladó a España, después de la muerte de su padre, y terminó por establecerse en Madrid. El desplazamiento modificó profundamente su experiencia del lugar de origen. Filipinas dejó de ser únicamente el paisaje vivido para convertirse también en un territorio recordado. La distancia, sin embargo, no borró su relación con el archipiélago: contribuyó a reorganizarla. En sus textos, la tierra natal aparece evocada mediante imágenes concretas —el mar, las playas, la vegetación, la luz— que no se reducen a una ornamentación exótica, sino que expresan una vinculación afectiva persistente.
En Madrid trabajó asimismo en tareas vinculadas a la enseñanza y a la actividad cultural. La información biográfica disponible la relaciona con la Escuela Plurilingüe, donde desempeñó funciones de secretaría. Estos trabajos recuerdan que la vida de una escritora no se compone solo de libros publicados. Se construye también mediante ocupaciones, relaciones profesionales, iniciativas colectivas y esfuerzos constantes por encontrar un lugar en la esfera pública.
Durante la Guerra Civil española continuó manteniendo vínculos con la prensa filipina. Se ha documentado su actividad periodística para el diario de Iloílo Tiempo/Times, así como el empleo del seudónimo Juan de Castilla. Este episodio, todavía necesitado de un estudio específico de sus colaboraciones, resulta revelador: Gurrea contempló acontecimientos españoles desde una red de comunicación que unía Madrid y Filipinas. Su biografía desmiente así la idea de una ruptura tajante entre ambas orillas.
Su incorporación a la vida cultural madrileña tuvo también una dimensión colectiva decisiva. Uno de los aspectos más significativos de su presencia en Madrid fue su vinculación con el Lyceum Club Femenino, fundado en 1926. Gurrea no se limitó a frecuentar el club. Según la investigación de Rocío Naranjo, desempeñó el cargo de tesorera durante 1931 y 1932. La precisión de estas fechas es importante porque permite situar su participación en la vida organizativa de una institución decisiva para la modernidad femenina española. Ser tesorera significaba intervenir en su funcionamiento cotidiano y compartir las responsabilidades necesarias para sostener un proyecto colectivo de emancipación cultural.
En enero de 1936 presentó en el Lyceum su obra teatral Fortalezas, otro indicio de su integración en el ambiente intelectual madrileño. Su pertenencia a este espacio adquiría, además, un significado singular: Gurrea llegaba a la modernidad femenina española desde una experiencia cultural que no coincidía enteramente con la de sus compañeras. La identidad hispanofilipina ampliaba el horizonte del club y recuerda que la circulación de las mujeres modernas no se limitó a los centros europeos más reconocidos.
La libertad intelectual que encarnaba aquel espacio encuentra un correlato, aunque no una equivalencia simple, en su itinerario literario. La producción de Gurrea abarcó diversos géneros. Entre sus títulos destacan Cuentos de Juana. Narraciones malayas de las islas Filipinas (1943), el poemario A lo largo del camino (1954) y libros posteriores como Más senderos (1967) y En agraz (1968). También cultivó el teatro, con obras como Fortalezas y Filipinas, esta última representada en Valladolid en 1954. La variedad de registros confirma que su trayectoria no puede reducirse a una sola imagen de escritora nostálgica.
Cuentos de Juana ocupa un lugar especialmente interesante en su relación con Filipinas. La narración de ambientes, voces y tradiciones del archipiélago pone de manifiesto el esfuerzo por conservar un mundo a través de la escritura. Sin embargo, la recuperación de la memoria no equivale a la reproducción transparente de una cultura. Toda evocación supone una selección y una mirada. En el caso de Gurrea, la mediación del español, su posición social y la distancia geográfica obligan a leer esas representaciones con atención crítica, evitando confundir el testimonio literario con una descripción total de la experiencia filipina.
El reconocimiento de su obra se manifestó, entre otros hitos, en la concesión del Premio Zóbel en 1956. Su relación con las instituciones culturales hispanofilipinas se prolongó a lo largo de los años y llegó a formar parte de la Academia Filipina de la Lengua Española: las referencias biográficas distinguen su nombramiento como miembro correspondiente en 1960 y su incorporación como miembro de número en 1965. Tras la muerte de su madre, regresó de visita a Filipinas en 1958, viaje que adquiere especial relieve en una vida marcada por la permanencia del recuerdo.
La actividad asociativa también formó parte de su empeño por mantener los vínculos entre ambos países. En Madrid participó en iniciativas de relación cultural hispanofilipina, entre ellas la creación del Círculo Filipino. Esa labor permite comprender la escritura no solo como expresión de una biografía, sino como parte de una voluntad más amplia de mediación cultural.
En el terreno de la poesía, estas tensiones entre recuerdo, intimidad y pertenencia adquieren una modulación particular. Publicado en 1954, A lo largo del camino reúne poemas de distintas etapas de la vida de Gurrea. La propia autora advierte en su nota preliminar que el volumen no pretende ofrecer una unidad temática rígida ni fundar una escuela. Esa declaración orienta su lectura: el libro debe entenderse como una reunión de experiencias y modulaciones de la sensibilidad, más que como el desarrollo lineal de un programa poético.
La selección que acompaña estas páginas permite recorrer algunas de sus principales inflexiones. En «Playa filipina», la evocación del paisaje insular vincula la imagen de la naturaleza con una pertenencia que persiste en la distancia. El mar no es únicamente un elemento decorativo: constituye una forma sensible de la memoria. «Esfuerzo inútil» introduce, en cambio, la tensión entre aspiración y fracaso mediante imágenes de ascenso y caída; el impulso hacia lo alto termina confrontado con la fragilidad de aquello que el viento dispersa.
«Colegiala» desplaza la mirada hacia una figura juvenil, representada a través de la música, la promesa y el comienzo de la vida. «Contigo» y «Quiero llegar a tu alma» permiten atender a la dimensión amorosa de su escritura. En ellos, el deseo no aparece solo como necesidad de proximidad física: se relaciona con la búsqueda de una intimidad que no puede poseerse por completo. En el segundo poema, el anhelo de llegar a lo más secreto del otro se expresa mediante una geografía de cumbres y playas todavía intactas. La naturaleza se convierte así en un lenguaje de la interioridad.
Especial interés merece «El fantasma de María Clara», que recupera a la célebre figura femenina creada por José Rizal. La referencia introduce un horizonte histórico y político que desborda la lírica sentimental. María Clara condensa ideales de feminidad, memoria nacional y sacrificio, pero también plantea una pregunta incómoda: ¿qué posibilidades de vida se conceden a una mujer convertida en emblema? El poema permite leer a Gurrea en diálogo con una tradición literaria filipina y observar cómo la imagen femenina puede ser a la vez objeto de veneración y lugar de conflicto.
Estas composiciones no forman un conjunto homogéneo ni permiten atribuir a Gurrea una conciencia feminista formulada en los términos actuales. Su interés reside precisamente en la coexistencia de registros: la afirmación del deseo, la idealización amorosa, la nostalgia del paisaje natal y la pervivencia de modelos culturales heredados. Leerlas hoy exige atender tanto a lo que abren como a los límites de su horizonte histórico.
Vistas conjuntamente su biografía, su actividad pública y su escritura, la singularidad de Adelina Gurrea se hace visible cuando dejamos de exigirle una pertenencia exclusiva. Su vida transcurrió entre Filipinas y España, pero esa expresión geográfica resulta insuficiente. Entre ambas orillas circulaban lenguas, tradiciones literarias, recuerdos familiares, instituciones y desigualdades históricas. La autora escribió desde ese entramado, sin que podamos reducir su obra a una reconciliación fácil entre culturas.
Gurrea murió en Madrid en 1971. Su recuperación actual no debería perseguir una consagración retrospectiva sin matices, sino una lectura capaz de devolverle complejidad. La memoria de las dos orillas (España y Filipinas) no designa, por tanto, una identidad resuelta, sino una experiencia de pertenencia plural que sigue invitándonos a pensar la relación entre literatura, historia y libertad femenina.
SELECCIÓN POÉTICA
Todos los poemas están tomados del poemario de Adelina Gurrea, A lo largo del camino (1954).
Playa filipina
Dice su amor a la espuma
una canción de palmeras;
el beso de luz del trópico
incandece las arenas.
Mil caracolas lo gozan,
mil conchas de cien colores
y hay un renovar de ritos
bajo rodares salobres.
El aire suspenso y quieto
va durmiendo los cocales,
las ciegas fosforescencias
bañan su ronda en los mares.
Gayo se va haciendo el cielo
con pinceladas de ocaso
que ennegrecen las siluetas
sobre el fondo iluminado.
Una pantalla de nubes
vela luces de horizonte
y avanzan las soledades
sobre el llano de la noche.
Saturaciones sensuales
trae la luna, sin vientos.
¡Cuanto amor tiene el Amor
prendido en su encantamiento!
Esfuerzo inútil
Por la escala de los vientos
a los vientos de mi escala…
En mi cabeza de nubes
se abre la senda más larga.
Una sinrazón de abrojos
la borda y la contornea,
dos ángeles la vigilan
y un diablo rojo la acecha.
Por la escala de los aires
va el jadeo de mi esfuerzo
y cuando ya toca estrellas
otra vez cae al desierto.
Mis esfuerzos son de arena
y se los llevan los vientos.
Colegiala
Arañitas de hadas,
tejiendo su tela de ensueño
sobre el blanco y el negro
del clave, arañitas raras…,
¡Esos son tus dedos!
Esquila en las cumbres,
pureza de mañanas blancas,
ignotas nostalgias,
presentires dulces…
¡Esa es tu garganta!
Canción de la luz
rompiendo en la senda primera…
Promesa de hoguera,
¡Juventud!
Eso, colegiala, eres tú.
Contigo
Soñar en la penumbra,
beber todo el misterio, la media luz dormida;
alejar nuestra alma del fulgor que deslumbra
y contemplar serenos las huellas de su vida.
Soñar en la penumbra. Soñar…
reconstruir la senda del rosal y el espino;
volverla a desandar…
y sorber otra vez la emoción del camino.
Separando traiciones, dejando los abrojos,
escoger lo mejor, como en los cuentos de hadas;
un beso… y unos ojos,
y todos los temblores de amor en las miradas.
Mi alma solitaria, libertada, sin dueño,
alejada del ruido, de la luz, del testigo,
al trazar su camino de ensueño…
¡siempre lo anda contigo!
Quiero llegar a tu alma
Quiero lo imposeído;
lo que nadie turbó con la mirada
ni con el pensamiento y el deseo.
Ansio lo escondido,
lo que vive…
donde el mundo creyó que no existía nada,
lo que yo sola veo.
Esa cumbre nevada inaccesible
que sueña bajo el sol sin una huella,
la arena de una playa inhabitada,
tan tímida y sensible,
tan dorada y tan bella…
¡Y sin una pisada!
Amor, amor extraño de mi vida;
llamo a las puertas de tu atardecer,
mas no quiero tu abrazo tantas veces gustado,
tu sangre desvaída,
hastiada de querer
y ser querida.
Prefiero ser titán y remontar el vuelo
a la nevada cumbre,
o en una tarde en calma
arribar a esa playa y besar ese suelo
sin huella ni vislumbre…
¡Y que nadie sospeche que he llegado a tu alma!
El fantasma de María Clara
El epílogo triste de tu vida
se prolonga cubriendo con su gloria
el silencio explosivo de la historià;
fingiéndote dormida,
cual sonámbula audaz, en la alta noche
caminas abordando los abismos,
y eres el albo escudo
protector de sagrados misticismos,
y eres dorado broche
del rosario oloroso de sampagas
—emblema de virtudes femeninas—
que adoran las dalagas
nuestras dulces mujeres filipinas.
Allá en la negra noche
rasgada por relámpagos inquietos
y llorada por negros nubarrones,
hiciste de tus lágrimas derroche
para lanzar tus retos
en un ¡ay! de deshechas ilusiones.
Muerta, más no vencida,
tu alma extenuada y fría
comprendió la grandeza del dolor,
del dolor que afrontó con heroísmo
para hacer de la vida
una trágica negra poesía,
para hacer del amor
un sublime grandioso fanatismo.
Creyéronte fantasma y sí lo eras;
de pie, sobre un tejado
batido por la lluvia huracanada,
no eras masa de carne que gemía,
eras la encarnación de algo soñado,
un aliento que vive de quimeras,
el último estertor de una agonía,
aquella sombra tierna y desgraciada
que con su cuerpo proyectó Rizal
sobre el sol de una creencia,
salvando su existencia
con las luces espléndidas
de su genio inmortal.
No te acuerdas, ya no, María Clara.
La noche saturada de negrores;
sobre la ingente ara
de la naturaleza embravecida
sacrificaste todos tus amores,
diste toda tu vida.
La noche se prolonga y hay quien llora;
entre muros de aúrea democracia
la mujer filipina
sufre el zarpazo de un progreso falso
y se busca tu fuerza de aquella hora,
tu alma llena de gracia,
para huir de un cadalso,
lento e inmaterial, mas no por eso
menos infausto que el que mata al preso.
Tu eres chispa nacida
del cerebro de un mártir de la idea,
en el choque aquel seco del amor
—a la patria dorada—
contra alguna injusticia maldecida.
No murió tu esplendor
y en el caos del hoy aún eres tea
que camina en la nada
del misterio del alma femenina,
un fantasma esparcido
en su psicología ténue y fina,
aroma desprendido
del dolor de un poeta
que te dejó al morir,
para que en la carrera
empuñases muy alto su bandera
y llegases por él hasta la meta
antes de sucumbir.
Por eso en la presente oscuridad
escuchamos el ritmo de tus pasos,
porque en aquella noche de orfandad
dilataste tu espíritu
hasta romper los lazos
del abrazo fugaz de lo mortal.
Y por eso…
fantasma azul del alma femenina
que soñara Rizal,
prolongación del beso
de su obsesión divina,
vibrante poesía
que el poeta cantara,
eres, clara María,
¡Nuestra María Clara!

Mercedes Gómez-Blesa es doctora en filosofía y ensayista. Ha centrado sus investigaciones en la obra de las artistas, escritoras y ensayistas de la Edad de Plata, muy especialmente, en la de María Zambrano, autora a la que ha consagrado el ensayo La razón mediadora: Filosofía y Piedad en María Zambrano (2008), con el que obtuvo el Premio Gran Vía de Ensayo, y ha realizado la edición crítica de los siguientes libros: Las palabras del regreso (1995), Unamuno (2003), Pensamiento y poesía en la vida española (2004) Claros del bosque (2011) y La agonía de Europa (2023). En 2007 publicó Las Intelectuales Republicanas: la conquista de la ciudadanía (2007) y su primer poemario Los nuevos bárbaros. En 2009 apareció Modernas y vanguardistas. Mujer y democracia en la II República. Preparó en 2018 la edición crítica de La mujer Moderna y sus derechos de Carmen de Burgos y publicó Modernas y vanguardistas. Las mujeres-faro de la Edad de Plata (2019). Sus últimos ensayos son Estéticas de la ausencia (2021) y La constelación femenina de María Zambrano (2026). Es patrona de la Fundación María Zambrano y directora de las Obras Completas de María Zambrano.
